viernes, 21 de febrero de 2020

Ser joto y estar orgulloso, resignificando el lenguaje con el que nos construímos… (un fragmento de mi propia historia)






Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos gotas de sucia muerte con amargo veneno. Contra vosotros siempre, Faeries de Norteamérica, Pájaros de la Habana, Jotos de Méjico, Sarasas de Cádiz, Ápios de Sevilla, Cancos de Madrid, Floras de Alicante, Adelaidas de Portugal..

Oda a Walt Whitman de García Lorca



Dos ideas me dan vueltas una y otra vez y trato de articularlas, la primera que los calificativos con los que se nos ha designado a lo largo de la historia no se han mantenido estáticos y son (cómo tuvo a bien señalarme mi querido Antonio) más que nada sustantivo, y así como nosotros hemos cambiado también lo han hecho estás palabras, se han resignificado, pero han tenido siempre de común resaltar nuestras diferencias con lo hegemónico, con lo que se espera de nosotros por parte de un OTRO, que no tolera que uno actué fuera de los cánones, que quiere que los hombre sean fuertes, distantes,que muestren pocas emociones y que, en oposición exige de las mujeres sometimientos, sensibilidad y una paciencia siempre eterna. 

La otra idea es, que en el caso de muches (si no es que de todes) y a falta de una representación suficiente en la sociedad de otras identidades como las nuestras, somos nosotres los últimos en dar cuenta de nuestra diferencia y cuando por primera vez lo hacemos, viene acompañado [ese dar cuenta] de la sentencia clara, que anuncia que esa diferencia es algo de lo que avergonzarnos, algo que ocultar y que desear cambiar. Ese OTRO nos descubre antes que nosotros mismos, la primera vez que nos llama machorras, que nos dice maricón, puto o tortillera. De un modo u otro, nos construye una identidad que habitar, nos fuerza dentro de ella (ya sea que nos guste o no) y luego además  califíca ese lugar en el que nos fuerza a habitar, como poco deseable, como vergonzante. 

“... y no sólo porque es gay sino por taimado, al menos debió tener la delicadeza de hablar afeminado para que todos supiéramos que es...así …” “Ya me conoces Marge me gusta la cerveza fria, la tele fuerte y los homosexuales locas, locas”.  Esas dos líneas de uno de mis programas favoritos describen claramente lo que se espera de los hombres gais, y también fue por ese personaje (por Javier) que yo sin saberlo, me “enteré” que yo mismo era homosexual (aunque tardaría un tiempo en quedarme claro y un poco más en aceptarlo), y que serlo era motivo de burlas y que en lo posible era conveniente  negarlo u ocultarlo. 

Claro que en el kinder o en la primaria ya alguna vez alguien me había llamado marica o me había dicho que parecía niña (porque no hay nada peor que ser mujer si se es hombre según esa lógica), incluso recuerdo que alguien me dijo que era “como el Juanga”, pero yo a los siete años no me enteraba de nada (Todavía hay mucho de lo que no me entero y en mi casa nunca había oído a nadie burlarse de Juan Gabriel, ni hacer referencia a su homosexualidad) y por suerte el acoso se limitó a algunos cuantos incidentes aislados. Para cuando llegué a la secundaria, seguía siendo marica, no podía ser de otra forma,  pero ahora las burlas ya eran repetidas, y ahora en vez de parecerme a Juanga, era como Javier (el personaje de los Simpson) y ahí estaba otra vez ese sujeto-sustantivo-espacio ineludible que me descubria ante los otros pero también ante mí mismo porque hasta entonces, aunque yo percibía que había algo distinto en mí, de ningún modo habría sabido nombrarlo. Era maricón sin saber que era maricón.

Los adjetivos, los nombres y las palabras en general con las que se nos nombra podrán cambiar con el tiempo, pero su maledicencia y la virulencia con la que se profesan sigue siendo la misma. Y para dar cuenta de que esas palabras cambian con el tiempo, baste con echar una mirada al libro de Jaime Cobian, quien hace una recopilación histórica de las palabras y frases que se han venido utilizando a lo largo de los dos últimos siglos para retratar a los homosexuales (por cierto, su libro es una referencia obligada para ir integrando una memoria colectiva).

Yo no fui ni lilo, ni choto, ni adamado, ni carilindo y a la distancia todas esas palabras me suenan incluso dulces (aunque seguro que no sonaban así para quienes las tuvieron que llevar a cuestas como una pesada losa). Cualquiera que hoy tenga cuarenta años o menos  seguro que estará más familiarizado con palabras como joto, marica, maricón, puto, puñal y por supuesto la muy blanqueada y anglicada gay.

Aquí y de paso, aprovecho para derrumbar un mito muy difundido, ese que dice que la palabra Joto se acuñó porque los homosexuales eran encerrados en la celda marcada con la letra J en el antiguo palacio de Lecumberri,  esto no es verdad y como cuenta Jaime en su libro, la palabra joto ya aparece utilizada para hablar de hombres afeminados varios años antes de la construcción de Lecummberi: 

En 1833 el periódico “El Mono”, publica una crónica de unos paseantes de la Ciudad de México quienes al meterse a una fonda de comida cubana se encontraron a unos españoles, cubanos y mexicanos platicando en una mesa contigua, quienes describen a los comensales diciendo que uno de ellos era:“Un monazo viejo y cachetón que le dirigía la palabra a otro enjuto, meloso y afeminado que se parece mucho á los que aquí el vulgo denomina jotos”

Alfonso Reyes por su parte, narra en sus memorias un incidente de su infancia en el que la palabra joto, aparece también para referirse a hombres con una expresión femenina:

“Los mocosos, otra vez, inventaron meterse a caballo por la feria, tumbando los puestos de los “jotos”. ¡Los jotos, señores” Que os cuenten los tapatios la tradición de esos magníficos cocineros populares, quienes además, y aunque parezca increíble, eran unos gallos de pelea. Vestían de charro, lucían con orgullo el pie chiquito, hacien dengues afeminados, extremaban la voz chillona…”

Otra vez parece que lo que no se nos perdona es no cumplir con una idea de masculinidad anidada en una suerte de inconsciente colectivo, que si no eres suficientemente hombre eres un Gayo, así dice Adonis Garcia (el del vampiro de la colonia Roma) que le decían a los homosexuales en ese México de mediados del siglo XX.

La verdad es que estoy perdido entre tantas palabras, adjetivos y sustantivos, me asumo abiertamente homosexual, me siento cómodo siendo gay, no hago las paces con ser joto aunque en confianza esa es una piel que puedo vestir sin problemas, ser marica no me suena tan mal y es que me es sustancial. Un novio de la universidad usaba mucho la palabra gaysha y a mí siempre me gustó mucho, porque conjuraba dos realidades (según yo), una la de mi orientación sexual pero también invoca siempre en mí la idea de la elegancia, del cuidado, de esa fantasía de las telas adornadas y las ceremonias del té, así que también soy gaysha

Y es que las palabras y la intención con la que se dicen esas palabras implican cosas en el desarrollo social de las personas, las palabras para bien o para mal moldean al adulto en el que nos convertimos y más cuando son las palabras usadas para describir y dar un lugar en el mundo, estas siempre tienen una intención, un trasfondo, se dicen para apapachar, pero también para humillar, para hacer consciente al otro de su diferencia o de su “inadecuación”, por lo menos con respecto a lo que se espera de él. 

¿Cómo se obra esa alquimia de transformar eso que fue tan hiriente y convertirlo en escudo contra el denuesto y la maledicencia? Lo cierto es que no estoy muy seguro cómo sucedió al principio, pasó paulatinamente a la par de darme cuenta que no había nada de malo con amar a otros hombres, que mi destino por ser homosexual no tenía que ser el de La manuela, sí, esa manuela de Arturo Ripstein que veía a escondidas en canal 22 y que me hacía sonrojar cuando la vi después con mis papás, y es que ese era de los únicos referentes que tenía de ser homosexual cuando era niño. Tampoco quería ser Andrew Beckett, aunque él por lo menos tenía novio y su familia lo quería, ni quería ser Simon, pero en el fondo sabía, que de una forma u otra era ellos, aunque no supiera porqué y aunque no quisiera su vida para mí.

