El garrafón del agua, no te alcanza y las cosas de las que me arrepiento.
Esto no es más que un ejercicio para poner en palabras parte de los pensamientos que me asaltan en mi día a día. No tengo tiempo ni energía para escribir un cuento entero, pero tengo ganas de poner algunas de estas cosas “allá afuera” para que otros, quien sabe quienes, las lean.
Es casi como un aforisma o un mantra escuchar a las personas decir: Yo no me arrepiento de nada, porque esas decisiones me han traído hasta donde estoy. O cualquier otra variante de esa idea. Pues lucky them, porqué yo sí me arrepiento de muchas cosas que he dicho y hecho, pero en particular siempre vuelven a mi mente dos. Porque como dice la fabulosa Laila Roth en un monólogo, “generé daño” y por eso me arrepiento mucho. Si pudiera, lo cambiaría, lo diría distinto, me comportaría diferente, pero la cosa es que eso no se puede hacer y toca aprender a vivir con las cosas que uno hace. A lo hecho, pecho, decía Anabel Ochoa en su programa de radio. Ese programa de radio que me gustaba escuchar por las noches en los audífonos de un walkman color amarillo que no recuerdo como llego a mí.
La primera de esas veces debí haber tenido unos veintiséis o veintisiete años. Todavía no comienzo a escribir el asunto y ya estoy pensando en cómo darles explicaciones, como justificar mi conducta para que entiendan porque estoy avergonzado, pero para que, al mismo tiempo, no piensen, que soy el más culero del mundo. Bueno, la cosa es que tenía unos veintiséis o veitisiete años cuando proferí, esa va ser la palabra mamalona de este texto, esa pinche frase aciaga en contra de P.
Él y yo hacía ya varios años que vivíamos juntos, unos dos o tres quizá y por esas épocas P se había quedado sin trabajo con la extinción de LYF del centro. Un día les platico como se me hizo realidad que se me apareciera su recuerdo por toda la ciudad cada que veía una de esas placas de acero en el piso con el logo de LYF. La cosa es que P estaba desempleado, pero también en huelga, sin cobrar su liquidación y sin buscar otro trabajo y sin recontratarse en CFE mientras esperaba a ver cómo se desarrollaban las cosas. En ese contexto estábamos cuando solté todo lo ominoso que hay en mí contra él que siempre fue tan bueno conmigo, que me aguantaba mi actitud creída y mis comentarios idiotas pero que yo creía agudos e inteligentes.
Con P desempleado, la responsabilidad financiera de la casa se colocó sobre mí y yo, neurótico como siempre he sido, pasé de una actitud relativamente relajada con los gastos a cuidar todos y cada uno de los pesos que se gastaban en la casa. Íbamos hasta el mercado de Jamaica a comprar las verduras y las frutas para comer, le dijimos a R que ya no podíamos pagarle para que fuera a hacer el quehacer, empezamos a comprar arena de la más barata para los gatos y cosas por el estilo, pero P siempre amó los viajes, así que de vez en cuando le parecía buena idea ir a comprarse el National Geographic, o llegar con la GQ o comprar cosas que yo sentía que eran un gasto innecesario. Ya no recuerdo bien cual fue el contexto, la cosa es que un día me agarró estresado, en la cocina haciendo algo mientras él llegaba con alguna de sus revistas recién compradas y me pidió dinero para ir a comprar algo al supermercado y de paso comprar unos garrafones de agua.
Yo que hasta entonces tomaba agua hervida, enloquecí y le dije que no le iba a dar dinero para eso, que había agua hervida en la casa y que no estábamos para gastar en garrafones, que agarrara dinero para lo de la comida, pero que yo no iba a pagar por los garrafones de agua.
No quise pagar garrafones de agua, ¿cuánto podían haber costado? ¿sesenta pesos, cuarenta? ¿No hubiera sido más fácil decirle que me daba coraje que comprara revistas cuando yo me estaba apretando el cinturón?Habría sido más sencillo agradecerle por ir él a comprar el super por mí y por venir cargando el garrafón desde la tienda.
No recuerdo cómo terminó esa interacción, creo que como tantas otras veces P fue paciente conmigo y me dio por mi lado o algo así. La verdad es que nunca me reclamó por haberle dicho eso, por ponerme de mezquino por unos cuantos pesos del garrafón, pero P murió al año siguiente y entre las muchas cosas de las que me arrepiento es el haberme portado así ese día de los garrafones. Después de P he intentado tanto como me ha sido posible no pelear por cosas simplonas, nunca fui gran fan de la confrontación y después de su muerte mucho menos, sin embargo hace un par de años, año y medio quizá la volví a cagar garrafalmente y está vez creo que fue peor.
