domingo, 26 de octubre de 2014

De regreso (nota introductoria)



Hace ya  algún tiempo desde la ultima  vez que escribí por aquí, la intención es recuperar el ejercicio de escribir con regularidad, tratar de   hacer una especie de crónica de lo que va pasando, pero con un estilo más casual, más natural, algo que se lea más autentico. Muchas cosas han sucedido  a lo largo de los últimos dos años y muchas cosas están sucediendo ahora. Ya habrá tiempo de contarlas. 
Aquí estoy pues, de regreso, por que es  saludable para mi escribir, y con suerte, también usted que amablemente me lee, se encuentre con algún divertimento en todo esto.

martes, 15 de octubre de 2013

A la mitad del mundo

"Sentía gran respeto por todas las reglas del buen 
comportamiento, las cuales exigían que se festejaran sólo las 
llegadas y que no se observaran las separaciones. Habría sido 
tan incorrecto por parte de Asiak y Ernenek despedirse, como 
por parte de ella mostrar que se daba cuenta de que aquellos 
partían."  País de las sombras largas

Al final no encontré las palabras correctas, me decidí  borrar todo lo que había escrito y  permitirme escribir lo que  mis  manos fueran  plasmando sobre el teclado.  Pensé pues que unas cuantas lineas  simples y sinceras, quizá podrían comunicar mas que  mi embrollado escrito principal.

Hace algunos meses, apareció en la esquina de mi casa un nuevo  vecino. En cuanto lo vi desde la  ventana de mi casa, que da  directo a su jardín, sentí gran curiosidad. Luego unos días después cuando me lo encontré de regreso de la tienda, las manos se me pusieron frías y  se me subieron los colores a la cara. Yo tengo ya  casi  veintisiete  años y el apenas tiene  diecinueve. No tarde  en enterarme  gracias al tendero que  se llama  A y que esta aquí  acompañando a su  papá quien vino de  negocios.

En todo  caso,  no puse mas atención al incidente, pero  cada que me asomaba por la tarde y lo  veía atónito leyendo en el  jardín, había algo que me cautivaba. Hace  dos meses  mientras  caminaba por el parque cerca de mi casa  lo vi  sentado en el pasto jugando distraído con su celular.  Y como no iba a ir a hablarle a un desconocido , de quien sabe que tema que no se me  pasaba por la cabeza, pero   estaba  intrigado con su contemplación, fui hasta el café frente al parque, me pedí un expreso doble cortado, tome el periódico y me puse  a leerlo; eso si, no sin dejar de  voltear a  verle.

Quiso pues la  casualidad del clima de  verano, el sol de medía tarde y  los treinta  grados que alcanzó ese martes  la ciudad de Guayaquil , que le dieran ganas de entra a pedir algo de tomar al mismo establecimiento dónde estaba  yo, tomando café. Y luego, a través de lo que fue la suma de   382  casualidades (según he podido  calcular), fue a  tropezar directamente  contra mi periódico, tirándolo al suelo, junto con una libreta que  llevaba el en su mano y que yo no había notado antes.

Se requirieron de  treinta y dos casualidades más, para que fuera yo a levantar  su libreta y el mi periódico y que al momento de intercambiarlos, ambos decidiéramos sonreírnos. Yo alcance a articular alguna linea  idiota respecto al accidente y  el se disculpo por el mismo y continuo con su camino. 

Dos días después a apenas  tres o cuatro cuadras de ahí , sucedería  nuestro encuentro  definitivo, uno  tan  afortunado, y tan sentenciado por los hados al mismo tiempo, que  hoy todavía sigo tratando de  entenderlo.  Estaba  yo leyendo los  precios de las  frutas en el mercado local, cuando una   voz desconocida  me hizo voltear. Era el, que estaba a escasos centímetros detrás de mi y me había reconocido. Y con su naturalidad, esa  naturalidad prístina que sólo se puede tener a su edad, me había dicho "hola".

Nos presentamos, quedó  establecido quienes eramos y que hacíamos en ese lugar. -Comprar naranjas- ¿qué mas podía hacer uno en medio del planeta  a las  once y medía en un día  regular de marzo?. Le ofrecí una  y el la aceptó, le  quitó la piel con avidez y le encajo los  dientes. Unas  gotas se escurrieron por la comisura de sus labios y parecían oro liquido al contraste de su piel clara. 

A partir de ese día y por un espacio de tiempo que  me pareció el de una vida, pero no fue si no sólo unos meses, nuestras vidas se entre cruzaron. Descubrí que le gustaba  la literatura, la música de todos tipos, que tenía un gusto por la modernidad que yo apenas podía entender y  un espíritu joven con el que era  sencillo hablar. Jugamos ajedrez, reíamos, le vi llorar un par de veces y le abrí mi corazón para que el también pudiera  ver a través de mi.  Me enseño a jugar videojuegos y le regalé  una docena de libros.  Amaba ver con que pasión sus ojos se perdían entre las palabras y  su mente  iba  dibujando paisajes espectaculares . Pasamos varías tardes en el cine  y hasta lo invité a mi casa a ver televisión.

