lunes, 25 de mayo de 2026

El doble antídoto

 Esto no es más que un ejercicio para poner en palabras parte de los pensamientos que me asaltan en mi día a día. No tengo tiempo ni energía para escribir un cuento entero, pero tengo ganas de poner algunas de estas cosas “allá afuera” para que otros, quien sabe quienes, las lean. 



El doble antídoto 


Conocí a Marcelo en un váter lleno de gente. No era la primera vez que lo veía. Pero fue esa noche después de rozarnos casualmente, cuando descubrí que me gustaba aquel chico. El fin de semana lo pasamos entero en la cama y cuando me di cuenta había pasado un año, y ya no podíamos vivir el uno sin el otro. Estábamos en 1981 y Madrid era nuestro.


Yo me pasaba la noche yendo y viviendo de la ventana a la cama, pendiente de escuchar el ruido de la puerta…

Recuerdo México DF. Marcelo y yo borrachos escuchando a Chavela Vargas cantando “La noche de mi amor”...

 Dolor y Gloria


Nunca he vuelto a ver esa película, quizá si terminara como Salvador no sería un final tan malo para mí. Igual y como decía, en esa ominosa carta que me arruinó el inconsciente y me llenó con los llantos más tristes, me voy a morir solo. A la mejor y su maldición es como la de Férula sobre Esteban Trueba y ese es mi destino, si es así, ojalá tenga una visita como la que recibe Salvador para tomar tequila.


Igual y las cosas son menos terribles para mí, después de todo tengo un doble antídoto contra esa epístola ominosa que fue como un dardo envenenado.


Y el antídoto llegó en dos partes, como quien se aplica una vacuna y luego un refuerzo y vino desde la misma fuente. Con palabras unas más dulces que las otras, con palabras que con todo su poder, conjuraron  un exorcismo que al fin me libró de la maledicencia de aquella epístola digital. Fueron un bálsamo para curó una herida vieja y profunda.


Quizá sea un buen día hoy para volver a ver Dolor y Gloria, la verdad no recuerdo dónde estábamos cuando la vimos, pero sospecho que en la sala de mi casa, en ese sofá mullido que le compré de reuso a C y donde vi tantas películas con M y donde comimos fondue cuando recien nos conociamos. Una vez estando ahí abrazados me contó algo y no atiné sino a abrazarlo fuerte, espero esa haya sido la respuesta correcta. 


Sin darme cuenta ya llevo casi una década desde que salí del depa de San Pedro, a la mejor lo que tengo que hacer es ser como la canción de Serrat “entre el cielo y el mar, vagabundear. Como un cometa de caña y de papel, me iré tras una nube pa’ serle fiel”.


Y pues sí, en efecto su segunda carta llegó a sanarme todavía más. Ya la primera había tenido un efecto curativo y la segunda fue una lluvia en el desierto, una sombra en el sol de mediodía, ese algo que fortalece la naturaleza misma de uno, es palmada que reconforta.


El otro día le dije a mi analista que esperaba que con cada repetición, con cada ocasión en que volvía a contar lo mismo, algo se dinamizara, algo se fuese moviendo poco a poco en mi anquilosada psique que me permitiera experimentar el mundo desde un lugar un poquito diferente. Quizá esta segunda inyección literaria también esté ayudando con esos movimientos. Da confianza de que no ha sido todo malo, que no la he regado, que se vale fallar, levantarse el polvo y seguir pa’ delante. 


Gracias por curar un poco el veneno de la tristeza, por lanzar un hechizo  que rompa la maldición. It feels good not feeling like a monster from time to time, to know am I not unlovable!  Sometimes one can not help but to think that one is the problem, yet it is good to know that others see some level of good in what one has done. Las locuras de la asociación libre, me acordé de Quantum leap, qué bonito sería poder visitar así el pasado para enmendar. 


En días recientes he lamentado no tener* una familia* (quizá ya lo explique luego en otra entrada), pero por hoy, que los efectos de sus palabras corren por mi sistema, hasta parece que me basto a mí mismo como familia. Por hoy me siento familia suficiente, con todo y la otra familia que sí tengo. 


Estaba pensando en los recuerdos bonitos  y me acordé del negocio de las piedritas, hacía mucho que no pensaba en eso, pero es un recuerdo muy bonito. Quizá otro efecto de este segundo antídoto es uno de alcances alquímicos, uno que permita transmutar los caminos, los significados, las vivencias, en un campo más vivo, verde, donde la vida crezca. Gracias.


lunes, 4 de mayo de 2026

La etiquetadora Dymo

 Esto no es más que un ejercicio para poner en palabras parte de los pensamientos que me asaltan en mi día a día. No tengo tiempo ni energía para escribir un cuento entero, pero tengo ganas de poner algunas de estas cosas “allá afuera” para que otros, quien sabe quienes, las lean.


“Toda la tarea se tiene que hacer los viernes, toda la tarea se tiene que hacer los viernes. Así tienes libre el fin de semana para ti”. Yo creí que así era la vida de todos los niños y niñas, no fue sino hasta que entré a la  secundaria que empecé a tener la posibilidad de hacer la tarea los fines de semana y para la prepa me atreví a no hacerla, a llegar a hacerla unas horas antes de empezar la clase. 


Los recuerdos de las primeras dos décadas de mi vida cada vez parecen más lejanos y más borrosos aunque a veces tampoco puedo recordar lo que hice el día de ayer, pero hay una cierta preocupación por preservar cierta coherencia cronológica y con los mayores detalles posibles. Desde niño aprendí o descubrí, en la diferencia, una forma de resaltar, pero por supuesto, no en cualquier diferencia. Era una que yo con seis u ocho años entendía como vinculada con la cultura, con la educación, con la clase, con lo exclusivo, lo que sea que cualquiera de estos conceptos significaba para el yo de seis años. Y claro, tan exclusivo como se puede ser viviendo en una colonia popular y estudiando en una escuela pública.


 ¡Qué vergüenza! era yo una especie de Doña Florinda en versión niño de primaria. Consciente del lugar en el que estaba, pero tratando de distanciarse de él a toda costa. ¿Y qué tiene que ver la etiquetadora Dymo con todo esto?¿qué es una etiquetadora y que hace un niño de primaria con una?


Bueno, pues mi papá trabajaba como obrero en una compañía dedicada a la venta de productos de papelería, así que en mi casa durante toda mi niñez y en realidad hasta muchos años después, siempre hubo toda clase de productos de papelería distintos. Era el sueño de la chica de los plumones, tenía monografías, plastilina, cajas de colores, una engargoladora, papeles de colores, cuadernos, plumas, lápices y lapiceros (o portaminas, como séa que los conozcas), y por supuesto, también una etiquetadora con sus cintas de colores. 


Las cosas vacías sobre las que uno construye su autoestima. Mis cuadernos no estaban forrados de papel manila y forros de plástico, sino de papel lustre recubiertos de papel contact. Y las etiquetas, las odiosas etiquetas, había que hacerlas con la etiquetadora Dymo. Sin embargo todo esto, de alguna manera, me hacía sentir especial, diferente del resto de mis compañeros de escuela. 


