lunes, 25 de mayo de 2026

El doble antídoto

 Esto no es más que un ejercicio para poner en palabras parte de los pensamientos que me asaltan en mi día a día. No tengo tiempo ni energía para escribir un cuento entero, pero tengo ganas de poner algunas de estas cosas “allá afuera” para que otros, quien sabe quienes, las lean. 



El doble antídoto 


Conocí a Marcelo en un váter lleno de gente. No era la primera vez que lo veía. Pero fue esa noche después de rozarnos casualmente, cuando descubrí que me gustaba aquel chico. El fin de semana lo pasamos entero en la cama y cuando me di cuenta había pasado un año, y ya no podíamos vivir el uno sin el otro. Estábamos en 1981 y Madrid era nuestro.


Yo me pasaba la noche yendo y viviendo de la ventana a la cama, pendiente de escuchar el ruido de la puerta…

Recuerdo México DF. Marcelo y yo borrachos escuchando a Chavela Vargas cantando “La noche de mi amor”...

 Dolor y Gloria


Nunca he vuelto a ver esa película, quizá si terminara como Salvador no sería un final tan malo para mí. Igual y como decía, en esa ominosa carta que me arruinó el inconsciente y me llenó con los llantos más tristes, me voy a morir solo. A la mejor y su maldición es como la de Férula sobre Esteban Trueba y ese es mi destino, si es así, ojalá tenga una visita como la que recibe Salvador para tomar tequila.


Igual y las cosas son menos terribles para mí, después de todo tengo un doble antídoto contra esa epístola ominosa que fue como un dardo envenenado.


Y el antídoto llegó en dos partes, como quien se aplica una vacuna y luego un refuerzo y vino desde la misma fuente. Con palabras unas más dulces que las otras, con palabras que con todo su poder, conjuraron  un exorcismo que al fin me libró de la maledicencia de aquella epístola digital. Fueron un bálsamo para curó una herida vieja y profunda.


Quizá sea un buen día hoy para volver a ver Dolor y Gloria, la verdad no recuerdo dónde estábamos cuando la vimos, pero sospecho que en la sala de mi casa, en ese sofá mullido que le compré de reuso a C y donde vi tantas películas con M y donde comimos fondue cuando recien nos conociamos. Una vez estando ahí abrazados me contó algo y no atiné sino a abrazarlo fuerte, espero esa haya sido la respuesta correcta. 


Sin darme cuenta ya llevo casi una década desde que salí del depa de San Pedro, a la mejor lo que tengo que hacer es ser como la canción de Serrat “entre el cielo y el mar, vagabundear. Como un cometa de caña y de papel, me iré tras una nube pa’ serle fiel”.


Y pues sí, en efecto su segunda carta llegó a sanarme todavía más. Ya la primera había tenido un efecto curativo y la segunda fue una lluvia en el desierto, una sombra en el sol de mediodía, ese algo que fortalece la naturaleza misma de uno, es palmada que reconforta.


El otro día le dije a mi analista que esperaba que con cada repetición, con cada ocasión en que volvía a contar lo mismo, algo se dinamizara, algo se fuese moviendo poco a poco en mi anquilosada psique que me permitiera experimentar el mundo desde un lugar un poquito diferente. Quizá esta segunda inyección literaria también esté ayudando con esos movimientos. Da confianza de que no ha sido todo malo, que no la he regado, que se vale fallar, levantarse el polvo y seguir pa’ delante. 


Gracias por curar un poco el veneno de la tristeza, por lanzar un hechizo  que rompa la maldición. It feels good not feeling like a monster from time to time, to know am I not unlovable!  Sometimes one can not help but to think that one is the problem, yet it is good to know that others see some level of good in what one has done. Las locuras de la asociación libre, me acordé de Quantum leap, qué bonito sería poder visitar así el pasado para enmendar. 


En días recientes he lamentado no tener* una familia* (quizá ya lo explique luego en otra entrada), pero por hoy, que los efectos de sus palabras corren por mi sistema, hasta parece que me basto a mí mismo como familia. Por hoy me siento familia suficiente, con todo y la otra familia que sí tengo. 


Estaba pensando en los recuerdos bonitos  y me acordé del negocio de las piedritas, hacía mucho que no pensaba en eso, pero es un recuerdo muy bonito. Quizá otro efecto de este segundo antídoto es uno de alcances alquímicos, uno que permita transmutar los caminos, los significados, las vivencias, en un campo más vivo, verde, donde la vida crezca. Gracias.


lunes, 4 de mayo de 2026

La etiquetadora Dymo

 Esto no es más que un ejercicio para poner en palabras parte de los pensamientos que me asaltan en mi día a día. No tengo tiempo ni energía para escribir un cuento entero, pero tengo ganas de poner algunas de estas cosas “allá afuera” para que otros, quien sabe quienes, las lean.


“Toda la tarea se tiene que hacer los viernes, toda la tarea se tiene que hacer los viernes. Así tienes libre el fin de semana para ti”. Yo creí que así era la vida de todos los niños y niñas, no fue sino hasta que entré a la  secundaria que empecé a tener la posibilidad de hacer la tarea los fines de semana y para la prepa me atreví a no hacerla, a llegar a hacerla unas horas antes de empezar la clase. 