Hay dos vías principales por las que he podido cambiar lo que significa para mí ser joto, ser marica, ser gay. Puede que el significante siga siendo el mismo, pero el significado es enteramente distinto. Y esas dos vía tienen que ver con lo externo y con lo interno y una es tan importante como la otra. Lo externo es descubrir y reconocer que existen otros iguales a mí, reconocerme en mis pares y encontrar pares cuya existencia es un reflejo en el que puedo verme a mí mismo. Pares a los que puedo admirar, de los que puedo aprender cosas, cuya historia no está construida desde la tragedia. Que suerte tienen los que son más jóvenes que yo, porque han nacido en un mundo dónde pueden ver a otras personas no heterosexuales siendo exitosas, siendo felices, viviendo vidas como las de cualquier otra persona.

Y al mismo tiempo está lo interno, está la lectura que hago de mí mismo, de lo que hoy por hoy significa para mí ser homosexual, de repensar mi historia, mi narrativa personal, de entender qué y porqué es que estoy orgulloso de ser joto, de dejar de sentir vergüenza, de  reconocer que mi orientación sexual no resta y que no es mi obligación coincidir con un molde rígido en el por mucho tiempo me force a encajar. Eso ha cambiado también el significado de muchos sustantivos, ha transformado esa sustancia una vez tan acre y amarga en un espacio agradable para habitar, algo central de quien soy y que descubro día a día. 

Y por eso es que escribo todo esto, sí por dejar cuenta de que he sido llamado de tal o cual manera, que se me ha hecho sentir ridículo, inadecuado o insuficiente, pero también por decir que eso no tiene que ser así, porque sus palabras ya no me lastiman, no sólo porque se me ha curtido la piel, sino porque me he apropiado del lenguaje, por lo menos de ese que se usó tantas veces contra mí y lo he despojado de toda su violencia y ahora lo visto como una piel que me adorna, con purpurina y luces de colores, porque conforme he crecido he podido conocer a tantos y tantos otros como yo, que son felices, que son inteligentes, que son sensibles, tiernos, exitosos en lo que hacen, que aman a otros hombres, que se visten de lentejuelas, de saco o de colores. 

Todo esto es una invitación a apropiarnos de las palabras y de forjarnos identidades donde nos podamos sentir felices, a estar afuera, a estar orgullosos de quienes somos, a ser amables con los otros, a no hacerle el caldo gordo a quienes nos insultan, a no minimizar lo nocivo que es crecer oyendo que ser puto es lo peor, y no olvidar la importancia de que haya referentes positivos de lo que es ser gay. Así quizá quienes son más jóvenes que yo se descubran a sí mismos sin que venga de la mano del insulto de un compañero, puedan bromear ENTRE ELLOS sobre si son maricas o no, se puedan sentir orgullosos y vivir libres sabiendo que su amor es tan válido como el de cualquier otro. 









viernes, 17 de enero de 2020

De la Rockola al Boy Bar, el antro como primer espacio de socialización (aunque como a mí, no te guste el antro)




“Descubierto el mundo soslayado de quienes se entendían con una mirada, yo encontraba aquellas miradas con sólo caminar por la calle…” Salvador Novo.


Recuerdo todavía cómo me latía el corazón y se me enfriaban las palmas de las manos, mientras me adentraba en ese pequeño antro en el número 226 de la Avenida de los Insurgentes, y justo al entrar, lo primero que vi mientras mis ojos se acostumbraban a la oscuridad, fue a dos hombres besándose sin ninguna  preocupación, abrazados por alguna canción de Alaska o de La Pao. Estar ahí significó de pronto no ser el raro, ni el diferente, ni el maricón, sino ser uno más, pasar todo lo desapercibido que siempre había querido pasar, cuando me quedaba quietecito, cuando me hacía pequeño entre mis compañeros de escuela para que no me notaran lo joto. Estaba pero sin estar, porque no podía sino abrir bien grandes los ojos tratando de entender todo lo que estaba pasando ahí, acostumbrándome a los sonidos, a las luces de neón y enfrentado de sopetón, ahora lo entiendo así, contra mi propia homofobia y es que antes de ese momento, yo nunca había estado entre otros iguales a mí y era desconcertante y fascinante al mismo tiempo.

Fernando M, que fue como el Virgilio del mundo gay para mí, me llevó a conocer Rockola cuando yo tenía 16 ó 17 años, y junto con el antro me presentó también toda una serie de códigos que hasta ese día eran desconocidos para mí, me explicó que era ser buga, que era bufar (que yo digo que es el “ser perra” de los dosmiles) y además me compartió la enseñanza más grande de todas, una que no es ajena a  ningún homosexual y de la que muchos han hablado antes que yo (se habla de ello en El closet de Cristal, en México se escribe con J o en Quierete mucho maricón), me dijo que los gais, los marginales, ligamos con la mirada, con sutilezas, con el lenguaje corporal y no sólo ligamos de esa forma, sino que nos reconocemos los unos a los otros a través de ello, cuando estamos fuera del cobijo del antro, cuando no estamos entre conocidos y a salvo del escarnio público, de la violencia machista, y de quién sabe cuánta barbaridad (ya sé que las cosas han avanzado un poco, pero aún hay un gran trecho por recorrer).

Pero regreso al antro, llegué con Fernando y después de presentarme a sus amigos y lidiar yo con el asombro de que otro hombre (que no fuera mi papá o mi abuelo) me saludara de beso, nos pusimos a bailar con los ritmos pop que algún joven DJ mezclaba para nosotros, y que yo asombrado con todo lo que estaba pasando aceptaba sin cuestionar, sólo preocupado de la hora en la que tendría que regresar a casa. Así transcurría la tarde (no se deje engañar usted por mi relato, yo estaba en una tardeada, no en una noche de antro) cuando de los altavoces comencé a escuchar ese piano inconfundible seguido de la maravillosa voz de Gloria Gaynor, en un instante y sin darme cuenta, estábamos todos en un círculo bailando al ritmo de I will survive, jamás había sentido una emoción tan grande y mucho menos un sentido de pertenencia tan increíble con un grupo de desconocidos, es esa euforia que se siente cuando uno va a un concierto en vivo y que lo único que se tiene de común con los asistentes es que a todos nos gusta quién está en el escenario y eso es suficiente para obrar una suerte de sinergia colectiva que nos une por unos instantes. Esa era mi primera vez en un antro y fue genial y ahora iluminada por la luz del pasado, me parece todavía más maravillosa.

Pero esa euforia no iba durar para siempre, ni mucho menos iba ser la constante en mis subsecuentes visitas al antro, pronto me di cuenta que había muchas cosas que aún ignoraba sobre los códigos y las formas de interactuar y que si quería divertirme, había mucho que aprender, pero también una serie de “exigencias sociales” que nunca he estado interesado en acatar,  por ejemplo aprendí rápidamente que tener buena plática, sirve de poco en un lugar donde la apariencia o el como bailes son lo que más cuenta ( y tiene lógica, porque uno no se puede poner a platicar con la música). Aunque Fernando tuvo la gentileza de llevarme a recorrer muchos lugares de la zona rosa, esa emoción de la primera vez se desvaneció rápidamente; y es que hay que decir la verdad, a mí no me gustan ni los lugares tumultuosos, ni la música demasiado alta, así que no era yo el mejor asistente al antro, pero lo que sí me gustaba era estar en un lugar donde mis afectos no fueran cuestionados, donde no me sentía en riesgo y donde, al menos potencialmente, podía encontrar alguien de quien enamorarme y ser correspondido.

Hubo algo que me interesó particularmente de ir al antro, algo de lo que nunca supe cómo participar porque soy muy torpe para ello, pero que estaba ahí fuerte y claro como La calle de las sirenas, y eso eran las dinámicas sociales que se suscitaban entre los que asistían al antro. Esos cotos, grupos, rencillas, competencias, bufes, y personajes que eran ficticias y reales al mismo tiempo, ficticias porque no soportan la luz de la realidad fuera de las paredes del antro y reales porque eran el pan de cada día para quienes iban religiosamente viernes, sábados y domingos. Eran códigos existentes entre niños de diecisiete o veinte años, jugando a ser ya todos unos adultos, pero también entre otros más grandes que se visten de personaje en cuanto cruzan la puerta del antro.