Y como en mi casa todo lo que hiciera lo debía tratar con absoluta seriedad a riesgo de que de no ser así, un equivoco resultaría catastrófico; el uso de la etiquetadora no era la excepción. Hacer las etiquetas de los cuadernos era una cosa más en la que había que poner extracuidado, donde los errores se notaban de inmediato y arreglaros significaba volver a comenzar desde el principio. Sí uno se equivocaba en una letra, la palabra entera quedaba arruinada. Además si uno se equivocaba en alguna letra de la última palabra de una frase, la cinta entera con dos o tres palabras tenía que ser repetida. 


Y es que una etiquetadora como la que yo tenía es un aparato arcaico con una forma que recuerda la de una pistola solo que atravesado por la mitad, tiene un pequeño disco con todas las letras del abecedario y los números del 0 al 9. Uno debe girar manualmente el disco para seleccionar la letra que quiere marcar sobre las cintas de plástico, hacer presión y listo, la pistola va escupiendo una pequeña tirita con lo que uno desee escribir. Aquí hay un video por si tienen curiosidad de verla en acción.

 

Hay un delicado equilibrio entre aprender a trabajar con pulcritud por un lado y no dejar espacio para la experimentación o el error por otro. Y quizá lo más raro de todo era la reacción ante el error, que siempre me pareció tan desmedida, tan severa, tan injustificada. Puede que, en parte, por eso la pase tan mal hoy en día cuando me equivoco. Y vaya que me equivoco y vaya que la paso mal. De niño, cuando me equivocaba, había que empezar de nuevo, pero no sin mi respectivo recordatorio de todo lo que estaba haciendo mal, de la poca atención que estaba poniendo, cómo era algo muy fácil y a pesar de ello yo no lo estaba haciendo bien y además desperdiciando cinta. 


Con el tiempo ya no necesité que nadie me dijera nada cuando me equivocaba, hasta la fecha me sigue quedando clarísimo el alcance y gravedad de muchos de mis errores. Yo solito aprendí, y ahora soy muy bueno, para autovigilarme, pero sobre todo para reprenderme cuando lo hago mal. 


Entrar a la prepa fue lo mejor. No más criterios estrictos de como forrar mis cuadernos, no más reglas que seguir ni solicitudes idiotas de usar pluma roja para las mayúsculas y pluma negra o azul para el resto del texto. Y entonces, sí que les puse forro de plástico a los cuadernos y recorté mis cómics para decorar portadas y le escribí las etiquetas a mano o ni etiquetas les puse. No más etiquetadora de los errores. Total, yo sabía de qué era cada cuaderno y me parecía que con mi nombre rayado con plumón en la pasta interior bastaba. Y de hecho bastó. Y ahora veinte años después, nada de preocuparme por si escribo cosas a medias o si no gusta como quedan o no tienen nada de interesante. Si me preocupa, la verdad, pero me importa mucho menos.


lunes, 27 de abril de 2026

El garrafón del agua, no te alcanza y las cosas de las que me arrepiento.

 Esto no es más que un ejercicio para poner en palabras parte de los pensamientos que me asaltan en mi día a día. No tengo tiempo ni energía para escribir un cuento entero, pero tengo ganas de poner algunas de estas cosas “allá afuera” para que otros, quien sabe quienes, las lean. 













Es casi como un aforisma o un mantra escuchar a las personas decir: Yo no me arrepiento de nada, porque esas decisiones me han traído hasta donde estoy. O cualquier otra variante de esa idea. Pues lucky them, porqué yo sí me arrepiento de muchas cosas que he dicho y hecho, pero en particular siempre vuelven a mi mente dos. Porque como dice la fabulosa Laila Roth en un monólogo, “generé daño” y por eso me arrepiento mucho. Si pudiera, lo cambiaría, lo diría distinto, me comportaría diferente, pero la cosa es que eso no se puede hacer y toca aprender a vivir con las cosas que uno hace. A lo hecho, pecho, decía Anabel Ochoa en su programa de radio. Ese programa de radio que me gustaba escuchar por las noches en los audífonos de un walkman color amarillo que no recuerdo como llego a mí.

La primera de esas veces debí haber tenido unos veintiséis o veintisiete años. Todavía no comienzo a escribir el asunto y ya estoy pensando en cómo darles explicaciones, como justificar mi conducta para que entiendan porque estoy avergonzado, pero para que, al mismo tiempo,  no piensen, que soy el más culero del mundo. Bueno, la cosa es que tenía unos veintiséis o veitisiete años cuando proferí, esa va ser la palabra mamalona de este texto, esa pinche frase aciaga en contra de P.  

Él y yo hacía ya varios años que vivíamos juntos, unos dos o tres quizá y por esas épocas P se había quedado sin trabajo con la extinción de LYF del centro.  Un día les platico como se me hizo realidad que se me apareciera su recuerdo por toda la ciudad cada que veía una de esas placas de acero en el piso con el logo de LYF. La cosa es que P estaba desempleado, pero también en huelga, sin cobrar su liquidación y sin buscar otro trabajo y sin recontratarse en CFE mientras esperaba a ver cómo se desarrollaban las cosas. En ese contexto estábamos cuando solté todo lo ominoso que hay en mí contra él que siempre fue tan bueno conmigo, que me aguantaba mi actitud creída y mis comentarios idiotas pero que yo creía agudos e inteligentes. 

Con P desempleado, la responsabilidad financiera de la casa se colocó sobre mí y yo, neurótico como siempre he sido, pasé de una actitud relativamente relajada con los gastos a cuidar todos y cada uno de los pesos que se gastaban en la casa. Íbamos hasta el mercado de Jamaica a comprar las verduras y las frutas para comer, le dijimos a R que ya no podíamos pagarle para que fuera a hacer el quehacer, empezamos a comprar arena de la más barata para los gatos y cosas por el estilo, pero P siempre amó los viajes, así que de vez en cuando le parecía buena idea ir a comprarse el National Geographic, o llegar con la GQ o comprar cosas que yo sentía que eran un gasto innecesario.  Ya no recuerdo bien cual fue el contexto, la cosa es que un día me agarró estresado, en la cocina haciendo algo mientras él llegaba con alguna de sus revistas recién compradas y me pidió dinero para ir a comprar algo al supermercado y de paso comprar unos garrafones de agua.

Yo que hasta entonces tomaba agua hervida, enloquecí y le dije que no le iba a dar dinero para eso, que había agua hervida en la casa y que no estábamos para gastar en garrafones, que agarrara dinero para lo de la comida, pero que yo no iba a pagar por los garrafones de agua. 

No quise pagar garrafones de agua, ¿cuánto podían haber costado? ¿sesenta pesos, cuarenta? ¿No hubiera sido más fácil decirle que me daba coraje que comprara revistas cuando yo me estaba apretando el cinturón?Habría sido más sencillo agradecerle por ir él a comprar el super por mí y por venir cargando el garrafón desde la tienda.