Regresó un día y me dijo que el trabajo de su padre había terminado  ya en Guayaquil, partían la semana siguiente  rumbo a Bogota y  luego a México. Mi destino no era tan diferente, estaría quince días mas en  Guayaquil, para despues  viajar a Quito  y de ahí partir hacia  Venezuela por tiempo indeterminado. Al día siguiente después de regresar de cenar, ya que su papá no volvería si no hasta muy entrada la noche, aprovechamos para estar un poco mas de tiempo  juntos y  lo invite a mi casa a ver una película. Hablamos  durante todo el film, de las cosas que habíamos hablado antes, de nuestra diferencia de edades, de nuestras vidas, nuestras familias, de aquellos a quienes habíamos amado. Lo  tenía abrazado, con su cabeza sobre mi pecho y  me di cuenta que se había quedado dormido. Me sentí conmovido.... Todo había sido tan bueno,tan bello, tan natural y se terminaba de pronto. Le  bese la mejilla. No sé si se dio cuenta o si seguía dormido.  

Camino a su casa lo abrace de nuevo. Le regalé el cuento que había escrito para el y un par de libros para su viaje. Su sonrisa trajo paz a mi mente intranquila. De repente  las palabras de Saint -Exupéry cobraron sentido. Solo en medio del ecuador dos seres humanos nacidos en el mismo lugar podrían haberse encontrado y vivir lo que  vivimos, en el espacio de una vida que dura un sólo instante.

martes, 3 de septiembre de 2013

Jueves en consulta

“El placer que me causa la fantasía de la posibilidad, es mayor que el placer que encuentro en la acción misma, Y es ahí donde esta mi neurosis” Jacob

Esa tarde decidió acostarse con otro hombre, su cara de placer, su cuerpo todo lleno de sudor, ese gesto que hace cuando se muerde el labio , todo fue suficiente para hacerme eyacular. En otras circunstancias creo que lo habría disfrutado como un todo y no sólo cómo una parte.

 En muchos de mis actos suele haber algo de perverso y este no fue la excepción, tuve para mi, a través de su gozo con otro, eso mismo que el ya no está dispuesto a darme. Fue como si al estar con el otro, se manifestara en el toda esa energía y vitalidad que alguna vez compartió conmigo. Digamos las cosas como son, esa energía y vitalidad que alguna vez fueron para mí y que de repente cesaron.

 Mientras estaba con el otro y yo observaba todo se estuvo disponible para que yo lo viviera  y para que de algún modo, al menos en mi imaginación lo hiciera mío nuevamente. Lo que estaba sucediendo frente a mis ojos y no podía ser escondido, tampoco me podía ser negado y entonces me perteneció otra vez aunque sólo por un momento. 

Pero esos fueron los limites de hasta dónde alcanzo mi disfrute, como dije antes no pude disfrutarlo como un todo. Porque después de eso ni las caricias ni los mimos fueron para mí, porque no tengo su aroma impregnado en mi cuerpo y por que como sabía desde un principio no se puede poseer nada fuera de los límites de uno mismo. 

A veces me pregunto por todas estas situaciones, me gusta ver que pueda ser autentico para con sus deseos, pero lo veo entristecerse después como si algo en lo que acaba de hacer le doliera o le avergonzara. Yo creo que se juzga a sí mismo, por que por mucho tiempo juzgo así a quienes actuaban de esa forma, pero ese siempre fue un juicio con origen en la costumbre y nunca en la reflexión.. Así nos pasa a todos con la educación que nos dan después de todo. Nos toca decidir con que nos quedamos, que actualizamos y que desechamos. 

A veces no se por qué le estoy pagando doctor, si lo único que vengo a hacer aquí es a tirarme en este sofá suyo que además no me gusta porque no sé si es café o es verde. Y las mas de las veces le toma más de tres sesiones pensar en algo sensato que decirme. Todavía me acuerdo cuando lo conocí, que venía a escupirme sus aforismos y sus frases hechas, como de libro de preparatoria. A la mejor también vengo a verlo a usted para ver si lo seduzco, si un día dice – ah que paciente tan interesante es este de los jueves a las cuatro de la tarde- o porque me gusta tener público. Uno que yo estime interesante y que me parezca que puede seguir mi tren de ideas. 

Pues como le decía me quede ahí todo el rato mientras se lo cogían, me encanta ver como lo besaba, las ganas que se le veían de estar con él. Luego se inclino y comenzó a hacerle sexo oral, ahí el aguijonazo de la realidad trato de hacer de las suyas, pero lo ignore y seguí disfrutando todavía un poco mas con su placer. 