Y para describir eso, casi que haría falta una taxonomía marica, una que incluya a los que llegaban desde tempranito (parecía que vivían ahí) y que conocían todos los antros y a todos los meseros y a los de la puerta y que te lo contaban como quien cuenta que conoce al RP del restaurant más exclusivo de la ciudad, había gente de esa que sabe ser siempre el alma de la fiesta, digo había porque estoy platicando mis recuerdos, pero seguro que los sigue habiendo,  de esos que caen bien a todo mundo, que son amables y están ahí sólo para divertirse, pero también había (y hay) esos que yo llamo jotos malos , que parecen encontrar diversión en la intriga, en el chisme, en el  comentario clasista que hace sentir mal a los otros y por supuesto estábamos también todos los recién llegados,siempre hay recién llegados, siempre hay jóvenes que van por primera vez a un antro gay,  jugando a ser ya adultos, pero sin saber bien a bien qué hacer con sus afectos, construyendo una identidad, una que sea propia pero que igual permita encajar con los demás. Así recuerdo esas primeras visitas a los antros, a la Rockola, a los muchos y cambiantes Cabaretitos, a su música pop y sus posibilidades para estar fuera del closet.

jueves, 18 de mayo de 2017

Summer 2016 (Summer dos mil dieciséis)

Summer 2016 (Summer dos mil dieciséis)

“I just wanted you to know, that baby you're the best…”


La sesión estaba por terminar en el consultorio del doctor Moncada, este  decía algo sobre la  disritmia, como está presente en muchas relaciones y el alto precio que  muchas parejas tienen que pagar por no saber o no poder identificarla a tiempo. Su paciente hacía ya algunos minutos que había dejado de estar interesado en lo que el Dr. Moncada tenía que decir  respecto a las relaciones; después de todo, él de lo que quería hablar era de los extraños sueños  que había estado teniendo en las últimas semanas y el tema de las parejas era algo inconsecuente que se había introducido en la conversación y sin que pudiera recordar cómo. O por lo menos él así lo consideraba, aunque semanas después su lectura fuera otra.
Era un consultorio bonito,  en el  cuarto piso de un edificio de los  setentas en plena colonia Nápoles, tenía unas ventanas amplias y  estaba muy bien iluminado. En el pasillo de la entrada varios tiestos con helechos recibían a los pacientes que asistían puntualmente semana tras semana para venir a contar sus dolores, sus miedos y sus  ocurrencias sentados en ese  sofá mullido color naranja o recostados en el  pequeño diván de piel, pegado junto a una de las paredes y desde donde se alcanzaba a  ver una parte de la ciudad. El consultorio tenía un aroma suave a canela y manzana, no era uno de esos aromas artificiales, puesto que el doctor Moncada ponía siempre especial cuidado en conseguirlo en alguna tienda especializada, detestaba esas esencias de supermercado, de aromas escandalosos y penetrantes, prefería  recorrer la ciudad hasta una pequeña tienda cerca del centro comercial Coyoacan donde vendían esencias de  buena calidad y preparadas a  gusto de los clientes.
Abrió su agenda y comenzó a leer sus notas, su siguiente paciente  llevaba  cerca de  año y medio en terapia y había sido bastante regular con sus citas, rara vez llegaba a tiempo, aunque nunca llegaba más de 15 minutos tarde. En un momento pensó que había ahí un síntoma,  año y medio después estaba seguro. Eran las seis con diez cuando sonó el timbre del consultorio, lo sabía porque  volteo a ver el reloj en la pared, se levantó  y caminó hasta el interfón, al otro lado del teléfono escuchó la  voz ronca de Emmanuel diciendo -hola-.
Abajo Emmanuel escuchó el  chirriar del interfón que anunciaba que podía empujar la puerta  y adentrarse al edificio, le gustaba mucho ese edificio,  conservaba  muchos detalles originales, lo que  provocaba la sensación de estar en un lugar fuera del tiempo. Mientras se adentraba por el pasillo que conducía al elevador Emmanuel pensaba que  estar ahí, siempre le hacía sentir como un personaje de algún cuento de  José Emilio Pacheco, de Usigli o de algún otro escritor mexicano de mediados del siglo XX. Subió hasta el consultorio y encontró la puerta abierta, así la había encontrado  cada vez que  había llegado a consulta sin importar si el día era lluvioso, frío, soleado, si él estaba triste, si se sentía solo o si le había ocurrido algo bueno que contar.
El doctor Moncada lo saludo con esa sonrisa tranquila que le caracterizaba, lo invitó a tomar asiento y comenzó con su  frase de todos los martes y de los jueves antes de los martes y de algunos lunes. ¿Qué tal las cosas?. Emmanuel comenzó hablar enseguida, le dijo que  camino al consultorio había pensado cuantos meses  habían transcurrido desde que  había comenzado a  venir a terapia, se preguntaba si en verdad estarían haciendo alguna diferencia, si habría aprendido algo o si era el mismo de siempre. Los cambios en una  vida a veces son imposibles de ver mientras están ocurriendo, por lo general se les aprecia mejor a la luz de la distancia pero a veces esa distancia  tampoco dejá que los  apreciemos por lo que realmente  fueron.
Emmanuel estuvo hablando largo tiempo sobre esto, hasta que la sesión se encontraba cerca del fin y se descubrió distraído leyendo los títulos de los libros que adornaban el consultorio, mientras que el doctor Moncada le hablaba sobre la disritmia, así continuó por uno minutos más hasta que Emmanuel observó que era casi tiempo de terminar, le dijo que eso de lo que estaba hablando se le antojaba mucho más poético que la forma en que se lo estaba diciendo y que  si tuviera que escribir al respecto quizá utilizaría las palabras sino o hados, incluso Es muss sein, pero que aquello de disritmia le parecía de una frivolidad terrible, le agradeció por el tiempo y el espacio  compartidos y  se despidió, estaba por cerrar la puerta tras de sí, cuando volvió a  abrirla para decirle al Dr. doctor  Moncada -Ey por cierto, la semana  próxima no podré venir,  voy a comer con German y no quiero estar con el tiempo encima, ni llegar tarde.
Ese último mensaje, encerraba todo lo que había de importante en la sesión de aquel día, eso que Emmanuel sabía incluso antes de llegar a consulta y que sin embargo había callado cuidadosamente hasta el último momento, no quería que el doctor Moncada le preguntaste por Germán, ni quería tener que discutir eso que había estado diciendo en las últimas sesiones, eso que ya sabía pero de lo que no quería hablar, prefería guardar para sí, toda la emoción que le provocaba verlo, todo eso que sentía en los pocos minutos que lograban compartir en la semana cuando salían a cenar o a tomar algo. Todo esto que venía pasando en los últimos meses lo hacía sentir como si tuviera dieciséis años y aunque se sentía increíble, también lo detestaba, porque lo hacía sentir expuesto y vulnerable. Aunque quería con todas sus fuerzas estar ahí y estaba decidido a ser transparente  y permitirse sentir cada emoción.
Emmanuel recordaba muy bien la tarde en que se habían conocido, llevaban ya varios días intercambiando mensajes por whats app, al principio a Emmanuel sólo le había parecido muy atractivo, su piel morena y su cuerpo fuerte no pasaron desapercibidos ni un instante, como siempre la cara había sido un factor determinante, sus ojos profundos y ese perfil que transmitía seriedad y ternura al mismo tiempo le había llamado  profundamente la atención, el tatuaje en su torso y el otro en la muñeca conforma de pulso habían sido lo siguiente que había observado, pero con el paso de los días  la charla con Germán terminó por cautivarlo, tenía muchas ganas de conocerlo, se preguntaba cómo se oiría su voz en persona, de que cosas hablarían y si le gustaría tanto en persona como le había gustado hasta ahora por fotografía. Finalmente acordaron conocerse. Germán traía un pantalón blanco que acentuaba la  fuerza de sus piernas, un suéter azul y un paraguas que hacía juego con el resto de su ropa, Emmanuel lo había visto media calle antes y estaba impresionado de lo atractivo que le parecía en persona, Emmanuel escuchaba la voz de Mireille Mathieu en sus audífonos y parecía como si su cita caminara al ritmo de La derniere valse mientras se aproximaba.
Para el doctor Moncada fue claro que este aviso no era ninguna coincidencia, pero se limitó a decir con un tono un tanto indiferente -muy bien, quedamos en eso entonces-.
Germán recordaba su primer encuentro con Emmanuel desde otra óptica, había quedado de  verse con él un sábado por la tarde en que no tenía mucho que hacer y le había parecido una  buena forma de pasar el resto del día, recordaba que era una tarde de mayo muy despejada, pero los días anteriores había estado lloviendo mucho, por lo que había decidido llevar una sombrilla azul que le gustaba, como no encontró el libro que estaba leyendo, se conformó con ponerse los audífonos para entretenerse camino al lugar acordado, hacía  algún  tiempo que no conocía a nadie, pero sus motivaciones eran más bien inciertas, una mezcla de deseo,  de aburrimiento y unas pocas ganas de volver a conocer personas, Emmanuel le había parecido un tipo simpático, un poco bobo en ocasiones, pero bien educado y con una charla amena.  Cuando  vio su primera foto, le gustó su barba, pensó que lo hacía lucir un poco desgarbado, pero cuando lo escuchó hablar por teléfono no pudo decidir si su voz le gustaba o le daba risa.
Pero los días habían pasado y Germán había decidido que Emmanuel no era ningún loco y que en última instancia, si cuando se conocieran en persona le parecía insufrible, siempre podría decir algo para excusarse e irse de ahí. Después de todo, Germán no era de los que tienen pelos en la lengua y no  se iba a andar con vacilaciones a la hora de decirle a un desconocido que no le gustaba.
El sábado acordado, las cosas salieron bien, Emmanuel le había propuesto que se  vieran en un parque de la colonia Escandón, justo en la esquina de progreso y agricultura, cuando llegó al lugar Emmanuel ya lo estaba esperando, éste lo saludó  con un apretón de mano y un abrazo casual. Por lo menos se parece al de la foto -pensó-. Su apariencia en primera instancia no le gustó del todo, traía la barba como de una semana, tenis rotos, jeans y playera, pero olía a limpio y el pelo despeinado que se escapaba por debajo de su gorra, como el pasto que crece salvaje por todas partes, despedía ese olor a recién bañado que tanto le gustaba.  Después de saludarse empezaron a caminar por las calles de la colonia, todo estaba tranquilo y hacía un clima agradable, habían acordado ir a tomar una cerveza para platicar un poco y Germán se dejó guiar.
De camino a la cervecería hablaron de cosas triviales, Emmanuel le preguntó si había tenido problemas para llegar, le preguntó nuevamente por dónde vivía y le dijó lo agradable que había sido platicar con él en los últimos días. Luego le preguntó si se sentía a gusto -me pareces un poco callado- le dijo. Germán le respondió con una sonrisa en el rostro, que así era el principio, que no habla mucho hasta que se sentía más a comodo y casi como si le hiciera una advertencia le dijo: pero luego, ya que estoy en confianza, a ver si me dices lo mismo.
Mientras estaban en la cervecería la conversación se fue tornando un poco más íntima, Germán le contó que hacía pocos meses había regresado de vacaciones, había ido a la playa, pero no había sido cualquier viaje, sino el primero que hacía solo. Le contó sobre los lugares que había recorrido y como se había sentido viajando sin compañía, para Emmanuel  fue muy agradable escucharlo hablar sobre  este viaje en solitario, él mismo lo había hecho algunas veces y le fue fácil identificarse con las cosas que le contaba.
El olor a cerveza  y pasta dental le llegaba a la nariz cada vez que Germán comenzaba a hablar de nuevo y le agradaba mucho imaginar el sabor que tendría. Cuando Germán terminó su primera cerveza, Emmanuel le preguntó si quería ir a su casa, el  otro, sin hacer demasiado aspaviento, se limitó a responder que sí.  Caminaron un poco hasta la avenida principal y ahí tomaron un taxi.
Mientras Emmanuel caminaba por las escaleras para salir del edificio de su terapeuta, podía recordar con gran claridad, los detalles de ese primer encuentro, estaba sentado sobre su cama con Germán de pie frente a él, lo tomó por la cintura y lo acercó hacía sí, lentamente comenzaron a besarse, después de unos momentos Germán se alejó para quitarse la playera y volver a besarlo.
Por un momento Emmanuel se detuvo en la escalera sólo para seguir disfrutando de cada detalle que su memoria le regalaba, recordó cómo se puso de pié, se quitó también la playera y comenzó a besarlo de forma más enérgica, por momentos se detenía para poder apreciar su piel todavía tostada por los días en la playa, sus músculos firmes  y su cuerpo dibujado de tatuajes que no hacían sino aumentar su atractivo. Aunque era un encuentro en principio casual, estuvo rodeado de una familiaridad que ninguno de los dos sabía explicar. Emmanuel reanudó su camino por las escaleras recordando el sabor de sus labios, los sonidos que se le escapaban cuando pasaba su nariz por entre sus ingles y la fuerza y temperatura de su cuerpo cuando estuvo dentro de él. Esa tarde, mientras  Germán y Emmanuél descubrían sus cuerpos, el agua en la jarra de la cocina se evaporó por completo y el pasto que Emmanuel había cembrano en una pequeña maceta en el balcón reverdeció.
Cuando Emmanuel al fin salió del edificio se apresuró por entre las calles, era tarde y quería llegar a tiempo al cine para una película, era una de esas películas de los  noventas que ahora vuelven a exhibir en las salas de cine; uno de esos absurdos de la modernidad -solía decir él-.