No recuerdo cómo terminó esa interacción, creo que como tantas otras veces P fue paciente conmigo y me dio por mi lado o algo así. La verdad es que nunca me reclamó por haberle dicho eso, por ponerme de mezquino por unos cuantos pesos del garrafón, pero P murió al año siguiente y entre las muchas cosas de las que me arrepiento es el haberme portado así  ese día de los garrafones. Después de P he intentado tanto como me ha sido posible no pelear por cosas simplonas, nunca fui gran fan de la confrontación y después de su muerte mucho menos, sin embargo hace un par de años, año y medio quizá la volví a cagar garrafalmente y está vez creo que fue peor. 


II  

Para esta historia hay muchas agravantes en contra mía y una que otra atenuante, según yo. M y yo llevábamos algún tiempo sin estar del todo bien, había discusiones y fricciones más o menos constantes. Ahora no tengo interés en ponerme a contar esa historia. La cosa escaló hasta el punto en que M decidió que no quería vivir ya más conmigo. Rogón como soy, migajero como dice la chaviza, no tuve empacho en pedirle que por favor no se fuera, quien dice pedirle podría decir rogarle o suplicarle, pero él estaba decidido y sin mediar más razón guardó todas sus cosas en bolsas, (ojalá que nunca tengan que vivir eso de que el vato al que aman se mude el lugar donde viven y guarde todas sus cosas así, sin planeación ni cuidado), le llamó un amigo y se fue. 

No recuerdo qué día de la semana fue eso. A veces creo que el asunto de las rupturas se volvió más desestructurante postP que preP, uno pensaría que debería ser al revés, pero creo que no es así. Lo que sí recuerdo es que true to form me quedé sentado en el piso llorando. Esas escenas que sacan en las películas donde alguien está solo y las mascotas se acercan a darle consuelo, debo decir, que es una chorrada. Jamás en la vida se me ha acercado Olafito o Shalom o nadie de mis mascotas a consolarme. Lo que sí es verdad es que su presencia ha ayudado a que la casa se sienta menos sola, supongo que quizá es lo mismo pero si el dramatismo cinematográfico. 

M me llamó un par de días después, me dijo que tenía ganas de regresar a la casa. Aquí viene un pequeño arrepentimiento, pero no el que motiva esta historia. Yo le dije que no sabía si quería que volviera. Habría sido más sencillo decirle que sí y ya. Quizá habríamos terminado en el mismo lugar pero con menos dolor de por medio. Una cosa en la que fallo una y otra vez es en saber distinguir cuándo vale la pena enojarse y cuando no y luego ya cuando lo distingo viene la complejidad de “quedarse enojado” de solicitar algún tipo de reparación o almenos de reconocimiento de que algo estuvo mal hecho o mal dicho y en pensar que se va a hacer a partir de ese punto. 

Pero ya me estoy perdiendo en la historia y ya me esta dando flojera seguir escribiendo, alguna resistencia psicoanalítica sin duda…Fuimos a conversar a un café, por más que yo quise no llegar con la espada desenvainada supongo que no fue así. Me quejé ampliamente de lo que significó para mí que se fuera, según yo irse de la casa en donde uno vive con alguien y más aún llevarse sus cosas es un asunto serio, no algo que se pasa por alto así como así. 

Y ahí vino el momento de mi arrepentimiento, ahí se me escabulló entre los meandros del inconsciente esa frase que como un miasma putrefacto iba a terminar profiriendo. En un momento dado de la conversación yo le dije. Sí es verdad que yo siempre te he dicho que esta es tu casa, pero que te hayas ido de la casa con todas tus cosas para mí se siente como si nos hubiéramos divorciado y pues cuando tu te divorcias de alguien cada quien se lleva sus propias cosas. Y la cosa escaló y escaló… Por supuesto yo quería que regresara, pero quería que reconociera que se había pasado de verga y que hiciera algo para que pensáramos en una forma de reparar esa situación, pero ¿crees que dije algo como eso? Claro que no!!!!

Yo acabé diciéndole que sí regresara y ahí debería terminar esta historia, pero el veneno del basilisco ya estaba en mi boca y estaba por salir. M me dijo, está bien, voy a regresar, pero entonces yo ya no te voy a dar dinero para los gastos de la casa porque yo tengo que ahorrar por si me quedo sin casa otra vez, tener para mí o alguna cosa por el estilo. 

Yo debí decir, bueno vamos a pensar cómo podemos resolver ese asunto, pero lo que hice fue enchilarme como un niño chiquito y decirle que tenía que poner su parte de los gastos de funcionamiento de la casa, que yo no iba a pagar todo y entonces él dijo algo que ya ni recuerdo que fue y yo terminé diciéndole, si la cosa es que con eso que me das no te alcanza a ti para  vivir en un lugar como donde vivimos. 

El momento en que las palabras salieron de mi boca, supe que había dicho una estupidez, que había vuelto hacer ese vato mezquino peleando por los cincuenta pesos de los garrafones, sólo que esta vez fue peor, porque sé que lo lastimé y me lo hizo saber en muchas de las conversaciones futuras que tuvimos. 

¿Cómo se desdice uno de semejante estupidez? ¿cómo la gente se siente cómoda diciendo que no se arrepiente de nada? Lo cansado que es vivir con piedras así, porque esas no se pueden ir tirando en el camino, se quedan para siempre y hacen un poco más pesada nuestra existencia. Quizá también pueden ayudar para aterrizarnos, pero si yo tuviera la oportunidad cambiaría eso, entre otras cosas, en mi vida. 

Hace dos semanas que quería escribir esto, es una especie de vergüenza con la que estoy en paz. En una carta le dije que sabía que quizá nunca me iba a perdonar eso, es curioso que se pueda estar con alguien y que haya un algo que nunca se va a disculpar, aunque  crezca un bosque alrededor de eso y le salgan plantas y pasto y flores, pero siga ahí una roca dura en el centro. 

Ya no quiero seguir escribiendo más por hoy.


Sertralina para no morir en el intento




  Esto no es más que un ejercicio para poner en palabras parte de los pensamientos que me asaltan en mi día a día. No tengo tiempo ni energía para escribir un cuento entero, pero tengo ganas de poner algunas de estas cosas “allá afuera” para que otros, quien sabe quienes, las lean. 









Aprendí desde muy temprano que ser paciente era algo positivo, algo deseable, una cosa que merecía ser cultivada y de la que mis padres se sentían orgullosos. Recuerdo a mí papá presumiendo-me [sic] ante amistades y familiares repitiendo una frase que alguna vez debí haber dicho: mañana cuando el sol salga. Lo que seguí después de ese mantra era la postergación de algo. Mañana cuando el sol salga, me compras tal cosa, mañana cuando el sol salga, vamos a tal lugar, etc. La cosa es que eso no siempre pasaba, pero como cualquier caso de intervalo variable, el condicionamiento fue efectivo.


No puedo decir que todo lo que resultó de eso sea una cosa negativa. Después de todo aprendí desde una edad temprana a tener cierto autocontrol sobre mí mismo. Autocontrol que me ha servido bien a lo largo de la vida, pero que también ha hecho muy dificil muchas situaciones que deberían haber sido más sencillas. En muchas ocasiones me ha hecho sentir menos importante, sentirme resentido con gente a la que quiero, esperar que pase algo que nunca pasa, etc.