Después vino lo que ya sabía que iba a venir, ese peso apabullante de la realidad de saber que conmigo simplemente no se le antoja coger, que somos compañeros y nos queremos el uno al otro, pero que sencillamente ese aspecto de nuestra vida ya no existe mas. 

Esta también sin duda esa herida narcisa que nunca sana, esa de saber que yo lo deseo y el a mí no. Con el pasar de los meses he aprendido a manejarla, es lo que tiene tener una personalidad como la mía, fuerte, miedosa al mismo tiempo y esquiva al dolor casi a toda costa. Deje que me doliera todo lo que podía doler al principio y después me olvidé de ello.

 ¿Qué por qué volteo a verlo? No sé, creo que me gusta tener contacto visual de vez en cuando, asegurarme que me sigue poniendo atención.¿Es lo mínimo que se podría esperar de sus servicios no.? Pero como se que se puede fugar en una idea y seguirse mientras yo sigo hablando, creo que así me aseguro de que sigue aquí, escuchando lo que tengo que decir, lo que no se como y lo que procuro no callar pero a veces callo. Ya se que esto no es lo usual en consulta, pero necesito orinar. Permítame un momento, enseguida vuelvo.. 

Ya me voy sintiendo mejor sabe, hablar siempre ha resultado como un bálsamo para mi. Tiene un poder terapéutico innegable. Pensé en decir inexorable o indestructible, no sé por qué. 

Otra cosa sobre la que le quería hablar y en la que pensaba hace rato es algo que yo considero como un rasgo de mi personalidad. El dice que me encanta , que siempre quiero que las cosas sean “my way” , yo no puedo si no pensar –y a quien no- . Pero se me ocurrió que si tiene razón y si de verdad me frustra , mas de lo ordinario digamos, cuando las cosas no son my way eso, me parece , hace un click perfecto con este gusto mío por procurar ser placentero para aquellos que me son importantes. No estoy diciendo que sea lo único que lo motiva, ni pretendo simplificar una conducta, pero pudiera ser que por ahí fuera un hilo conductor de la misma. Quien sabe, por ahora sólo es una ocurrencia. 

Ya voy sintiendo que me quedo sin nada que decir, hay momentos en que así me pasa. Algo me tiene tan perturbado o molesto, a disgusto o triste, que me roba toda la energía y luego simplemente me voy sintiendo cansado, como sin la posibilidad de hacer algo al respecto sino descansar hasta recuperar las fuerzas. 

Si, pues ya sé que las cosas son lo que son y no lo que podrían ser , ni lo que me gustaría que fueran,  ni como fueron antes, pero a veces lo olvido y me invaden todos mis demonios y mi locura y mis siete egos… Jeje nunca he entendido bien en realidad esa parábola, ¿tú la has leído? Sabes, por un momento estuve a punto de decirte ¿Usted la ha leído? .Para que veas que si te tomo en serio. 

Ah, bueno, la cosa es que todo eso se me arremolina en la cabeza y por todo el cuerpo. A veces hasta duele, otras se atiborra tanto que tengo que llorar para desazolvar un poco. Hoy quería que se quedara conmigo pero decidió irse a su casa. Ahí fue cuando pensé eso de las cosas my way, habrá que aprender a discernir entre eso y cuando son cosas que yo si haría por el y me doy cuenta que el no por mi. Es duro cuando las acciones ya no le permiten a uno seguir haciéndose pendejo…Cuando me despedí ese día, le iba a decir eso de que para mí el sigue siendo un buen compañero de viaje, sólo que ya no compartimos algunas áreas, pero estaba ya como metido en él y yo no podía manejar en ese momento que no fuera a darse cuenta de todo lo que yo quería decirle con esa oración… 

A poco ya pasó una hora. Pues hoy si se me fue rápido el tiempo…. Sí entonces nos vemos el otro jueves. Gracias, nos vemos entonces. Bye bye.

Jacob

lunes, 2 de enero de 2012

Dos partes de la misma historia

I
Mientras caminaba de regreso a la casa con el sabor a Julio todavía activo en mis papilas gustativas, la noche estaba transfigurada toda y era la misma, una ligera lluvia aderezaba el paisaje con ese inconfundible olor a tierra húmeda que todo lo alegra.

Dos semanas atrás, en una librería de viejo, Julio paseaba los ojos por entre los anaqueles repletos de libros de todos temas. Libros de cinco pesos de pastas amarillas encimados sobre un gastado ejemplar del álgebra de Baldor ya sin media tapa,  libros de geografía para bachillerato, la siempre socorrida Ética para Amador y montones de otros libros. En esas estaba cuando escuchó una voz áspera preguntar por un libro de Kundera.

Frente a él estaba un joven de apariencia regular, con la barba mal crecida y el cabello ensortijado en un enredijo que más parecía una madeja de estambre enredada que el cabello de una persona, Julio se acercó un poco para ver qué libro iba a comprar el desconocido, al tiempo que reconocía la portada de Max Ernst. Lalo volteó al sentirse observado y  no pudo evitar sonreír.