Germán.
Mientras estaban acostados sobre el pasto en Ciudad Universitaria, Germán recordó aquella ocasión  cuando tenía cuatro o cinco años y su mamá al regresar cansada del trabajo y después de pasar a recogerlos a casa de sus tíos  exhausta  como estaba después de la larga jornada de trabajo, les preguntó quién quería acompañarla a la calle a comprar algunas cosas que hacían falta para la comida. Los dos hermanos empezaron a pelear porque los dos querían ir con su mamá a la calle, querían estar con ella y que les comprara alguna golosina en la tienda,  hacían ruido y decían porque uno tenía más derecho que el otro para acompañarla, hasta que ésta, agotada de escucharlos discutir les dijo: ¡Ya sólo voy a llevar a uno o a otro conmigo a la tienda! a lo que Germán con toda la seriedad de sus cinco años preguntó: ¿Y quién es uno y quién es otro?. Su madre perpleja al principio con la pregunta y conmovida hasta las lágrimas y la risa después, no atinó sino a reír y abrazarlos a los dos.
Cuando Germán le contó la anécdota de ¿quién es uno y quién es otro?, Emmanuel igual que su mamá muchos años atrás se sintió conmovido de imaginar toda la situación, pero no supo qué decir y simplemente lo abrazó y lo besó en la frente.   Estuvieron un par de horas más recorriendo los andadores de Ciudad Universitaria y después volvieron a casa.  La tarde era fresca cuando Germán caminaba de regreso a su casa, pensaba que agosto estaba casi por terminar y que pronto tendría que mudarse, las cosas iban alineándose de acuerdo a sus planes y estaba determinado a continuar con ellos no matter what.
A la mañana siguiente se levanto temprano, desayuno algo ligero y se alistó  rumbo al gimnasio, pensaba en nadar una hora y después ir a dar clase. Le gustaba comenzar el día con la sensación del agua fresca de la alberca y el olor a cloro que se respiraba en el ambiente porque lo hacía sentir como extra limpio según sus propias palabras.
Mientras nadaba pensaba en los últimos meses, en los planes que tenía para el futuro y pensaba también en Emmanuel, a él no lo había contemplado en sus planes, había aparecido de improviso y las cosas entre ellos dos eran buenas, hacía algún tiempo que no se sentía así al lado de otro hombre, los espacios compartidos, los intereses comunes y sabía en el fondo que Emmanuel sentía cosas profundas por él, más de las que se atreviera a admitir y quizá Germán mismo también había comenzado a sentir cosas por él.
Cuando terminó de nadar, revisó el celular y vio el mensaje que le había mandado Emmanuel para confirmar la cena de ese mismo día por la tarde, le pedía que confirmara el lugar y la hora. Mientras respondía sonrió alegré de ver el mensaje que había recibido y la forma en que estaba escrito. Parecía como si cada mensaje viniese acompañado siempre de un detalle y eso le  gustaba.  Respondió el mensaje rápidamente mientras sonreía y repasaba mentalmente los últimos meses.