Ya no recuerdo las veces que me dejó de hablar en el curso de nuestra historia juntos. Creo que la primera vez fue en una banca en el parque. Aunque él me había insistido en que saliéramos en plan formal, cuando accedí terminó por decirme que mejor no. Y ahí fue la primera vez que esperé. No recuerdo que le dije, pero debió ser algo como que se tomara las cosas con calma, que fuera viendo como se sentía.

Luego tiempo después me dijo que ya no quería seguir saliendo conmigo. Lo bueno de que esto no sea un cuento es que no necesito ponerme a cortar la historia completa. La cosa es que me dejó. Yo empecé a salir con un impresentable, y al poco tiempo regresamos. Yo le dije que no lo iba a presentar como mi novio porque tenía miedo de que me la volviera a aplicar, pero al cabo de dos o tres meses ya todo era como antes. No como antes, mejor, como dice Pamela Palenciano.

Luego me puse a esperar que le volviera a gustar. No a que me volviera a querer, porque siempre me sentí querido, pero sí que le volviera a gustar. Creo que eso nunca volvió a pasar. Como dije antes, no todo es tragedia, dejé el yoga y la natación y me puse a hacer pesas, quizá no lo habría intentado de no tener el incentivo de volverle a gustar. Está bien ser un señor de cuarenta años con un cuerpo tonificado.

Ese dia que llegó corriendo convencido de que había alguien en el depa, no sé si diría que esperé o que fui paciente. Igual teníamos una relación abierta por lo que habría sido perfectamente legítimo que yo estuviera con quien yo quisiera, pero fui paciente, intenté ponerme en su lugar y me puse a darle explicaciones. Le rogué que no se fuera y finalmente aceptó quedarse.

A veces pienso que soy una persona antes y después de P. Creo, no estoy seguro, que si estás cosas me hubieran pasado antes de P no me lo habría pensado dos veces antes de comportarme como un niño caprichoso y altanero y desde esa altanería actuar muy distinto. Después de P, algo cambió en mí. Me di cuenta que no podía dar por sentado el amor que alguien tenía hacia mí y que debía tratarlo como algo preciado, que se toma entre las manos con el mayor cuidado. Casi como Houl levanta a Calsifer en el Castillo vagabundo.

Así quería tratarlo, así quería hacerlo sentir y creo que terminó siendo lo contrario.

También le rogué que no se fuera de la casa, no entiendo porque las personas dejan con tanta frecuencia que su orgullo se entrometa en su felicidad. Pero ahora me doy cuenta que hay una línea delgada y a veces confusa y que de vez en cuando debemos privilegiar nuestro orgullo para no sacrificar nuestro propio amor.

La tercera vez que me dijo que se iba, ni siquiera quise bajar a hablar con él. Y la verdad es que me arrepiento mucho de no haberlo hecho, A lo mejor si tuviera más experiencia con el orgullo, me habría dado cuenta que ese sí era un buen momento para dejar el orgullo al lado.

Es ingenuo pensar que los cambios van a suceder de un día para otro, quizá por eso tantas veces me ha parecido prudente esperar, dar otras oportunidades, etc. Siempre me es tan complejo decidir cuándo sí y cuándo no. Supongo que lo que lo complejiza es la falta de dolo, no hay maldad de por medio, solo un ímpetu descontrolado. Que bueno que no se trata de aprender fuego control. Que bueno que en ese universo yo optaría por ser un maestro aire.

Hoy E me recordó la vez que tuve una crisis de ansiedad en el MB, iba de camino a dar clases a la universidad y creí que me iba a morir. No puedo creer que ya van casi dos años! Fue el 11 de noviembre de 2024. Ya lo fui a buscar en el chat. Casi no lo recordaba. Ansiedad por la sobrecarga de trabajo, por el rompimiento, por mi preocupación por su salud, por mi propia crisis de la edad. Un año y cuatro meses de dolores en el pecho, en el brazo, bruxismo, crisis y apenas hace un mes decidí ir con el psiquiatra, porque ser paciente me está matando… porque siempre parecía que podía sacer mis notas de la carrera (broma) y autogestionarme.

Ahora estoy en una etapa 3.0, parece que es un lugar integrador, un punto medio entre el Jacob preP y postP con todo lo que hay en medio. Y tratando de no morir en el intento.

Tacos de pollo de supermercado

 Esto no es más que un ejercicio para poner en palabras parte de los pensamientos que me asaltan en mi día a día. No tengo tiempo ni energía para escribir un cuento entero, pero tengo ganas de poner algunas de estas cosas “allá afuera” para que otros, quien sabe quienes, las lean. 








Este mundo poblado de recuerdos, parece estar dispuesto a saltarse a la cara desde los lugares menos imaginados, los más recónditos. Es media tarde y me dispongo a preparar algo de comer, ha sido un día largo; una junta tras otra.

En la cocina abro el refrigerador, este fin de semana no fui al super así que hay poca comida y más bien voy a recalentar parte de lo que cené ayer. En el congelador hay un paquete de verduras congeladas, hace varios meses que las compro porque son una forma muy práctica y eficiente de comer verduras. Sólo hace falta tomar un puño, meterlas al microondas y listo, verduritas al vapor. Y ahí, junto a las verduras congeladas estaba ese paquete de barritas de pescado que compré no se cuando y que sólo he comido una vez. Fue mirarlo y de pronto estaba en algún momento de 2010 o 2009 en el departamento de San Pedro de los pinos, comiendo taquitos de frijol de cajita de esos que venden o vendían en el super. La primera vez que P me invitó a comer preparo eso, comimos en esa mesa de cristal y patas tubulares color plateado, sobre la vajilla de platos azules y los manteles de palitos de madera. 

Comimos esos taquitos de frijol que vendían en cajita, no recuerdo si había salsa de por medio, pero sí recuerdo que volví a comer esos taquitos muchas veces a lo largo de los años. A veces los comíamos en la mesa, otros sentados en la alfombra de la sala, pocas veces comíamos en la recamara, pero supongo que debió haber algunas ocasiones.

Y ya, eso es todo el recuerdo. La cosa es que en cuanto me pongo a escribir se me van ocurriendo otras cosas, pero no quiero escribir un diario entero, para eso ya tengo los diarios de papel.


El jonuco

 Esto no es más que un ejercicio para poner en palabras parte de los pensamientos que me asaltan en mi día a día. No tengo tiempo ni energía para escribir un cuento entero, pero tengo ganas de poner algunas de estas cosas “allá afuera” para que otros, quien sabe quienes, las lean. 



17 marzo 2026


Se perdió mi recuerdo de lo que pensaba mientras venía en el metrobus escuchando la lluvía repiquetear en las ventanas. Sólo me queda lo que pensé cuando bajé las escaleras del edificio para tirar la basura. 

Al salir me encontré con el jonuco, creo que nunca he usado esa palabra en toda mi vida en ninguna conversación, se la aprendí a mi director de tesis de la licenciatura. Aprendí muchas cosas de él. Como puedo escribir lo que quiera y como quiera, quizá también me sirva este espacio para poner todas esas palabras que me gustan y que  no tengo ocasión de usar, pero que me gustaría usar de vez en cuando.

