La etiquetadora Dymo
Esto no es más que un ejercicio para poner en palabras parte de los pensamientos que me asaltan en mi día a día. No tengo tiempo ni energía para escribir un cuento entero, pero tengo ganas de poner algunas de estas cosas “allá afuera” para que otros, quien sabe quienes, las lean.
“Toda la tarea se tiene que hacer los viernes, toda la tarea se tiene que hacer los viernes. Así tienes libre el fin de semana para ti”. Yo creí que así era la vida de todos los niños y niñas, no fue sino hasta que entré a la secundaria que empecé a tener la posibilidad de hacer la tarea los fines de semana y para la prepa me atreví a no hacerla, a llegar a hacerla unas horas antes de empezar la clase.
Los recuerdos de las primeras dos décadas de mi vida cada vez parecen más lejanos y más borrosos aunque a veces tampoco puedo recordar lo que hice el día de ayer, pero hay una cierta preocupación por preservar cierta coherencia cronológica y con los mayores detalles posibles. Desde niño aprendí o descubrí, en la diferencia, una forma de resaltar, pero por supuesto, no en cualquier diferencia. Era una que yo con seis u ocho años entendía como vinculada con la cultura, con la educación, con la clase, con lo exclusivo, lo que sea que cualquiera de estos conceptos significaba para el yo de seis años. Y claro, tan exclusivo como se puede ser viviendo en una colonia popular y estudiando en una escuela pública.
¡Qué vergüenza! era yo una especie de Doña Florinda en versión niño de primaria. Consciente del lugar en el que estaba, pero tratando de distanciarse de él a toda costa. ¿Y qué tiene que ver la etiquetadora Dymo con todo esto?¿qué es una etiquetadora y que hace un niño de primaria con una?
Bueno, pues mi papá trabajaba como obrero en una compañía dedicada a la venta de productos de papelería, así que en mi casa durante toda mi niñez y en realidad hasta muchos años después, siempre hubo toda clase de productos de papelería distintos. Era el sueño de la chica de los plumones, tenía monografías, plastilina, cajas de colores, una engargoladora, papeles de colores, cuadernos, plumas, lápices y lapiceros (o portaminas, como séa que los conozcas), y por supuesto, también una etiquetadora con sus cintas de colores.
Las cosas vacías sobre las que uno construye su autoestima. Mis cuadernos no estaban forrados de papel manila y forros de plástico, sino de papel lustre recubiertos de papel contact. Y las etiquetas, las odiosas etiquetas, había que hacerlas con la etiquetadora Dymo. Sin embargo todo esto, de alguna manera, me hacía sentir especial, diferente del resto de mis compañeros de escuela.
Y como en mi casa todo lo que hiciera lo debía tratar con absoluta seriedad a riesgo de que de no ser así, un equivoco resultaría catastrófico; el uso de la etiquetadora no era la excepción. Hacer las etiquetas de los cuadernos era una cosa más en la que había que poner extracuidado, donde los errores se notaban de inmediato y arreglaros significaba volver a comenzar desde el principio. Sí uno se equivocaba en una letra, la palabra entera quedaba arruinada. Además si uno se equivocaba en alguna letra de la última palabra de una frase, la cinta entera con dos o tres palabras tenía que ser repetida.
Y es que una etiquetadora como la que yo tenía es un aparato arcaico con una forma que recuerda la de una pistola solo que atravesado por la mitad, tiene un pequeño disco con todas las letras del abecedario y los números del 0 al 9. Uno debe girar manualmente el disco para seleccionar la letra que quiere marcar sobre las cintas de plástico, hacer presión y listo, la pistola va escupiendo una pequeña tirita con lo que uno desee escribir. Aquí hay un video por si tienen curiosidad de verla en acción.
Hay un delicado equilibrio entre aprender a trabajar con pulcritud por un lado y no dejar espacio para la experimentación o el error por otro. Y quizá lo más raro de todo era la reacción ante el error, que siempre me pareció tan desmedida, tan severa, tan injustificada. Puede que, en parte, por eso la pase tan mal hoy en día cuando me equivoco. Y vaya que me equivoco y vaya que la paso mal. De niño, cuando me equivocaba, había que empezar de nuevo, pero no sin mi respectivo recordatorio de todo lo que estaba haciendo mal, de la poca atención que estaba poniendo, cómo era algo muy fácil y a pesar de ello yo no lo estaba haciendo bien y además desperdiciando cinta.
Con el tiempo ya no necesité que nadie me dijera nada cuando me equivocaba, hasta la fecha me sigue quedando clarísimo el alcance y gravedad de muchos de mis errores. Yo solito aprendí, y ahora soy muy bueno, para autovigilarme, pero sobre todo para reprenderme cuando lo hago mal.
Entrar a la prepa fue lo mejor. No más criterios estrictos de como forrar mis cuadernos, no más reglas que seguir ni solicitudes idiotas de usar pluma roja para las mayúsculas y pluma negra o azul para el resto del texto. Y entonces, sí que les puse forro de plástico a los cuadernos y recorté mis cómics para decorar portadas y le escribí las etiquetas a mano o ni etiquetas les puse. No más etiquetadora de los errores. Total, yo sabía de qué era cada cuaderno y me parecía que con mi nombre rayado con plumón en la pasta interior bastaba. Y de hecho bastó. Y ahora veinte años después, nada de preocuparme por si escribo cosas a medias o si no gusta como quedan o no tienen nada de interesante. Si me preocupa, la verdad, pero me importa mucho menos.
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