Lalo siempre ha disfrutado ser visto, le gusta que lo miren y no hace por disimularlo, pero le gusta más cuando quien lo mira es de su agrado también, así ocurrió esta vez al encontrarse frente a frente con Julio; después de sonreírle regresó su atención al dueño de la librería, preguntó por el precio del libro y se dispuso a pagarlo. En otra circunstancia nada más habría pasado, pero el clima frío de la media tarde del primer domingo de diciembre fue el kairos que empujó a Julio a hablarle a Lalo.

Muy buen libro ése que llevas –le dijo no sin cierto aire de timidez- . Sí, lo he leído ya un par de veces, –respondió Lalo- , es muy bueno y me trae recuerdos. Esa simple interacción bastó para que continuaran hablando sobre los libros que habían leído, y de ahí como por un acto de malabarismo  siguieron hablando un poco sobre quienes eran ellos y finalmente llego la irremediable despedida.

Esta vez fue Lalo quien tomó la iniciativa, la sangre se le fue del estómago y alcanzó a sentir cómo el color se le subía a las mejillas al tiempo que decía.- Pues deberíamos tomar café algún otro día, digo si no te molesta o algo-. Todo lo que estaba pasando nada tenía que ver con la forma en que ninguno de los dos se había imaginado que se podía conocer a un desconocido. Pero Lalo, ávido de seguir descubriendo lo que pensaba Julio de las muchas cosas que parecía pensar, decidió que no había nada que perder. La respuesta fue afirmativa y aunque vulgar en comparación a todo lo que había
pasado hasta entonces, intercambiaron sus correos y la cosa quedó por el momento.

Apenas estuvo en su casa, Lalo se apresuró a prender el computador y agregar a su nuevo conocido, era como un juego de pistas donde hay que seguir una serie de pasos para descubrir que depara el siguiente nivel, deambuló por el internet un par de horas, habló con amigos, hojeó su nuevo libro, lo olió buscando ese olor a viejo que tanto le gusta, y al cabo de un rato apagó su computadora y salió a buscar algo que comer. Algunas horas después Julio agregaba a su nuevo desconocido mientras le platicaba la historia a una amiga.

Los horarios no coincidieron y la excitación del momento languideció al pasar los días, era domingo otra vez el día que por fin se encontraron, Julio recién se conectaba y Lalo estaba a punto de irse a dormir cuando el inconfundible sonido del messenger le hizo ver que alguien se acababa de conectar. Toda le emoción de la semana pasada le saltó al pecho de repente, y un simultáneo –hola- inició la conversación. Cuatro horas volaron sin que ninguno las notara hasta que el sueño comenzó a hacer sus estragos, definidos ya los horarios de ambos, los encuentros pasaron de inexistentes a casi diarios.

Ayer por la noche acordaron, acordamos salir, con el evidente más no mencionado propósito de vernos en persona, las cosas se liaron mucho y yo terminé presentándome con la misma barba mal cortada de siempre y el cabello enredado. Ya uno frente al otro y con un saludo bastante parco, nos dirigimos sin rumbo cierto pero con objetivo conocido. Un café.

Ya instalados en el lugar, al poco rato dejó de tener importancia la hora y el lugar, nuevamente y al igual que en la versión electrónica, la charla fluyo sin silencios incómodos, con historias comunes y gustos dispares. Acabo de regresar a casa y una inexorable necesidad de reseñar estas semanas me tiene aquí frente al monitor haciendo malabares con las palabras, evitando lo predecible, los clichés y apenado a priori de dejarme leer. Total es muss sein.

II

(….) Julio se llevó de viaje la esperanza inútil de seguir en contacto, pero cómo podría ser si ni siquiera se había firmado una especie de contrato social entre ambos, al parecer ganarse la atención de Lalo era más difícil que con los muchos alumnos a los que solía instruir en una escuela oficial de nivel medio superior. Peor aún si todo contacto tecnológico se limitaba a incómodos ratos frente al único gadget disponible.

Apenas un café y un infinito intercambio de letras habían sido suficientes para prender a Julio de un entusiasmo que no reconocía quizá desde hacía un año. En qué momento el albedrío llevó a un muchacho de 25 años a elegir entre un dogma tan pagano y lóbrego como el de la ilusión. Y así paso el primer día lejos de la ciudad, a ritmo de música navideña y sin un contacto explícito con Julio.

No es que Julio careciera de experiencia, simplemente la que poseía lo había llevado a estar hermético ante situaciones similares. Precozmente, se llenaba con una sonrisa ingenua cuando recibía señales que respondían a sus mensajes; primero con su amigos en la escuela secundaria, después con sus relaciones personales (íntimas es más exacto) y finalmente con Lalo. Saber que del otro lado de un teléfono; una computadora o una mesa para dos, había alguien escuchándolo y a la vez interactuando con él en una sintonía tan similar lo enloquecía de gozo.