La cosa es que en cuanto vi el dichoso jonuco, de inmediato pensé en todos los planes que tuve en algún momento cuando llegué a vivir aquí. Planes que hasta dije en voz alta y que como muchas cosas en la vida, no sucedieron y posiblemente no sucederán. 


Íbamos a poner un rack para las bicicletas, se suponía que íbamos a ir comprando macetas poco a poco para cambiar esas horribles plantas artificiales que hay en varios de los pasillos. No sé a quién se le ocurrió poner plantas artificiales, se ven tan falsas, tan sin vida, que en mi opinión causan el efecto contrario a lo que se pretendía. Se suponía que íbamos a poner otras macetas en el espacio de hasta abajo para poder ver algo verdecito cuando nos asomamos por la ventana. 


No hay rack para las bicicletas, las plantas de plástico siguen ahí acumulando polvo, no hay macetas en la planta baja y además ahora estoy aquí en esto que iba ser un proyecto familiar y que se convirtió en mi departamento, pero sin proyecto familiar.


Yo también tengo una planta de plástico, es una orquídea de Lego superbonita que armé yo mismo, está en mi escritorio sobre dos libros que no he terminado de leer en un año. Más proyectos inconclusos poblando este departamento. Todo a la vista de ese diablo rojo que compré con LA un día mientras caminábamos por la Roma y que ahora es como un guardián que todo ve, todo escucha, no es ni omnisciente, ni omnipresente, pero tiene un poco de eso. Además sobrevivió al descuido de la señora G, quien lo dejó ahí todo desvalido, como esperando que nadie se diera cuenta de su desperfecto. Pero cómo no me iba a dar cuenta si no podía haber sido nadie más que ella. ¿O quizá se fracturó el mismo? Como el diablito de la canción que  buscaba su guitarra.  



miércoles, 22 de septiembre de 2021

Dame fuerzas, que estoy muriendo por irlo a buscar

 “Dices que fui yo, y no fui yo. Que nunca te amé de verdad, qué rabia me da. Diste tu versión, pero olvidaste, que me soltaste cuando más necesitaba aferrarme...Oh, yo sé que en ese escenario igual jugué mi papel”.

"Dificil olvidarte estando aquí, te quiero ver, aún te amo, creo que hasta más que ayer" 



Y otra vez llegó el jueves y como cada jueves en punto de las dos me senté en la mano, esa mano gigante que está en parque España,ahí había caminado muchas veces cuando llegué a vivir a México,  buscando los muchos animales de piedra que hay entre los andadores, cerca de las fuentes, en esa mano, bastante fea por cierto, construída en honor a Lázaro Cardenas también me senté en muchas otras ocasiones cuando estaba en la universidad y no tenía dinero para salir los sábado, me iba a sentar ahí con un montón de copias de los libros que no podía pagar pero que tenía que estudiar. Ese jueves me volví a instalar ahí esperando que nadie pasara cerca a esa hora y se diera cuenta del ritual que estaba por celebrar, todo lo que quería era pasar lo más desapercibido posible, que me dejaran estar solo, consumiendo la vida de mi dispositivo en un esfuerzo por conservar mi propia existencia; mejor consumir la batería del teléfono que consumirme yo, mejor consumir otras sustancias que a mí mismo. Consumir sustancias porque estoy desprovisto de sustancia, porque estoy vacío.

Había caminado por casi dos horas hasta llegar al parque, ese día no tenía juntas, ni cosas por entregar, ni nada pendiente por la mañana. La última canción que escuché era la misma que había estado escuchando obsesivamente por los últimos meses, esas líneas: Knowing what we both know now. Could've made it work somehow me taladraban la cabeza todo el tiempo. 

Y es que esa sola frase abre la posibilidad a la reflexión ya muchas veces explorada por otras personas en relación a las decisiones que tomamos y si estas se verían o no afectadas por otros saberes. Si supiéramos lo que sabemos ahora ¿podríamos hacer que funcione? Y si lo sabemos ya, entonces ¿por qué no intentarlo?, ¿y si lo volvemos a intentar?. Él no quiere volver a intentarlo, es más, ya ni siquiera quiere que estemo uno en la vida del otro.

Encontré un lugar donde sentarme,  me acomodé los audífonos y le di clic a ese link que me esperaba desde hace dos o tres días en la conversación de Whatsapp con la Dra. Dorantes, ese link que con su sola presencia significa que hay una parte de mi vida que es cada vez más insostenible, que representa en bien poquitos caracteres todas mis faltas, mis debilidades, lo monstruoso que soy aunque la Dra. Dorantes pregunte una y otra vez por qué digo eso de mí mismo y yo no sepa cómo explicarme. En esa cita semanal lo que veo es la materialización de todo eso que intento arrancarme a diario, la creencia de no poder ser amado por quien soy, de estar broken beyond repair y el trabajo que supone disimularlo lo más que se pueda, para intentar conservar los vínculos que aún me quedan y que, pienso yo, si me vieran tal como soy, seguro no se la pensarían dos veces en salir de ahí. 

Qué rara es la psicoterapia a distancia, es la misma pero es otra, es un lugar que se inserta en el espacio material que el consultante escoja, siempre y cuando no haya mucho ruido y sí una conexión estable a internet. Ahora la modernidad le permite a uno hablar de sus alegrías, dolores, miedos, fortunas e inmundicias desde la comodidad de casa, sentado en una banquita en cualquier parque tranquilo, en medio del bosque, en el estacionamiento o entre los lavaderos en una azotea. Para mí el lugar para hablar de todo eso, era un parque en medio de la colonia Condesa, sentado al lado de una escultura fea, pero llena de bellos recuerdos. 

 

¿Cómo te resultó el ejercicio que propusimos para esta sesión?, me dice una vez superados esos mecánicos saludos iniciales que la cortesía obliga.  Una parte fue muy sencilla y otra no creo poder hacerla, ni siquiera entiendo bien para qué me estás pidiendo que haga esto. 

La semana pasada y ante mis monotemáticas conversaciones, la Dra Dorantes u Ofe (como yo le digo de cariño sin que ella sepa) me recomendó escribir una lista de las cosas positivas que puedo ver en mí, de las cosas buenas que hay en Germán y también sobre los motivos que me llevaron a decidir lo que decidí y los que me tienen aquí desde hace ya varios meses.  ¿Jaramillo, por qué no comienzas hablando de lo tuyo?, me dice la muy desvergonzada, ¿para qué quiere que le diga yo esas cosas?, ¿de dónde se le ocurren estas dinámicas?, ¿las vio en la universidad o en un programa de Oprah? Mejor empiezo con Germán. 

