“Descubierto el mundo soslayado de quienes se entendían con una mirada, yo encontraba aquellas miradas con sólo caminar por la calle…” Salvador Novo.
Recuerdo todavía cómo me latía el corazón y se me enfriaban las palmas de las manos, mientras me adentraba en ese pequeño antro en el número 226 de la Avenida de los Insurgentes, y justo al entrar, lo primero que vi mientras mis ojos se acostumbraban a la oscuridad, fue a dos hombres besándose sin ninguna preocupación, abrazados por alguna canción de Alaska o de La Pao. Estar ahí significó de pronto no ser el raro, ni el diferente, ni el maricón, sino ser uno más, pasar todo lo desapercibido que siempre había querido pasar, cuando me quedaba quietecito, cuando me hacía pequeño entre mis compañeros de escuela para que no me notaran lo joto. Estaba pero sin estar, porque no podía sino abrir bien grandes los ojos tratando de entender todo lo que estaba pasando ahí, acostumbrándome a los sonidos, a las luces de neón y enfrentado de sopetón, ahora lo entiendo así, contra mi propia homofobia y es que antes de ese momento, yo nunca había estado entre otros iguales a mí y era desconcertante y fascinante al mismo tiempo.
Fernando M, que fue como el Virgilio del mundo gay para mí, me llevó a conocer Rockola cuando yo tenía 16 ó 17 años, y junto con el antro me presentó también toda una serie de códigos que hasta ese día eran desconocidos para mí, me explicó que era ser buga, que era bufar (que yo digo que es el “ser perra” de los dosmiles) y además me compartió la enseñanza más grande de todas, una que no es ajena a ningún homosexual y de la que muchos han hablado antes que yo (se habla de ello en El closet de Cristal, en México se escribe con J o en Quierete mucho maricón), me dijo que los gais, los marginales, ligamos con la mirada, con sutilezas, con el lenguaje corporal y no sólo ligamos de esa forma, sino que nos reconocemos los unos a los otros a través de ello, cuando estamos fuera del cobijo del antro, cuando no estamos entre conocidos y a salvo del escarnio público, de la violencia machista, y de quién sabe cuánta barbaridad (ya sé que las cosas han avanzado un poco, pero aún hay un gran trecho por recorrer).
Pero regreso al antro, llegué con Fernando y después de presentarme a sus amigos y lidiar yo con el asombro de que otro hombre (que no fuera mi papá o mi abuelo) me saludara de beso, nos pusimos a bailar con los ritmos pop que algún joven DJ mezclaba para nosotros, y que yo asombrado con todo lo que estaba pasando aceptaba sin cuestionar, sólo preocupado de la hora en la que tendría que regresar a casa. Así transcurría la tarde (no se deje engañar usted por mi relato, yo estaba en una tardeada, no en una noche de antro) cuando de los altavoces comencé a escuchar ese piano inconfundible seguido de la maravillosa voz de Gloria Gaynor, en un instante y sin darme cuenta, estábamos todos en un círculo bailando al ritmo de I will survive, jamás había sentido una emoción tan grande y mucho menos un sentido de pertenencia tan increíble con un grupo de desconocidos, es esa euforia que se siente cuando uno va a un concierto en vivo y que lo único que se tiene de común con los asistentes es que a todos nos gusta quién está en el escenario y eso es suficiente para obrar una suerte de sinergia colectiva que nos une por unos instantes. Esa era mi primera vez en un antro y fue genial y ahora iluminada por la luz del pasado, me parece todavía más maravillosa.
Pero esa euforia no iba durar para siempre, ni mucho menos iba ser la constante en mis subsecuentes visitas al antro, pronto me di cuenta que había muchas cosas que aún ignoraba sobre los códigos y las formas de interactuar y que si quería divertirme, había mucho que aprender, pero también una serie de “exigencias sociales” que nunca he estado interesado en acatar, por ejemplo aprendí rápidamente que tener buena plática, sirve de poco en un lugar donde la apariencia o el como bailes son lo que más cuenta ( y tiene lógica, porque uno no se puede poner a platicar con la música). Aunque Fernando tuvo la gentileza de llevarme a recorrer muchos lugares de la zona rosa, esa emoción de la primera vez se desvaneció rápidamente; y es que hay que decir la verdad, a mí no me gustan ni los lugares tumultuosos, ni la música demasiado alta, así que no era yo el mejor asistente al antro, pero lo que sí me gustaba era estar en un lugar donde mis afectos no fueran cuestionados, donde no me sentía en riesgo y donde, al menos potencialmente, podía encontrar alguien de quien enamorarme y ser correspondido.
Hubo algo que me interesó particularmente de ir al antro, algo de lo que nunca supe cómo participar porque soy muy torpe para ello, pero que estaba ahí fuerte y claro como La calle de las sirenas, y eso eran las dinámicas sociales que se suscitaban entre los que asistían al antro. Esos cotos, grupos, rencillas, competencias, bufes, y personajes que eran ficticias y reales al mismo tiempo, ficticias porque no soportan la luz de la realidad fuera de las paredes del antro y reales porque eran el pan de cada día para quienes iban religiosamente viernes, sábados y domingos. Eran códigos existentes entre niños de diecisiete o veinte años, jugando a ser ya todos unos adultos, pero también entre otros más grandes que se visten de personaje en cuanto cruzan la puerta del antro.
Y para describir eso, casi que haría falta una taxonomía marica, una que incluya a los que llegaban desde tempranito (parecía que vivían ahí) y que conocían todos los antros y a todos los meseros y a los de la puerta y que te lo contaban como quien cuenta que conoce al RP del restaurant más exclusivo de la ciudad, había gente de esa que sabe ser siempre el alma de la fiesta, digo había porque estoy platicando mis recuerdos, pero seguro que los sigue habiendo, de esos que caen bien a todo mundo, que son amables y están ahí sólo para divertirse, pero también había (y hay) esos que yo llamo jotos malos , que parecen encontrar diversión en la intriga, en el chisme, en el comentario clasista que hace sentir mal a los otros y por supuesto estábamos también todos los recién llegados,siempre hay recién llegados, siempre hay jóvenes que van por primera vez a un antro gay, jugando a ser ya adultos, pero sin saber bien a bien qué hacer con sus afectos, construyendo una identidad, una que sea propia pero que igual permita encajar con los demás. Así recuerdo esas primeras visitas a los antros, a la Rockola, a los muchos y cambiantes Cabaretitos, a su música pop y sus posibilidades para estar fuera del closet.