Lalo tardó en enterarse que su interlocutor se hallaba varios kilómetros al occidente de su punto de ubicación. Fue de manera fortuita, como quien consulta palabras en el diccionario a placer y descubre en la acepción una palabra nueva, poco usada o jamás usada y decide averiguar su significado, convirtiéndose en el foco de atención principal y desplazando al concepto original a revisar.

Al segundo día, el intercambio de información fluyó mejor. Entre mensajes inspirados por los espíritus de dos copas de vino tinto español de tempranillo-garnacha, Julio coqueteaba con la idea de hacerle un presente a Lalo, quien de alguna manera encontraba inspiración desde la cotidianeidad de su trabajo o el cansancio que éste le deja al final del día.

Si el árbol de arrayán no se hubiera adaptado de tan buena forma al clima de la costa occidental de México, quizá la coincidencia de ese día no hubiera trascendido. Regalar tequila a un chico tan sano sería agresivo, quizá llevar birria, una torta ahogada o carne en su jugo con una jericalla de postre, pero sólo sonsacaría su ánimo de dejar la carne y seguramente no llegarían a su destino en buenas condiciones. ¿El disco vernáculo de moda? Ni siquiera sabía si le agradaban los sones y jarabes maliciences (los tocados con mariachi) Un kilo de membrillos, empanadas de la explanada frente al Teatro Degollado, etc.

Y fue un frutillo cítrico de una planta de la familia Myrtaceae lo que le convenció de ser lo suficientemente exótico, endémico y dulce como para darlo como detalle navideño. Pero el destino resultó más implacable, porque al momento de solicitar si le eran a Lalo los arrayanes de su gusto, él comía de ellos.

Fueron días en los que la distancia parecía acercarles más. Mensajes traviesos e irreverentes, fotos comentadas y por último el correo de Nochebuena que, con miedo a parecer una insinuación muy directa, redactó Julio en un arrebato emocional y catártico.

El mensaje fue contestado y a la lectura constante se hizo entrañable. ¿Cuándo podría devolverle la cortesía, obsequiarle los dulces y conversar personalmente? A su regreso, de nuevo en un momento poco indicado y en una noche de atmósfera húmeda, tuvo lugar un reencuentro breve. Pero como se dice en el argot literario “si bueno y breve, dos veces bueno”

Julio contuvo su intención de abrazarlo a la venia, no quiso parecer desesperado aunque tampoco deseaba que el resultado fuera un torpe y desarraigado saludo. Afortunadamente para su piltrafa; la charla era tan interesante como siempre. Él no quería que terminara, no quería volver por su largo camino hasta los suburbios de la misma ciudad, pero a la necedad de la noche volvían a despedirse.

Lalo recibió los dos costalitos plásticos de arrayanes, recibió unos chocolates improvisados horas antes y también recibió la sonrisa más tímida, las mejillas más coloradas y la voz aglomerada en la garganta, temblando, diciendo: ¿Te puedo regalar un beso?

jueves, 30 de diciembre de 2010

Paidofilia hay buena y mala

MILENIO DIARIO
11 octubre, 2009
Por: Luis González de Alba
SE DESCUBRIÓ QUE...


Paidofilia hay buena y mala
Aclaración en salud: es criminal el adulto que, por ser sacerdote, maestro, tío, tía o simplemente adulto, obtiene por la fuerza, la amenaza o el engaño favores sexuales de menores que no se los concederían sin esa violencia; como es delito que el patrón exija favores sexuales al subordinado, con el sexo que sea uno y otro. Es un abuso de poder, una forma de prepotencia. Pero es un hecho, y conozco de cerca varios casos, que hay adolescentes a quienes les atraen sexualmente los adultos.

La actual condena a toda relación entre adultos y menores, hasta cuando son consentidas, es moda reciente que nos viene del extraño puritanismo gringo. Asombra que el país con la mejor calidad y mayor cantidad en producción de pornografía y juguetes sexuales, el país donde nació el dark room de los bares gays, sea tan gazmoño en cuanto a la sexualidad adolescente y llegue a ejecutar abominaciones como el encarcelamiento de una joven de 17 años que se la mamó a su amigo de 16. Recordemos el caso, bellísimo, de la maestra embarazada por su alumno de 14 años, encarcelada, y cómo el joven esperó el fin de la condena para casarse con ella.

Una gran novela, La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo, describe el mundo de la prostitución varonil adolescente. Suma varios tabúes porque hay además homosexualidad y minoría de edad. Peor aún: son jovencitos que también se alquilan para matar, sicarios. Los temas aparecen sin condena alguna, hechos cotidianos. El conflicto que estremece la novela es otro: el adulto Fernando oye con escalofrío que el menor de turno fue quien asesinó al menor que adoraba.