Martes:
Cuando Germán vio el coche de Emmanuel a media calle, de pronto sintió que la sangre abandonaba su estómago, respiro profundo y sonrío. El auto se estacionó lentamente frente a él y al abrirse la puerta, el olor del perfume de Emmanuel le golpeó la nariz con esa esencia a madera que lo hacía parecer más adulto de lo que en realidad era pero que había aprendido a disfrutar desde que lo había conocido.  Lo besó en los labios y luego lo abrazó. Nunca había sido demasiado efusivo, así que esa era toda la ceremonia que se podía esperar de él. Lo siguiente que notó, fue la música que sonaba en el auto, era una canción de Lana Del Rey que habían cantado a todo pulmón más de una vez mientras recorrían la ciudad o estando acostados en la cama, esta vez la reacción no fue distinta, Germán comenzó a tararearla y pronto Emmanuel se sumó al coro.
¿Te mudas la próxima semana cierto?- le preguntó Emmanuel-. Sí, bueno depende de que el casero tenga todo a tiempo, pero sí, ya todo lo demás está listo y ya tengo la mayoría de mis cosas empacadas. El lunes próximo tengo que pagar el adelanto de la mudanza y ya es oficial.  Muy bien, entonces hay que celebrar respondió Emmanuel.
Se dirigieron rumbo a un restaurante japonés en la del Valle, mientras recorrían las calles y my medicine sonaba en el estéreo del auto, una suave lluvia comenzó a caer, pronto los cristales se cubrieron de pequeñas gotas de agua y Germán se puso a dibujar su nombre en el cristal del asiento del copiloto.
Mientras manejaba, Emmanuel sentía como todas las salidas de los últimos meses conducían a este momento, sonreía recordando las noches que habían pasado juntos, las tardes de cine en casa, los encuentros sexuales, las largas caminatas por la ciudad. Sentía como el corazón le latía más rápido y como la sangre abandonaba su estómago. Las ganas de decirle a Germán todo lo que sentía por él se le aglomeraban en la mente, a minutos sentía como se le humedecían los ojos con el agua que le salpicaban los tres pececitos de colores que habitaban su pecho desde hacía algún tiempo. Cuando están por llegar a su destino, Germán le tomó la mano y lo besó en la mejilla. En ese instante la noche se transformó por completo, las dudas y miedos se disiparon y todo tuvo sentido nuevamente.
La cena transcurrió alegremente, Germán estuvo mostrándole fotos del que sería su nuevo departamento y de la zona donde iría a vivir, le dijo que era un vuelo de apenas pocas horas de regreso a Ciudad de México, lo que le permitiría visitar a su mamá por lo menos un par de veces al año si todo iba bien. Cuándo estaban por terminar Emmanuel le dijo que tenía un presente de despedida para él, abrió la mochila que cargaba consigo a todas partes y sacó un bello libro de pastas rojas, era una antología poética de Fernando Pessoa, una edición bilingüe que había encontrado en una librería en la colonia Condesa, luego sacó un sobre blanco y le dijo que era una carta que podía leer cuando estuviera en el avión o en el aeropuerto si se sentía impaciente, finalmente una pequeña lata de metal color amarillo, era el té favorito de Emmanuel y Germán se había hecho fan. Germán le dijo que no era necesario, pero Emmanuel respondió que lo hacía con cariño.
Después de cenar caminaron un rato por las calles mojadas mientras se tomaban de la mano. Cada beso se sintió como el más tierno, como el más lleno de deseo, como si fuera el de un amor que ha crecido a través del tiempo pero lleno del ímpetu de los amantes que se conocen poco.
Al final ambos cumplieron su palabra, de camino a casa de Germán hablaron poco y cuando al fin llegaron, Emmanuel lo abrazó con fuerza al tiempo que sentía como las lágrimas comenzaba a rodar por sus mejillas. Con la voz entrecortada Germán prometió llamar a penas aterrizara.
Eso que sucedió entre ellos, tenía fecha de terminación desde el primer momento y ambos habían acordado respetarla, no drama, no promesas que no podrían cumplir, sí mucho cariño, sí respeto, sí incluso amor y sí cuidado del uno por el otro. Y así sucedió, pero las cosas no son perfectas nunca. Emmanuel lloró de camino a casa y lloró por la noche mientras estaba sólo en su casa abrazando la almohada. Germán lloró al teléfono con su hermana mientras le contaba los detalles de la noche, también lloró días después de camino al aeropuerto, pero fue solo pasajero, una vez que el avión despegó y mientras leía la carta que le habían escrito volvió a sonreír y se sintió feliz. Emanuel también se sintió en paz cuando escucho la voz de Germán avisando que había llegado a su destino, que estaba bien y le encantaba su nuevo departamento porque estaba cerca de un parque muy bello y sobre todo fue feliz cuando Germán al despedirse le dijo: Te quiero, hablamos pronto.


Fin.




miércoles, 9 de noviembre de 2016

El anuncio de periódico


Eran casi las  siete de la noche cuando Carlos  regresó a casa después de una larga  jornada en la  oficina a la que diariamente asistía de nueve a seis de la tarde. Era una oficina como cualquier otra, decorada con colores alegres, pero llena de esos cubículo aburridos, cada uno igual al anterior, compactos a pesar de pretender ser amplios, llenos de la energía, las tristezas, el trabajo y las esperanzas de cada persona que alguna vez se había sentado en ellos.

Se sentía cansado y hambriento, pero  feliz de regresar a  casa. Había pasado todo el día dándole vueltas a una idea que  ocupaba su mente ya desde hacía  varios días y hoy estaba decidido a  hacer algo al respecto.
  
La vecindad donde  vivía, a unas cuantas  cuadras del metro  Cuauhtémoc, era grande  y bien  iluminada, con sus muros de ladrillos rojos, puertas  abigarradas  y  ese  olor   a tierra mojada que  tanto le gustaba a Carlos. Por  vecinos  tenía a un grupo bastante homogéneo, constituido principalmente por varias  señoras que ya pasaban de los sesenta, todas ellas  divorciadas, salvo por la señorita Amada quien  nunca se casó y quien  siempre estaba asomada a la ventana  para la hora en la que Carlos llegaba a  casa . También estaba la señora del 102, una mujer de unos  cuarenta y tantos años, madre de  dos hijos, muy trabajadora y que pasaba todos sus sábados haciendo quehaceres desde las primeras horas del día


 A Carlos le gustaba vivir ahí, era un lugar tranquilo, amplio, en buenas condiciones y el alquiler no era nada costoso; cuando  cruzó por la  puerta principal, saludó amablemente a su vecina la que todo vigilaba desde la ventana. Pasaba las horas ahí sin hacer otra cosa más que  ver a las personas entrar y salir de la vecindad. No les juzgaba, ni  participada de chismes con las vecinas, simplemente le gustaba  estar ahí,  pendiente de todo lo que sucediese.
Carlos se preguntó cómo sería la casa de la señorita Amada. Muchas veces le había ayudado a traer la bolsa cargada desde el mercado que estaba a unas calles, pero siempre la dejaba justo en la entrada y ella nunca había dado el menor indicio de que quisiera invitarlo a pasar. Carlos pensó que debía ser difícil ser  una mujer mayor viviendo sola y tan alejada del resto de  su familia.