Germán tiene una memoria prodigiosa, se acuerda de muchos detalles de su infancia y del presente,  memoriza cosas a toda velocidad y además tiene una manera de relatarlas como si te estuviera contando un cuento. Una vez me platicó que de niño había una iniciativa de los museos para que los visitaras y cada que ibas a uno te daban una estampita o un sellito (yo no me acuerdo porque yo no soy memorioso) y uno los iba coleccionado en una especie de libretita como prueba de que ya se había visitado ese museo. Yo no puedo contarlo igual de bonito, en primera porque a mí no me pasó y en segunda porque no sé contar las cosas como él lo hace. Es muy bueno con los idiomas, me acuerdo una vez cuando estábamos tomando una clase de inglés avanzado juntos, el profesor nos enseñó una lista de frases idiomáticas de lo más complejas y luego de repetirlas un par de veces él ya se las había aprendido todas, en esa clase como era frecuente en la vida, el profesor terminó tirándole la onda.

Germán tiene un talento para caerle bien a la gente y además para gustarle a los hombres, debe ser por esa sonrisa tan bonita suya o por sus ojos redondos y profundos: se parecen a los de su madre. A veces hace de comer y esos días a uno le dan ganas de estar en casa y de repetir plato una y hasta dos veces, siempre me hace pensar en Como agua para chocolate o en Chocolat con esa capacidad suya de dar confort a través de lo que prepara, es como si pusiera un poquito de él en cada comida, pero no se pierde a sí mismo al cocinar, sino que por el contrario se multiplica, existe en cada plato que prepara, en cada postre, en los taquitos, en los ratones que su mamá le enseñó a preparar y en esa tinga tan rica que me prepara a veces (que me preparaba, debería decir) . 


Por él aprendí a comer naranjas a media tarde, comer naranjas ¿se imagina? Es todo un ritual, las lava una por una y luego las lleva a la mesa, las pone sobre una tablita de madera, de esas que se usan para picar la fruta, en casa hay dos tablitas una para la fruta y otra para las cosas saladas. Cuando ya está sentado en la mesa con las naranjas en la tablita de cortar, toma un cuchillo pequeño para partirlas por la mitad, lo hace con mucha habilidad, con cuidado, el cuchillo atraviesa la piel de las naranjas y con este simple acto el comedor se perfuma con un aroma delicioso y después las rodea lentamente, y una vez abiertas comienza a devorar su interior con la mayor destreza y sensualidad, es como ver una escena de El perfume, porque aunque unas gotas escurren por la comisura de sus labios (me gusta decir: comisura de los labios) en realidad nunca se ensucia, se puede comer una o dos naranjas y luego voltea las cáscaras y continua con ese fino proceso que consiste en consumir el interior hasta dejar unas cáscaras perfectas. Antes de conocerlo, yo raras veces comía naranjas, normalmente las usaba sólo para hacer jugo. Estar a su lado significa conocer un nuevo mundo, es una invitación a vivir aventuras, a ver el mundo con ojos más tiernos y más agudos de los que yo puedo tener. Lo amo.

Y sobre todo es el más valiente, tiene una voz que sabe hacerse oír, que se da a respetar, que da confianza. No es que hablé fuerte o que grite, sólo que conoce las palabras indicadas, el momento para decirlas, el tono correcto, el volumen. Aún recuerdo el día que me enseñó a tener voz ¿puedes creerlo Ofelia? Yo con cuarenta años y sin saber alzar la voz, bueno pues ese día aprendí que estaba bien decir que no. Es curioso que alguien que me dio algo tan importante, tan simbólico, también me haya quitado el sueño tantas veces, me haya hecho estar en vela sin saber dónde estaba, si estaba bien. Él no sabe, pero muchas veces le tomaba la mano para darme fuerza antes de decir yo algo que me daba miedo decir y cuando no estaba cerca, me recordaba ese día y decía ¿cómo le haría Germán? y ya con eso me volvía la voz.

Ya pasaron quince minutos desde que inició la sesión y preferiría quedarme hablando de Germán en vez de tener que hablar de mí. Y si te cuento del peluche que le compré cuando fui a verlo al hospital o de lo afortunado que me sentí por verlo antes de entrar yo a cirugía, esa vez me la pasé hablando con el doctor y con mi compañero de cama sobre él, estaba muy drogado por la anestesia y le conté mis fantasías sobre el futuro, de las ganas que tenía de casarme con él (yo nunca me había querido casar con ninguno de mis exes), del anillo mamador que quería regalarle, hasta lo guarde en mi lista de favoritos en el buscador me iba a costar mes y medio de sueldo, del montón de veces que quise convencerlo de hacer planes para vivir en otro estado (aunque en realidad  él nunca quiso). El vato que estaba en la cama junto a mí también tenía novio y también le acababan de sacar el apéndice, sólo que su novio no había podido ir a estar con él porque tenía que trabajar. Boy, I felt lucky that day

Bueno, Jaramillo, me interrumpe mientras yo me dispongo a contar anécdotas, cuéntame qué escribiste sobre ti. ¿Jaramillo? Qué chistosa forma de llamarse, la verdad es que me llamo Daniel, ese fue el nombre que me pusieron al nacer en memoria u honor (o alguna ocurrencia por el estilo) de mi bisabuelo paterno y así me dicen todos en casa de mis padres, pero cuando entré a la secundaria todo cambió. El profesor de matemáticas se equivocó al pasar mi nombre a su lista de asistencia e invirtió mis apellidos, aunque la confusión se aclaró rápidamente, a partir de ese día él y todos mis compañeros empezaron a llamarme así. En ese entonces no sabía porque me gustaba tanto que me dijeran así, era como tener un nombre especial, uno para cuando estaba fuera de casa, uno que había podido escoger yo, aunque hubiera sido en realidad un accidente. Para cuando entré a la universidad y  me vine a vivir a Ciudad de México se convirtió en algo político, era una forma de darle existencia y voz (sí, esa misma que yo no tengo) a mi madre, una especie de restitución por  todos los oprobios (oprobios, qué absurda soy a veces, pero es que las inseguridades hacen que uno recorra a estas fórmulas para  intentar ser tomado en serio) de vivir al lado de mi padre, por todas las veces que se tuvo que quedar callada cuando mi papá la manspleineaba y le gritaba. También me lo quedé para “castigarlo”, es mi forma de decirle, sin decirle, que lo que él quiera a mí no me importa, aunque me haga sentir muy complacido cada que aprueba una de mis decisiones.

Bueno, Jaramillo, me interrumpe mientras yo me dispongo a contar anécdotas, cuéntame qué escribiste sobre ti… Sí,sí, sí ya voy. Pues lo mío es ser agradable, sé agradar a las personas aunque sea algo que sólo puedo sostener por unos pocos momentos, ya sé que tú dices que considere las relaciones a largo plazo que tengo, pero es que esas relaciones no me ven a diario y como dice Alejandro, cuando uno está frente a los medios, expuesto todo el tiempo, los defectos de uno se ven mucho más grandes, ya no son pequeñas imperfecciones sino que se ven como tremendas fallas de carácter y yo creo que eso es lo que pasa conmigo. Si se convive conmigo poco tiempo, puedo ser agradable, pero a la larga soy intolerable. 