¿Hace apología con esa falta de moraleja? El tema de las relaciones sexuales entre adultos y menores, sean homo o heterosexuales, se ha vuelto tabú por la misma vía que tenemos la absurda guerra contra las drogas. La condena a ciegas del adulto olvida un hecho: hay menores seductores de adultos. Lo sé por conocimiento directo.

Uno de estos casos aparece en mi novela Cielo de Invierno: un casi niño seduce choferes de taxis, de los llamados ruleteros en la ciudad donde creció porque siguen un circuito fijo. Siendo un pre-adolescente de gran belleza, siempre los consigue. Hasta que un chofer se le enamora y comienza a buscarlo rondando su casa. Eso lo asusta por las implicaciones familiares.

En El sol de la tarde (edición destruida por estar plagada de cambios no autorizados por mí) el personaje principal es un joven treintañero paidófilo (prefiero con ai, como se escribe en griego, y no con e, como se pronuncia, porque suena muy feo en español). También es un caso real y lo viví yo. ¿Hago apología de la paidofilia? Es la simple descripción de un personaje que, cuando otro adulto joven le ofrece la posibilidad de una relación amorosa, exclama con tristeza y sarcasmo: “Quisiera ser un homosexual normal... como tú... jeje...” El conflicto se ve, sin condena alguna, en la exclamación: “¡Carajo! David, ¿por qué no tienes trece años? ¡Estaría perdidamente enamorado de ti!”

Toda la literatura toca precisamente esos conflictos entre la moral de una época y los conflictos personales: si la obra de García Márquez, Memoria de mis putas tristes que ha desatado polémica, es apología de la paidofilia entonces deberemos concluir, necesariamente, que Madame Bovary y Ana Karénina lo son del adulterio, salvo porque, moraleja: acaban mal.

Cuando yo tenía unos 35 años, vivía en el DF, daba clases en la UNAM y nadaba todos los días, alguna vez me topé en los vestidores con la mirada lujuriosa de un jovencito no mayor de 15 años que, para empezar, no tenía por qué estar en la CU , donde no hay escuela secundaria. Me vestí y salí. Cada diez metros volteaba y el jovencito, que venía siguiéndome, se detenía y miraba con atención la punta de sus zapatos. Así por media CU. Pregunto: ¿No hubiera merecido ese jovencito, que se exponía a ser insultado y hasta golpeado por el adulto, no hubiera merecido más bien un “ándale pues, te lo ganaste...”? ¿Y qué juez me lo habría creído?

El asunto lo traté hace años en un libro de ensayos titulado Los derechos de los malos. De allí extraigo: “La minoría de edad concierne a dos negaciones: 1. La negación a decidir sobre el empleo del propio cuerpo. 2. La negación a decidir sobre la conducción del cuerpo social”. Y añado: por la segunda negación los menores no pueden votar. Por la primera, no pueden coger.

Repito: el adulto que abusa de su poder para conseguir por la fuerza lo que el menor no le daría es un delincuente. El que le da al menor lo que éste pide es un protector de la infancia, como otra maestra, encarcelada por ofrecerse gratis a adolescentes puñeteros. Yo habría sido inmensamente feliz y me habría evitado diez años de dudas (y de perder tiempo y juventud) si a mis 15 años un joven guapo y cariñoso de 22 me hubiera seducido invitándome a escuchar el adagietto de la quinta sinfonía de Mahler.

sábado, 14 de agosto de 2010

sin completar...

Ignacio patea el balón hasta el otro lado de la calle, trae sus mismos tenis viejos y ese short deslavado que usa cada domingo. El medio día se refleja en el parabrisas de un auto a la distancia, apenas comienza el verano y hace ya mucho calor en la ciudad.

Ignacio va camino al parque, esta cruzando la calle, mira a su lado derecho y de pronto el mundo entero se detiene, es tan sólo un instante, pero parece durar por siempre. Su cuerpo cae inerte al lado de la banqueta, todo recupera su movimiento, el auto sigue su camino a toda prisa. Ignacio esta muerto.

La alarma suena, son las cinco de la mañana, he vuelto a tener el mismo sueño otra vez. Me levanto de la cama y me dirijo al baño, pienso en ese domingo cuando mi padre me dijo que ya no podría ver mas a mi amigo, siento el agua correr bajo mis pies, me pregunto cómo habrían sido las cosas si Ignacio no hubiese muerto, - supongo que no muy diferentes -, al fin termino de bañarme, desayuno y me dirijo a mi trabajo.

Dudo que las cosas hubiesen sido diferentes, es inútil pensar al respecto de cualquier modo. Hace una semana mientras arreglaba algunos libros viejos encontré una fotografía suya perdida entre las hojas, de no haber sido así quizá no habría vuelto a pensar en el hasta que otra fortuita casualidad lo trajera a mi mente, pero desde ese día he soñado con el al menos un par de veces.