En las caminatas de regreso del mercado, mientras Carlos le ayudaba con las bolsas del mandado, la señorita Amada le había contado que su familia  toda vivia en Veracruz y que ella vivía desde hacía muchos años en México. Había  venido a estudiar la preparatoria, para después convertirse en secretaria. Cuando terminó la carrera entró a trabajar a un despacho en Coyoacan y después comenzó a trabajar en el banco hasta el día de su jubilación.


En cuanto entro a su casa, tiró  sobre el sofá la mochila que  venía cargando, se quitó la camisa  y se acostó sobre la cama. Qué bien se sentía estar en casa, que agradable era el silencio de la vecindad y la tranquilidad de su casa. Después de estar recostado un rato se levantó  y fue hasta una pequeña mesa que tenía una máquina de escribir encima, algunos libros  y varios periódicos.  Tomó uno de los periódicos, se sentó en una de las sillas de la pequeña mesita  y pasó las  hojas del periódico  hasta llegar casi al  final, en la parte  superior se leía: aviso de ocasión


Buscó con el dedo índice hasta encontrar el apartado de personales y releyó varios de los anuncios que había visto antes, mientras los releía, una emoción le recorría desde el estómago hasta las manos, se sentía ligeramente ansioso, como un niño que está apunto de recibir un dulce al final de un día de escuela: 


"Caballero en  busca de amistad con dama seria y educada en Ciudad de México, gusto por la música, el cine y los paseos." 


"Pedro treinta y dos años, desea contactar con dama joven, formal. En busca de un
compromiso."

"Soy Fabián, gusto de la poesía, la charlas interesantes, originario de Veracruz,  quisiera conocer otro ser sensible con quien conversar"


Ahí estaba, el clasificado de un desconocido, igual que quien lanza una botella con un mensaje al mar de los lectores de periódico, el mar de los románticos del  siglo XX, de los que leen la  sección de  personales al final de los periódicos. Había algo en el mensaje de éste último que había llamado la atención de Carlos, era casi como si lo hubiesen escrito  para él. Alguien en algún lugar de la ciudad, estaba buscándolo y quería  que se encontraran.


Tomó una hoja blanca, la miró con detenimiento, quería estar seguro de que era una hoja bonita; que no tenía dobleces, ni manchas  por ningún lado, que era la hoja correcta para contestar al anuncio personal que tenía delante suyo. Después de examinarla con detenimiento la metió en la máquina de escribir, la alineó con cuidado, revisó los márgenes y comenzó a escribir.  


Llevaba  varios días pensando lo que iba responder, en las palabras  justas que iba a utilizar y la forma en la que iba a decir lo que  quería decir. Más que estar nervioso, estaba emocionado, sabía que quien había escrito ese anuncio, era como él, que entendía por lo que estaba pasando y que respondería. Aún así, prefería  tener ciertas precauciones, no ser demasiado explícito o decir algo que lo hiciese sentir comprometido o expuesto.  Cuando terminó de escribir, retiró la hoja de la máquina de escribir, revisó con cuidado lo que había escrito en ella, se cercioró  que no  tuviera errores o que no se hubiera manchado con la cinta de la máquina; le hizo unos dobleces precisos y la guardó en un sobre.


II

Fabián  estaba sentado en un café en la colonia Nápoles, vestía  un pantalón de gabardina color claro, una camisa azul de líno y un chaleco ligéro que le hacía  juego. Le encantaba el calor de agosto, con esas lluvias inesperadas y el color azul del cielo que tanto le recordaba su ciudad natal.  En la mesa tenía un libro de Rosario Castellanos, era una edición  vieja del Fondo de cultura económica,  vários sobres de correspondencia que revisaba distraídamente y una libreta con pastas de color marrón que utilizaba para hacer todo tipo de anotaciones o dibujar garabatos cuando estaba aburrido. Sus ojos se abrieron como los de un gato y la sangre se le fue del estómago, cuando  vio el sobre que le enviaba el periódico con una respuesta al anuncio que había publicado. Era la primera  vez que publicaba un anuncio en el periódico y hasta ahora no sabía qué esperar. Cuando había asistido a las oficinas unas semanas antes, le había dado la impresión de que la secretaría que le había atendido se había reído un poco de él mientras  mecanografíaba el mensaje que más tarde habría de ser publicado en las últimas páginas del periódico.


Leyó un par de veces la respuesta, deteniéndose para reconocer cada palabra a detalle, leyendo entre líneas, emocionado de que estuviera sucediendo eso que quería que sucediera, asombrado de que hubiese pasado, pero con absoluta certeza de cuál sería su siguiente paso. Después de  terminar de leer la carta por segunda  vez, abrió su libreta marrón y copió el número de teléfono que aparecía en la carta, justo después de la línea que decía:  estoy en casa a partir de las 7:30.
Después de pagar la cuenta, miró su reloj, eran las tres cuarenta y cinco  de la tarde. Si me  doy prisa, puedo llegar a la función de las cuatro y cuarto en el cine Diana -pensó- . Corrió hasta  la avenida de los insurgentes y abordó un camión. Hacía una semana que Germán, uno de sus amigos  le había dicho que estaban presentando Amadeus, una película sobre la  vida de Mozart. Germán la había  visto el año pasado mientras estaba en Nueva York visitando a su padre  y en cuanto supo de su estreno en México le dijo a Fabián que  debía verla.  Germán era un poco pretencioso  algunas  veces, pero Fabián lo quería mucho y se conocían desde antes de  venir a vivir a ciudad de México.  Se habían vuelto a encontrar por  casualidad una noche que Fabián se aventuró a uno de los clubs  de la zona rosa, donde se reunían todo tipo de personajes de la escena intelectual Mexicana. Estaba nervioso de que alguien pudiera reconocerlo  y justo en cuanto  cruzó la puerta de entrada del pequeño local ubicado sobre la calle de Florencia, escucho la voz ronca de Germán que le gritaba desde el otro lado del salón : ¿Fabian? ¿pero qué haces aquí? ¡Qué  gusto  verte!. Desde aquella noche, habían vuelto a ser amigos y ahora salían juntos al cine o a las inauguraciones de galerías de arte a las que frecuentemente invitaban a Fabián.
Al llegar al cine, vio nuevamente su reloj , compró un boleto  y se adentró a  toda prisa en la sala.  Eran casi las ocho cuando salió del cine y las noches de agosto eran bastante  frías para un veracruzano acostumbrado a la calidez de su tierra. Se alegró de traer suéter, aunque  hubiese tenido que  cargarlo  casi toda la tarde, Fabian odiaba tener las manos ocupadas con cosas y prefería llevar una mochila consigo casi todo el tiempo. Cuando salió a avenida Reforma, las  luces de  los faroles ya estaban encendidas.  Le  gustaba mucho caminar por  Reforma, así que  sin demasiada prisa comenzó a recorrerla en busca de un teléfono público.  Abrió su libreta,  buscó el  número que había anotado y lo marcó. Al otro lado del teléfono se escuchó  una  grabación indicando cuantas monedas debía introducir en la pequeña ranura. Hurgó en la bolsa del pantalón y al fin encontró las preciosas monedas. Cuando escucho el tono de marcado sintió que la  fuerza se iba de sus piernas, respiró profundo e intentó tranquilizarse. Sí,  bueno. -se oyó al otro lado del teléfono-    