También soy leal, cuando quiero a alguien, ya sean amigues o pareja, estoy dispuesto a jugarme el todo por el todo, no hay medias tintas en ese respecto. Si tú llamas a las tres de la mañana, seguro te voy a contestar; si quieres que sea tu donador no me voy echar para atrás, seguro sí me voy a acojonar, pero te voy a decir que sí. Por eso tengo poquites amigues, es que soy muy torpe y me toma tiempo ir construyendo amistades. En este punto hago una pausa y me vuelvo a preguntar cómo se sentirá Ofe de estar escuchando todo esto. Siempre me he preguntado qué piensan mis terapeutas de mí, pero esta es la primera vez que me importa menos ser un buen paciente y me importa más hacer algo con todo esto que me está pasando.

Ufff, ya llevo veinte minutos y veo la batería del celular y la hora en la parte superior de la pantalla. Si estuviéramos en el consultorio, ese consultorio tan bonito lleno de chingaderitas donde posar la vista, con esos ventanales enormes, tan limpio, tan espacioso, si estuviéramos ahí en este momento estaría muy incómodo de no saber qué hora es, ni cuánto tiempo se ha consumido de la sesión y dudando entre si sacar o no mi celular para consultar la hora. No vaya ser que no sea el paciente ideal y mi terapeuta se enoje conmigo. No sabes lo mal que me siento de pensar que decepcioné a Germán, que le fallé, que no supe escucharlo, amarlo como él quería ser amado. Él también fue un cabrón conmigo muchas veces, se pasó de culero, pero yo no puedo sino pensar que yo también fui un culero con él. ¿Te acuerdas Ofelia que antes ni groserías decía en sesión?, ¿qué pinche jodido estoy no?

En la oficina cuando estoy escribiendo, cuando tengo que hacer comunicados, mandar minutas o memorandos, ser claro me es muy sencillo. Es que me vale madres que me quieran o no en la oficina, no necesito caerles bien, sólo necesito que reconozcan que sé hacer bien mi trabajo y eso es sencillo, sólo tengo que hacer bien mi trabajo.  ¿Ofelia, tú crees que si supiera ser claro las cosas serían distintas entre  Germán y yo?, ¿tú crees que si le hubiera dicho, cabrón, es que no quiero que te mueras porque si te mueres me voy a tener que morir yo también y no me quiero morir, si le hubiera dicho eso, eso habría sido comunicación efectiva?, ¿si le hubiera dicho que sabía que me ponía el cuerno?

¿Cómo le dices a alguien, cabrón, yo dejo de ser un puto maspleineador, neurótico, pero tú no te pases de lanza y no me veas la cara de pendejo diciendome mentiras?, ¿te acuerdas el día que me fui al pueblo y mis amigos se lo encontraron? Ese día él me acababa de decir que estaba en la casa o el día que me dijo que me saliera temprano para ir al médico. Yo nunca dejé de amarlo en todo ese tiempo, sólo se volvió difícil creer en él en algunas circunstancias y por supuesto, yo me volví cada vez más encimoso, más entrometido. 

Sabes qué Ana, ayer estaba hablando con Pilar y me dijo algo que pensó sobre ella misma y lo voy a hacer mío porque pone palabras a algo que yo no sé explicar. No sé por qué no le insistí más en que fuéramos-viniéramos juntos a terapia, pero vivo preocupado de pensar que yo vengo aquí cada jueves y te cuento cosas y todas esas cosas están sesgadas y  que quizá la realidad es otra y yo no sé transmitirla en su auténtica dimensión. 

Treinta minutos, vale verga, paso la mitad de la sesión tratando de que esto se acabe, de dejar de estar aquí desnudo y expuesto y luego, llego a este punto y siento que me faltan días y horas para sacar todo lo que tengo en la cabezota. Ofelia, hay algo que no te he dicho que me viene pasando desde hace casi un año y es que,cómo te voy a hablar de estas cosas, qué vas a pensar de mí. ¿Te acuerdas que al principio me iba al gimnasio dos horas seguidas y que después empecé a agarrar la bici e irme cada vez más lejos? Bueno, pues un día eso ya no fue suficiente, estaba de mal humor y no quería ir al gimnasio, ni salir con nadie, ni hablar por teléfono ni nada, entonces agarré la bicicleta y me fui pedaleando sin rumbo fijo, ya lo había hecho antes aunque creo que esta vez sí que llevaba un destino, días antes había pedaleado por tlalpan y me acordé de un lugar al que Germán iba.

Qué es lo peor que puede pasar, pensé, con suerte me lo encuentro y se traduce en un pretexto más para pasar tiempo con él, no me importó ir todo sudado, ni con el pelo hecho un nido por el casco, busque la dirección en mi celular y llegué hasta metro Chabacano, no recuerdo ahora si era viernes o si era jueves, lo que sí recuerdo era que fue entre semana. Mientras me quitaba la ropa lo único que podía pensar es si estaría ahí adentro, cómo iba a reaccionar si me lo encontraba, ¿me iba a mandar a la chingada?, ¿íbamos a coger? Al final no pasó nada de lo que esperaba, estuve ahí un par de horas dando vueltas como zombi, incómodo, con frío y luego regresé a casa.

Después de ese día comencé a ir a muchos lugares de encuentro, ya sin la bicicleta, pero algo cambió y de eso tampoco te he hablado, cada vez que estaba por llegar a uno de estos lugares la ansiedad se volvía cada vez más intolerable, las ganas de verlo, la decepción de nunca encontrarlo y el CBD ya no servía para maldita la cosa, así que empecé a fumar un poco de mariguana antes de salir de mi casa. No era la primera vez que pachequeaba antes de ir a una orgía, así que me pareció que estaba bien. ¿Qué por qué no te conté? Pues no sé, no me sentía cómodo hablando contigo al respecto de eso, no quería que me juzgaras, que dijeras: pues tan en control de sí mismo, no está. Cada vez he tenido que ir fumando un poco más, es curioso cómo el cuerpo se acostumbra a las sustancias, pero no me acostumbro a las circunstancias. Bueno, tampoco es como que me drogue diario, ni nada, me molesta un poco el lugar común que suponen estas conductas, hay algo de ordinario en todo esto, que aunque imaginé que me traería comodidad, en realidad me pone en una circunstancia muy extraña.

Fíjate Ofelia, que empecé a beber porque no podía trabajar pachecho, ya sé que hay mucha gente que sí puede pero ese no es mi caso y tampoco es el punto, y la verdad es que cada vez lo estaba haciendo peor por estar pensando en encuentros ficticios todo el tiempo, por estar perdido entre recuerdos, conversaciones hipotéticas, ese dolor en el pecho que no me deja trabajar, reclamos, lágrimas, disculpas y un sin fin de cosas. Tampoco es que esté ebrio todos los días, a decir verdad nunca estoy ebrio, ni me divierte tanto beber, un par de cervezas o un poco de vino tinto hacen lo necesario para aguantar hasta las seis cuando termino, después de ahí el plan es simple, gimnasio, orgifiesta o bicicleta. A veces mis amigues me invitan a salir, mis amigos en el pueblo también me han pedido que vaya a verlos, pero no tengo ganas de nada de eso, lo único que quiero es acallar esa voz que está todo el tiempo diciendome que debí hacer esto o lo otro, que si hubiera sido de tal o cuál forma Germán habría confiado más en mí, y luego viene el reclamo, por no haberle puesto un límite, por no haber dicho sí, todas las veces que él quiso terminar conmigo, por rogarle que no se fuera. 