Entonces nunca habría pensado que lo que pasaba entre Ignacio y yo era algo normal, por el contrario siempre me incliné a pensar que yo no era un niño normal y que tampoco era normal lo que pasaba entre nosotros dos. Solía creer que los niños no jugaban con otros niños como Ignacio y yo lo hacíamos.

Los juegos sexuales, tocarnos cuando estábamos desnudos, ser gays, todo eso era cosa de adultos, los niños –pensaba yo- no son gays, eso pasa cuando uno crece. Por otra parte, recuerdo la ansiedad que me causaba no tener con quien hablar sobre lo que me ocurría, después de todo siempre había algo que muy en el fondo me decía que mis juegos con Ignacio no era algo de lo que pudiera hablar con otros amigos o con mis padres. Por desgracia pronto descubrí que tampoco era algo de lo que pudiera hablar con Ignacio.

Lo que sucedía entre nosotros era algo con lo que ambos estábamos de acuerdo, pero de lo que él no parecía estar interesado en hablar. Recuerdo que cuando le sugerí la posibilidad de que fuese homosexual, respondió con un rotundo NO. A mi me gustan las niñas –me dijo- y yo temiendo que si insistía no volviese a querer jugar ya mas conmigo, decidí guardarme mis preguntas y limitarme a buscarlo cada vez que mis padres salieran de casa y me dejaran solo en ella.

No puedo recordar con precisión cómo empezaron las cosas, pero supongo que todo fue por un juego en la escuela que paulatinamente se fue convirtiendo sólo en un juego entre el y yo. Ignacio vivía a pocas calles de mi casa y por un tiempo cada vez que alguno de los dos se quedaba solo en casa, buscaba al otro con el pretexto de ir a jugar. Así transcurrieron algunos años de mi infancia, hasta aquel día en que supe que no volvería a saber más de el.



Mientras corríamos, no podía despegar la mirada de su camiseta que se le ajustaba al cuerpo, húmeda por el sudor del ejercicio, cada vez que nuestras miradas se encontraban yo no podía disimular una sonrisa. Pasamos toda la maña juntos, hablando de todo, cómo dos extraños que recién comienzan a conocerse pero que hablan el uno del otro cual si hubiesen vivido juntos por muchos años.

Después de bañarnos nos despedimos para atender algunos asuntos personales y poder reunirnos de nuevo y  pasar la tarde juntos,  uno al lado del otro, llegó la hora de la comida, una caminata tomados de la mano y al final la ineludible despedida.

Ha llovido toda la tarde, y no he podido escribir ni una sola línea para mi trabajo final, su recuerdo se superpone a todas mis ideas, me sonríe y me abraza cada que intento comenzar a escribir. La conclusión lógica es que debo revaluar cuales son mis prioridades y actuar en consecuencia.

Las razones por las que estamos juntos no son del todo claras, pero nada ha sido claro del todo desde que nos conocimos. Podría enumerar una serie de respuestas todas muy validas desde el discurso de la lógica, sin embargo ambos tenemos la sensación de que hay algo más, un leit motive común que anida dentro  del inconsciente y que apenas podemos vislumbrar en algunas ocasiones.

Carlos tiene 21 años, nos conocimos en la universidad este verano a principio de curso. El caminaba por la biblioteca mientras yo leía distraídamente un libro esperando por la siguiente clase. Cuando paso cerca de mí, de inmediato levante la vista para verlo, parecía algunos años menor que yo, varonil, de complexión fuerte; se movía por entre los pasillos como quien no sabe bien lo que busca en la biblioteca.

Cuando se dio cuenta de que yo lo miraba no me importo demasiado, mi siguiente clase estaba por comenzar así que me levante de mi asiento, guardé el libro en mi mochila y salí de ahí, mientras salía de la biblioteca note que el también me veía, aunque parecía que por razones diferentes a las mías.

No volví a saber ni pensar en él por varios días hasta ese martes cuando caminaba rumbo a la cafetería, cruzamos en direcciones opuestas y unos metros después cuando la distancia parecía segura, ambos volteamos. Intercambiamos una leve sonrisa y volvimos sobre nuestros pasos para decir hola.

Al principio no me pareció nada especial, no era sino un reforzador mas para mi ego, mientras el me hablaba de no sé que, yo me entretenía viendo sus piernas que se pegaban al short que llevaba puesto y la fuerza de sus hombros que se marcaban mientras hablaba y movía las manos.

Al cabo de un rato de la típica charla de quienes acaban de conocerse, y lamentando no poder llevar a otra dimensión el fortuito encuentro, decidí despedirme, ambos estudiábamos en la misma universidad aunque diferentes carreras, así que tras intercambiar celulares nos despedimos.

No era la primera vez que hablaba con un desconocido sólo por encontrarlo bien parecido, pero jamás, cómo pasa algunas veces en la vida, podría haber previsto la serie de eventos que un simple encuentro podría desatar.