III
Después de la primera llamada, todo lo demás fue sencillo.  Fabián estaba  asombrado de  cuantas cosas  parecían tener en común Carlos y él  y para Carlos era un placer lo sencillo que era poder hablar con Fabián. Rápidamente se hicieron amigos, hablaban por teléfono casi todas las tardes y sus llamadas se podían prolongar fácilmente por varias horas.
Fabián que era mucho más decidido que Carlos, le dijo después de la segunda o tercera llamada, que deberían conocerse el siguiente  fin de semana, pero Carlos había hecho planes ya y en cambio le propuso postergar hasta la siguiente semana.  Así pasó casi un mes sin que pudieran  coincidir en persona.  Fabián le contó de su  vida en Veracruz,  de  su niñez al lado de sus padres, del amor de su madre  que parecía quererlo más a el que al resto de sus hermanos.  Lo que significó  venir a vivir a la ciudad cuando apenas había cumplido diecinueve y  de los amigos que había hecho estando aquí.    Le prometió presentárselos algún día  para salir  todos a  bailar.
Carlos podía escucharlo por horas, fascinado con esa vida tan llena de aventuras, reuniones y  fiestas que  duraban toda la madrugada. La vida  para él era muy distinta. Prefería pasar las tardes en casa leyendo, ir al museo o hacer de cenar para  recibir a sus amigos. Además salvo por Gonzalo, sus demás amigos eran heterosexuales y hasta ahora no había encontrado un buen motivo para hablar abiertamente con ellos sobre su homosexualidad.  Una tarde, le contó a Fabián de las ocurrencias de su antiguo psicoanalista y de las ganas que tenía de escribir un  cuento y verlo publicado en alguna revista literaria, aunque  fuese en la páginas intermedias.
Finalmente  el lunes  dieciséis  de septiembre, fijaron la fecha para  conocerse en persona. El jueves Carlos  tendría el día libre en el trabajo y Fabián  no estaba ocupado hasta  después del medio día.   Decidieron ir a desayunar en un café a unas cuantas calles de metro Chapultepec, era el punto  que les parecía más intermedio y Carlos le prometió a Fabián que la salsa verde de los chilaquiles que preparaban en ese lugar, era la más rica que jamás había probado.  
Ninguno de los dos tenía idea de cómo sería el otro; algunas  veces mientras hablaban por teléfono Fabián había  tratado de imaginarse cómo sería  Carlos, se lo había imaginado más alto que él y con  barba o quizá moreno y de espaldas anchas. La verdad era algo que  a Fabián no le importaba demasiado, por su parte Carlos terminó por desistir de la idea de imaginarse a Fabián cuando recordó como, muchos años atrás en una ocasión tras hablar por  meses con una operadora  telefónica, quiso la suerte que se conocieran en persona y Carlos se dio cuenta que  era completamente distinta de cómo él se la había podido imaginar.
Acordaron verse en la esquina de Veracruz y Durango, después de que Carlos se lo sugiriera por parecerle divertido, por su parte Fabián  le dijo que llevaría consigo el libro que estaba leyendo en ese momento para que pudieran reconocerse, Carlos estuvo de acuerdo y le dijo que llevaría puesto un suéter naranja que  le gustaba mucho y que sería inconfundible.
IV
La mañana del jueves Fabian despertó  con la vecina tocando incesantemente a su puerta. Se echó un suéter  encima y  salió a abrirle. Estaba  pálida y balbuceaba algo  sobre un temblor. Fabián  se tallaba los ojos con las manos mientras intentaba entender qué era lo que estaba tratando de decir su vecina. Todo era muy confuso, pero por la expresión en rostro de esa mujer, sabía que la situación debía ser bastante seria. Él no había sentido nada durante la noche, pero se sintió ansioso al escuchar lo que su vecina le decía. Después de darse un baño rápido, salió rumbo a la colonia condesa, rápidamente se dio cuenta que algo andaba mal, había muchas personas en las calles y se escuchaba el ulular de las ambulancias, el temor comenzó a llenar lentamente su cuerpo, una sensación de confusión crecía lentamente dentro de el,quizá el temblor había sido más serio de lo que él pensaba.
Para cuando llegó a la esquina de  de Durango Y Veracruz las manos le sudaban y tenia el estomago hecho un nudo, pero esta sensación no tenía nada que ver con la emoción de conocer a Carlos, sino con la confusión que  finalmente se había instalado en él, en su camino hasta la colonia condesa no habia encontrado sino devastación, personas llorando en las calles, ambulancias, carros de bomberos, personas claramente mal heridas, edificios agrietados. En vano esperó por más de dos horas, pero nadie llegó. Mucho tiempo después, cuando ya todo esto había pasado Fabián pensó lo absurdo que debió haberse visto, parado ahí, sin hacer nada, esperando, mientras toda la ciudad convulsionaba. Pero lo cierto es que no podía haber hecho otra cosa, estaba tan confundido, su cerebro se esforzaba por hacer que las cosas  tuvieran sentido, pero  volvía a fallar una y otra vez.  
Entonces se puso a caminar sin un rumbo claro, necesitaba poder hablar con Carlos, escuchar su voz, saber que estaba bien.  Cuando al fin pudo encontrar un teléfono público, se dio cuenta que las líneas estaban muertas, siguió caminando por mucho tiempo, descolgando el auricular de cada teléfono que se encontraba a su paso, llenándose de desolación conforme su mente procesaba lentamente la dimensión de lo que acababa de suceder esa mañana, cuando al fin en cansancio y el hambre hicieron estragos, decidió detenerse un momento, frente a el se encontraban las ruinas de lo que debió haber sido un edificio de al menos cinco pisos, se sentó en la banqueta y comenzó a llorar. De regreso a su casa no podía pensar nada más excepto Carlos, en que no había llegado a la cita y que no tenía forma de contactarlo. Había gente en las calles que  gritaba buscando a sus familiares, edificios derruidos, patrullas y ambulancias circulando por todos lados.
Cerca de su casa los daños habían sido menos graves, pero el dolor y la desesperación estaban por todos lados. Tres días después, cuando al fin se restablecieron las líneas telefónicas, Fabián quiso telefonear a Carlos, pero nadie respondió. Todo ese tiempo había estado pendiente del teléfono, había recorrido  gran parte de la ciudad en busca de familiares y amigos, todos ellos habían sobrevivido. Algunos habían resultado lastimados durante el temblor, pero la mayoría se encontraba bien.  Fabián sentía que enloquecía ante la impotencia de contactar con Carlos, nunca  había pensado en pedirle su dirección y no tenía idea de dónde podía ir a buscarlo.
-He seguido intentando llamar el número que tantas veces marque después de las 7:30, he llamado temprano,  a medio día  y a las tres de la madrugada, el mismo tono constante y acerado que indica  que el número no está disponible es todo lo que tengo por respuesta-  Así comienza el texto que Fabián se ha decidido a enviar a una revista que le ofreció publicarlo, el mismo relato continúa -  Nunca supe cómo era Carlos, si algo le pasó o si sólo se descompuso su teléfono y el  extravió el mío. Me gusta mucho pensar que eso  fue lo que pasó, que algún día va a responder el anuncio que publico cada més en la sección de clasificados, el mismo anunció que respondió hace casi un años.  Muchas veces  fui a deambular por las calles cerca del metro Cuauhtémoc, me adentre por los edificios  derruidos, hablé con las personas instaladas en las banquetas pidiendo ayuda, pregunté al principio con pena y luego ya de manera casi automática si alguno de ellos lo conocía. Muchas veces más he ido a esperarlo en la esquina de Durango y Veracruz, con un libro en la mano y queriendo  escuchar esa risa ruidosa y ronca de la que nunca llegué a despedirme.

martes, 20 de octubre de 2015

De la angustia de los treintas


Deseamos apasionadamente que haya otra vida en la que seríamos lo mismo que somos en este mundo. Pero no reflexionamos en que, aun sin esperar a esa otra vida, ya en ésta, pasados unos años, somos infieles a lo que hemos sido, a lo que queríamos seguir siendo inmortalmente.
  En busca del tiempo perdido. Marcel Proust

            Es frecuente escuchar a las personas hablar sobre una crisis de la edad, hace algunos años, esta crisis se daba en torno a la edad adulta, cuando los individuos rondaban los  cuarenta años y se veían confrontados por su pasado, y sus decisiones. En el presente, con la expectativa de vida creciendo cada vez más, es natural que dichos momentos de crisis, se hayan trasladado a otras edades.