¿Ya casi es hora cierto? No estoy seguro cuándo apareció esa sensación de querer abrirme la cabeza, pero detesto cuando sucede, a veces termino tirado en el suelo de mi casa, otras llorando en la calle como si tuviera tres años, una vez me pasó mientras me cogía a un tipo y pensaba en Germán, creo que esa fue la primera vez que cogí realmente drogado, antes sólo estaba un poco aturdido, pero ese día realmente no tenía claridad de lo que estaba haciendo. El tipo ni siquiera se dio cuenta, tampoco me habría importado si lo notaba. Hay muchas cosas que no te había contado ahora que lo pienso, llevo casi un mes tomando PEP, tengo que hacerme una prueba de VIH a finales de la otra semana (lo digo así de rápido porque no quiero hablar sobre ello). ¿Qué si no estaba tomando…? Sí, pero también lo suspendí, no sé porqué y luego pasó lo de estar drogado y olvidar tomarme las pastillas a tiempo, y el condón y fue todo un lío. Ni siquiera sé si lo olvidé  o sólo no quería usarlo, yo creo que sí lo olvidé y más bien estaba demasiado aturdido. Estoy preocupado por eso, son ya muchas cosas al mismo tiempo, mira es Germán, que ya me van a correr, el PEP y la cirugía de mi padre. De la cirugía de tu papá tampoco me habías contado, me dice. Sí, ya sé, es que no sé qué hacer con eso. 

Ya voy en el minuto cuarenta y siete, Ofelia me mira con cierta sorpresa, siempre ha sido muy buena para mantener un rostro apacible, uno que no me hace sentir juzgado, pero esta vez quiero que me juzgue, que se extrañe de la persona que tiene frente a ella, que no la reconozca como yo mismo no me reconozco yet I am still the same. ¿Sabes por qué te estoy contando esto?, le pregunto. Desde que se fue de la casa empecé a ver películas de terror, también empecé a escuchar la música que le gusta y a dormir abrazando una almohada. Y luego un día en la madrugada mientras veía la tele y me tomaba un tinto, me acordé de los relatos de terror en internet, esos que me ponía en la noche y que yo no quería escuchar porque me daban miedo, la diferencia es que entonces no dormía solo, si me despertaba en la madrugada con una pesadilla sólo me pegaba contra él y me volvía a quedar dormido. Ahora tampoco me gustan, me dan miedo y me hacen dormir tenso, pero se siente como si estuviera conectando con él. Me tomó un poco de tiempo recordar cómo se llamaban, en realidad no pude recordarlo, pero bastó con revisar el historial de búsqueda de Youtube hasta encontrarlos (a veces la obsesión puede tener algo de bueno). Y bueno desde ese día los escucho casi todas las noches, quizá no debería hacerlo porque sólo me ponen más ansioso. 

La cosa es que desde hace unos quince o veinte días he empezado a tener pesadillas, no sé si es por beber en las noches, no sé si es porque cada día me desvelo más, quizá solo es porque me dan mucho miedo, yet no puedo dejar de oírlos. Pero las pesadillas se están volviendo cada vez más feas, sabes justo hasta ahora que te lo estoy platicando se me acaba de ocurrir que quizá es por la PEP, a veces da sueños vívidos, pero es raro porque no me pasó desde el principio. A ver si ahora que deje de tomarla se me quitan, a menos que empiece a tomar otras pastillas y entonces sí a ver cómo me las arreglo. Odio esa sensación de querer abrirme la cabeza. ¿Por qué me siento tan culpable? Es que no sabes lo horrible que es darle señas particulares de la persona que amas a la operadora de Locatel, espero que nunca tengas que saberlo. ¿Exageré?, ¿me acojonó el miedo?. Un día yo estaba por decirle que si lo intentábamos de nuevo, pero él me ganó la palabra y me dijo que así era mejor, que él quería eso y yo me quedé en silencio como imbécil

Para el minuto cincuenta Ofelia aprovecha la pausa que hago para tomar aire, clásica técnica de les terapeutas y me dice que le habría gustado que le hablara de estas cosas antes, pero que me agradece la confianza de estarlas contando ahora. Hace una pregunta extraña pero que sin duda busca explorar y saber más sobre mi consumo de sustancias y particularmente sobre las cantidades que estoy consumiendo. Yo recurro a un bonito lugar común y le hago saber que claramente está bajo control si nadie a mi alrededor se ha dado cuenta. Me parece que por algo lo estás mencionando en consulta hasta ahora y también creo que es como una bocanada de aire o una llamada de auxilio, me dice. 

No me quiero morir, si es eso lo que estás tratando de averiguar, le respondo. Más bien quisiera poder ponerme en coma, ir y decirle que lo siento, que I didn’t know what I didn’t know, que nunca quise lastimarlo, que He is the one even though I may not be the one for him. ¿Te acuerdas de lo que te conté sobre el viagra hace mucho tiempo?. Nunca me atreví a contarle, lo recordé ayer mientras hablaba con un amigo. German me encontró una pastilla una vez porque la olvidé dentro del estuche de mis audífonos. Le dije cualquier tontería para no hablar del tema y él no me preguntó más al respecto, que bueno fue por no preguntar, pero la verdad es que yo seguí tomándolas casi cada vez que íbamos a coger. Él es tan hermoso, lo veo tan imponente, tan grande, que qué iba a pensar de mí si le decía que no tengo la energía física para estar a su altura.

De repente veo la esquina superior del celular, queda poquita batería, cada vez dura menos la batería en este teléfono, además hay unos niños jugando con su mamá al lado de la fuente y me siento un poco observado, veo el reloj al centro de la pantalla. ¿Te parece si ya terminamos la sesión aquí? Ya no quiero seguir hablando, me duele mucho y ya sólo quedan tres minutos de la hora. 

Sabes Ofelia, esa pregunta se ha vuelto sencilla, antes cuando me decías ¿cómo te vas? buscaba una especie de resumen o corolario o hilo conductor de la sesión para hablar sobre eso. Ahora creo que me voy tal y como llegué, quizá va siendo que uno sí se baña dos veces en el mismo río. Ves, ya voy ahi otra vez con la misma cantaleta de siempre, pero es que cómo saber hasta dónde sí soy yo y hasta dónde es lo otro. Se siente como muchos hilos enredados en una misma madeja. Después de dar clic en “terminar”, mi celular vuelve a esa imagen estática que es la pantalla de inicio y yo me quedo ahí, reflejado a medias en la pantalla, absorto, contemplando al vacío, entumecido por un dolor que no atino a localizar, empty.  


“Y después yo me enamoré de otro por el cual hubiera dejado el teatro y el brazo derecho arriba de una mesa…”
“...Y yo lo seguí queriendo hasta hoy y eso en Montevideo todo el mundo lo sabe” 
China Zorrilla


J.


El doble antídoto

  Esto no es más que un ejercicio para poner en palabras parte de los pensamientos que me asaltan en mi día a día. No tengo tiempo ni energí...