Los recuerdos de las primeras dos décadas de mi vida cada vez parecen más lejanos y más borrosos aunque a veces tampoco puedo recordar lo que hice el día de ayer, pero hay una cierta preocupación por preservar cierta coherencia cronológica y con los mayores detalles posibles. Desde niño aprendí o descubrí, en la diferencia, una forma de resaltar, pero por supuesto, no en cualquier diferencia. Era una que yo con seis u ocho años entendía como vinculada con la cultura, con la educación, con la clase, con lo exclusivo, lo que sea que cualquiera de estos conceptos significaba para el yo de seis años. Y claro, tan exclusivo como se puede ser viviendo en una colonia popular y estudiando en una escuela pública.


 ¡Qué vergüenza! era yo una especie de Doña Florinda en versión niño de primaria. Consciente del lugar en el que estaba, pero tratando de distanciarse de él a toda costa. ¿Y qué tiene que ver la etiquetadora Dymo con todo esto?¿qué es una etiquetadora y que hace un niño de primaria con una?


Bueno, pues mi papá trabajaba como obrero en una compañía dedicada a la venta de productos de papelería, así que en mi casa durante toda mi niñez y en realidad hasta muchos años después, siempre hubo toda clase de productos de papelería distintos. Era el sueño de la chica de los plumones, tenía monografías, plastilina, cajas de colores, una engargoladora, papeles de colores, cuadernos, plumas, lápices y lapiceros (o portaminas, como séa que los conozcas), y por supuesto, también una etiquetadora con sus cintas de colores. 


Las cosas vacías sobre las que uno construye su autoestima. Mis cuadernos no estaban forrados de papel manila y forros de plástico, sino de papel lustre recubiertos de papel contact. Y las etiquetas, las odiosas etiquetas, había que hacerlas con la etiquetadora Dymo. Sin embargo todo esto, de alguna manera, me hacía sentir especial, diferente del resto de mis compañeros de escuela. 


Y como en mi casa todo lo que hiciera lo debía tratar con absoluta seriedad a riesgo de que de no ser así, un equivoco resultaría catastrófico; el uso de la etiquetadora no era la excepción. Hacer las etiquetas de los cuadernos era una cosa más en la que había que poner extracuidado, donde los errores se notaban de inmediato y arreglaros significaba volver a comenzar desde el principio. Sí uno se equivocaba en una letra, la palabra entera quedaba arruinada. Además si uno se equivocaba en alguna letra de la última palabra de una frase, la cinta entera con dos o tres palabras tenía que ser repetida. 


Y es que una etiquetadora como la que yo tenía es un aparato arcaico con una forma que recuerda la de una pistola solo que atravesado por la mitad, tiene un pequeño disco con todas las letras del abecedario y los números del 0 al 9. Uno debe girar manualmente el disco para seleccionar la letra que quiere marcar sobre las cintas de plástico, hacer presión y listo, la pistola va escupiendo una pequeña tirita con lo que uno desee escribir. Aquí hay un video por si tienen curiosidad de verla en acción.

 

Hay un delicado equilibrio entre aprender a trabajar con pulcritud por un lado y no dejar espacio para la experimentación o el error por otro. Y quizá lo más raro de todo era la reacción ante el error, que siempre me pareció tan desmedida, tan severa, tan injustificada. Puede que, en parte, por eso la pase tan mal hoy en día cuando me equivoco. Y vaya que me equivoco y vaya que la paso mal. De niño, cuando me equivocaba, había que empezar de nuevo, pero no sin mi respectivo recordatorio de todo lo que estaba haciendo mal, de la poca atención que estaba poniendo, cómo era algo muy fácil y a pesar de ello yo no lo estaba haciendo bien y además desperdiciando cinta. 


Con el tiempo ya no necesité que nadie me dijera nada cuando me equivocaba, hasta la fecha me sigue quedando clarísimo el alcance y gravedad de muchos de mis errores. Yo solito aprendí, y ahora soy muy bueno, para autovigilarme, pero sobre todo para reprenderme cuando lo hago mal. 


Entrar a la prepa fue lo mejor. No más criterios estrictos de como forrar mis cuadernos, no más reglas que seguir ni solicitudes idiotas de usar pluma roja para las mayúsculas y pluma negra o azul para el resto del texto. Y entonces, sí que les puse forro de plástico a los cuadernos y recorté mis cómics para decorar portadas y le escribí las etiquetas a mano o ni etiquetas les puse. No más etiquetadora de los errores. Total, yo sabía de qué era cada cuaderno y me parecía que con mi nombre rayado con plumón en la pasta interior bastaba. Y de hecho bastó. Y ahora veinte años después, nada de preocuparme por si escribo cosas a medias o si no gusta como quedan o no tienen nada de interesante. Si me preocupa, la verdad, pero me importa mucho menos.


El doble antídoto

  Esto no es más que un ejercicio para poner en palabras parte de los pensamientos que me asaltan en mi día a día. No tengo tiempo ni energí...