 Los paradigmas de lo que significa ser hombre o mujer en la sociedad actual están cambiando de modo vertiginoso, las expectativas que se tienen sobre cada uno de nosotros son diferentes de las que se tenían hace algunos años y con ello también los momentos en  que los individuos se  cuestionan por su lugar en el mundo.

Es decir las expectativas sociales con las  que cada sujeto  se fue  formando a  lo largo de su  vida, han cambiado y junto con ellas las expectativas que cada individuo tiene sobre sí mismo. Esto significa  enfrentarse cara a cara con el deseo propio y lo que se hace o deja de hacer para satisfacerlo. La crisis de los treintas, no tiene que ver con cumplir treinta, no al menos con los treinta cronológicos, en cambio se relaciona  con lo que significa en nuestra cultura hoy por  hoy convertirse en un adulto.

¿Cómo llegamos a los treinta?

Hay que entender que  estuvo antes de los treinta, para poder entender cómo se llega a los treinta. Pensemos  como son las cosas cuando  se tienen  veinte años; hay todo tipo de expectativas, se comienzan  trabajos, se tienen novias, novios, parejas, comienza entonces una  idealización del propio sujeto.  Ser atractivo no suele costar mucho, después de todo existe algo  en lo biológico  que  la mayoría de las veces  juega en favor del sujeto (ya sea que lo noten o no). Y es en estas circunstancias tan particulares que una creencia florece: cualquier cosa que uno pueda/quiera hacer, hay tiempo para llevarla a cabo. Es decir, existe una idea, que se  genera desde el individuo pero también desde su entorno de: hacer  sólo lo que a uno le corresponde, de que lo bueno está por  venir y  que con lo que se está haciendo  bastará para que "eso" llegue. Así el individuo va construyendo una  suerte de yo engrandecido, que lo "puede todo". Muchos individuos  hacen suyo este mensaje  de que  todo lo merecen y que todo vendrá. Viven despreocupados, salen, se compran un auto, el celular más nuevo; ahorrar o  hacer planes a  futuro es algo que ni por asomo figura en su imaginario. Una  suerte de carpe diem consumista y mal entendido.

Pareciera que en los veintes a los  sujetos  les basta con un esfuerzo mínimo para obtener grandes retribuciones, de hecho esa es la realidad para muchos individuos jóvenes, quienes con un salario muy  bajo tienen auto, salen  de antro cada fin de semana, tienen acceso a una serie de beneficios, que quizá cuando sean más grandes, si siguen con ese trabajo no serán capaces ni siquiera de  cubrir la renta de un departamento.  Así existe todo un sistema donde el sujeto  entra en una suerte de irrealidad y a través de esa irrealidad el sujeto  goza.

En esta irrealidad, en este carpe diem capitalista y en esta creencia de "tu lo mereces todo" el sujeto se interna en un tiempo subjetivo. La crisis de los treinta no  llega a los treinta cronológicos, a veces puede llegar antes; a los  veintiocho, a los veintinueve o quizá mucho mas tarde. Pero  llega sin duda en el momento en el que el sujeto se da cuenta  de la edad que tiene y se pregunta ¿pero cómo se me pasó todo este tiempo? y entonces  viene la angustia de que los cuarenta le llegarán en un parpadeo.

¿Dónde se está a los treinta?

Tras  haber vivido bajo estas ideas de que todo se puede lograr, de que ya habrá tiempo para  todo, ahora el  individuo se da cuenta de que  sigue haciendo lo mismo y está en un trabajo igual o casi igual, que cuando  tenía  veintiuno. Y sabe, que si no hace algo, seguirá en el mismo lugar para cuando tenga cuarenta. En este momento surge un reclamo  interno, esta voz que le dice  al sujeto:  ¿Y todos los planes que tenías?, ¿sigues trabajando en el mismo puesto que hace diez años?, ¿todavía vives con tus papás? ,¿acaso  tú no ibas a lograr esto y aquello?

Ante la angustia entonces  aparecen diversas alternativas con las que el individuo trata de enfrentar su  realidad. Una de ellas, a caso la más socorrida, es el reclamo, así muchos ante la angustia comienzan con el discurso del  tipo: es que no me reconocen, es que mi trabajo no es valorado, no me dan mi lugar. Estos individuos trasladan su responsabilidad al OTRO. En estos  casos existe  una especie de separación entre la realidad  exterior y la realidad psíquica del sujeto  instalado en este lugar.

Con los treinta entonces llega la conciencia de lo rápido que se han pasado los  veinte y de lo rápido que llegan los cuarenta, el tiempo de los treinta es un tiempo diferente. Ya no sólo está la pregunta de ¿a dónde he llegado? si no que el sujeto se pregunta también ¿hacia  dónde quiero ir?. Es un tiempo  lleno de preguntas, donde el individuo se cuestiona una serie de premisas en torno a la elección de carrera, de pareja, y sobre el lugar que  ocupa. La importancia de este momento yace en el replanteamiento de la vida del individuo en múltiples ámbitos. 

Ya no hay más una espera del futuro, si no una proyección hacia el futuro. Porque el sujeto se da cuenta, que solas, las cosas no llegan... Donde antes estaba esta actitud cómoda, pasiva, inmóvil; ahora está la necesidad de hacer, la certeza de que si no se hace nada, nada se obtendrá. Aparece una suerte de entendimiento de que aquello que cuesta (esfuerzo, trabajo, dedicación , tiempo, etc.) vale

También están aquellas personas que llegaron  a dónde se habían planteado que llegarían a los treinta. Se podría pensar, bueno tales individuos no  tendrán crisis, pero  vaya que sí. Porqué lo que dichos individuos se preguntan es ¿toda la vida me voy a quedar haciendo esto? Porqué quedarse  toda la vida haciendo  lo mismo, para muchos, significa una muerte simbólica.

En cualquier caso cuando el individuo se encuentra ante esta angustia de la edad y comienza a preguntarse  sobre qué hacer, suele haber dos principales desenlaces. En uno de ellos el individuo decide enfrentarse a todo esto y se dice a sí mismo: voy a  retomar los estudios, voy a  comenzar a hacer lo que me gusta, me pondré en forma, comenzaré a ir a terapia, aprenderé tal o cual cosa, me voy a apropiar de mi vida, y comienza a hacerlo. Y la segunda opción es una regresión, un adoptar una actitud infantil, un querer ser como alguien  más joven de quien en realidad se es.

Esta transición lleva al sujeto (o puede llevarlo, según las herramientas con las que se cuente y dependiendo de la forma en que dicha angustia se resuelva) de tener un lugar  en el mundo, dado por lo que se posee, por lo que se puede mostrar a los otros, por el auto que se conduce, el smartphone que se traiga; a tener dicho lugar con base en las elecciones que el individuo hace en su vida. En esta etapa, cuando se escoge el camino de la creación, el individuo requiere de una cantidad de energía particular, de compromiso para  con este nuevo camino elegido.

Así el sujeto tiene que empezar a pensarse como adulto, es decir, hacerse de un lugar en el mundo. Cuando  el individuo entra en movimiento, es cuando empiezan a surgir una serie de  resistencias, los discursos  históricos de cada sujeto, el preguntarse qué les gusta en realidad, replantearse si la elección de carrera fue la correcta, si la pareja es la correcta, etc.

Pero esta angustia no es toda  negativa, están los reproches que llevan al individuo a  cuestionarse por qué no hizo tal o cual cosa antes, por qué no planeó, por qué no aprovechó tal o cual circunstancia, pero al mismo tiempo, es el deseo  de evitar toda esta angustia lo que le da energía al sujeto para comenzar  y continuar  haciendo los cambios y ajustes en su  vida que le son pertinentes.

Al final es decisión de cada sujeto elegir que camino se desea seguir, si desea perseguir su deseo y  hacer el esfuerzo y las  renuncias pertinentes o si escoge el camino de la inacción y la involución a un ser infantilizado. Es el momento de elegir el tipo de  vida, que cada uno quiere, es el tiempo de construir un sentido de  vida.


Jacob Ortega

El doble antídoto

  Esto no es más que un ejercicio para poner en palabras parte de los pensamientos que me asaltan en mi día a día. No tengo tiempo ni energí...