II
Para esta historia hay muchas agravantes en contra mía y una que otra atenuante, según yo. M y yo llevábamos algún tiempo sin estar del todo bien, había discusiones y fricciones más o menos constantes. Ahora no tengo interés en ponerme a contar esa historia. La cosa escaló hasta el punto en que M decidió que no quería vivir ya más conmigo. Rogón como soy, migajero como dice la chaviza, no tuve empacho en pedirle que por favor no se fuera, quien dice pedirle podría decir rogarle o suplicarle, pero él estaba decidido y sin mediar más razón guardó todas sus cosas en bolsas, (ojalá que nunca tengan que vivir eso de que el vato al que aman se mude el lugar donde viven y guarde todas sus cosas así, sin planeación ni cuidado), le llamó un amigo y se fue.
No recuerdo qué día de la semana fue eso. A veces creo que el asunto de las rupturas se volvió más desestructurante postP que preP, uno pensaría que debería ser al revés, pero creo que no es así. Lo que sí recuerdo es que true to form me quedé sentado en el piso llorando. Esas escenas que sacan en las películas donde alguien está solo y las mascotas se acercan a darle consuelo, debo decir, que es una chorrada. Jamás en la vida se me ha acercado Olafito o Shalom o nadie de mis mascotas a consolarme. Lo que sí es verdad es que su presencia ha ayudado a que la casa se sienta menos sola, supongo que quizá es lo mismo pero si el dramatismo cinematográfico.
M me llamó un par de días después, me dijo que tenía ganas de regresar a la casa. Aquí viene un pequeño arrepentimiento, pero no el que motiva esta historia. Yo le dije que no sabía si quería que volviera. Habría sido más sencillo decirle que sí y ya. Quizá habríamos terminado en el mismo lugar pero con menos dolor de por medio. Una cosa en la que fallo una y otra vez es en saber distinguir cuándo vale la pena enojarse y cuando no y luego ya cuando lo distingo viene la complejidad de “quedarse enojado” de solicitar algún tipo de reparación o almenos de reconocimiento de que algo estuvo mal hecho o mal dicho y en pensar que se va a hacer a partir de ese punto.
Pero ya me estoy perdiendo en la historia y ya me esta dando flojera seguir escribiendo, alguna resistencia psicoanalítica sin duda…Fuimos a conversar a un café, por más que yo quise no llegar con la espada desenvainada supongo que no fue así. Me quejé ampliamente de lo que significó para mí que se fuera, según yo irse de la casa en donde uno vive con alguien y más aún llevarse sus cosas es un asunto serio, no algo que se pasa por alto así como así.
Y ahí vino el momento de mi arrepentimiento, ahí se me escabulló entre los meandros del inconsciente esa frase que como un miasma putrefacto iba a terminar profiriendo. En un momento dado de la conversación yo le dije. Sí es verdad que yo siempre te he dicho que esta es tu casa, pero que te hayas ido de la casa con todas tus cosas para mí se siente como si nos hubiéramos divorciado y pues cuando tu te divorcias de alguien cada quien se lleva sus propias cosas. Y la cosa escaló y escaló… Por supuesto yo quería que regresara, pero quería que reconociera que se había pasado de verga y que hiciera algo para que pensáramos en una forma de reparar esa situación, pero ¿crees que dije algo como eso? Claro que no!!!!
Yo acabé diciéndole que sí regresara y ahí debería terminar esta historia, pero el veneno del basilisco ya estaba en mi boca y estaba por salir. M me dijo, está bien, voy a regresar, pero entonces yo ya no te voy a dar dinero para los gastos de la casa porque yo tengo que ahorrar por si me quedo sin casa otra vez, tener para mí o alguna cosa por el estilo.
Yo debí decir, bueno vamos a pensar cómo podemos resolver ese asunto, pero lo que hice fue enchilarme como un niño chiquito y decirle que tenía que poner su parte de los gastos de funcionamiento de la casa, que yo no iba a pagar todo y entonces él dijo algo que ya ni recuerdo que fue y yo terminé diciéndole, si la cosa es que con eso que me das no te alcanza a ti para vivir en un lugar como donde vivimos.
El momento en que las palabras salieron de mi boca, supe que había dicho una estupidez, que había vuelto hacer ese vato mezquino peleando por los cincuenta pesos de los garrafones, sólo que esta vez fue peor, porque sé que lo lastimé y me lo hizo saber en muchas de las conversaciones futuras que tuvimos.
¿Cómo se desdice uno de semejante estupidez? ¿cómo la gente se siente cómoda diciendo que no se arrepiente de nada? Lo cansado que es vivir con piedras así, porque esas no se pueden ir tirando en el camino, se quedan para siempre y hacen un poco más pesada nuestra existencia. Quizá también pueden ayudar para aterrizarnos, pero si yo tuviera la oportunidad cambiaría eso, entre otras cosas, en mi vida.
Hace dos semanas que quería escribir esto, es una especie de vergüenza con la que estoy en paz. En una carta le dije que sabía que quizá nunca me iba a perdonar eso, es curioso que se pueda estar con alguien y que haya un algo que nunca se va a disculpar, aunque crezca un bosque alrededor de eso y le salgan plantas y pasto y flores, pero siga ahí una roca dura en el centro.
Ya no quiero seguir escribiendo más por hoy.
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