Entonces yo tenia dos años de haber conocido a Ramiro y hasta entonces, aunque me había fijado en muchos otros hombres ninguno me había interesado tanto como Carlos, en realidad en esos dos años nunca había ido mas allá de un simple coqueteo insignificante, pero con Carlos las cosas cambiaron. Dos días después de habernos conocido fui yo quien decidió enviarle un mensaje de texto para decir: hola. La respuesta no se hizo esperar y tres mensajes después ya habíamos acordado vernos para tomar un café.

Esa primera salida fue sorpréndnete; el me pareció en todo momento tan natural, tan sin mascaras, mientras que yo por otra parte me sentía confiado, después de todo no tenia ninguna intensión real con el, así que no había por que estar nervioso. La conversación fluyo libre de temas forzados y silencios incómodos, las cosas que teníamos en común bajo otras circunstancias me habrían parecido inverosímiles, pero ahí estábamos, dos extraños conversando como si siempre hubiéramos sido amigos.

Durante la platica el dijo lo difícil que le resultaría besar a un desconocido y yo entendí su comentario como una clara advertencia de que no intentara nada por el estilo, así que al final nos despedimos sin ningún mal entendido y acordamos seguir en contacto.

Las cosas tendrían que haber terminado ahí, nada había pasado entre nosotros dos y Carlos no me había dado señal alguna de que quisiera que algo sucediera, por otro lado yo estaba en la situación menos indicada para andar iniciando romances clandestinos. Pero la verdad es que yo recordaba esa platica con mucha alegría y cuando algunos días después Carlos y yo hablamos de nuevo y el me invito a salir yo no lo pensé dos veces antes de responder que si.

Así continuamos por algunas semanas viéndonos con alguna regularidad, a veces en la escuela, otras para tomar algo o simplemente para ir a caminar. Salíamos sólo como amigos, pero al cabo de un tiempo se fue volviendo evidente que ambos estábamos interesados el uno en el otro,de un modo romántico. Yo tendría que haberle dicho desde el principio que tenia novio, pero las cosas se me habían salido de las manos y yo había comenzado a interesarme en él y obviamente no quería dejar de verlo. Sin embargo sabía claramente que era lo que debía hacer.

Al final, termine contándole la verdad de la forma más simple de todas en las que había pensado. Hacía algunas semanas que yo venia planeando un fin de semana largo para distraerme un poco del trabajo y la escuela y como era lógico pensaba salir con Ramiro, pero una tarde mientras Carlos y yo estábamos en el cine, las palabras se me escaparon de la boca y decidí invitarlo a pasar el fin de semana conmigo. Para mi sorpresa el accedió sin muchas preguntas. Por mi parte yo me disculpe con Ramiro explicándole que deseaba pasar un tiempo a solas y no hubo mayor complicación. Así fue que mientras estábamos a muchos kilómetros de la capital y mientras desayunábamos en un pequeño restauran yo le explique a Carlos que tenia dos años saliendo con alguien, pero que él, Carlos, había despertado una serie de sensaciones muy confusas pero también muy bellas en mí.

Afortunadamente no me lanzo en café en la cara, ni decidió marcharse, se limito a decir que ya que estábamos ahí para pasarla bien, procuráramos disfrutar el viaje y ya veríamos que pasaba a nuestro regreso a la ciudad. El viaje prosiguió con pocas complicaciones y mucha tensión sexual; no fue sino hasta la mañana en la que debíamos regresar a la ciudad que finalmente nos besamos, ambos estábamos muy confundidos, sabíamos lo que estaba pasando por supuesto, pero no creo que ninguno de los dos entendiese bien lo que estábamos haciendo, al final terminamos desnudos en la misma cama, su sonrisa me parecía tan hermosa y su cuerpo fuerte hacia imposible que yo viera cualquier otra cosa. Durante el viaje de regreso no hablamos al respecto, ya al llegar a la ciudad nos despedimos con un apretón de manos como había pasado hasta entonces y hablamos poco durante la siguiente semana.

Por varias semanas las cosas continuaron así, como en espera de lo que no ha sido dicho con palabras pero es por todos conocido, fueron días de mucha tensión, al cabo de un tiempo cuando nuestras salidas se volvieron de nuevo mas frecuentes, lo único que quedo mas o menos claro es que ambos queríamos seguir viéndonos.

Pero la realidad material de la situación en que Sebastián y Carlos estaban metidos no tardaría en alcanzarlos. Una tarde de julio, Carlos decidió darle una sorpresa a Sebastián e ir a buscarlo a su trabajo. Llego unos minutos antes de la hora de salida y espero pacientemente a que Sebastián saliera, pero él no era el único que había decidido ir en su búsqueda ese día.

Sebastián salió del edificio, como buscando algo o alguien, Ramiro le había llamado un par de horas antes para avisarle que pasaría por el para ir a comer. Cuando Sebastián vio a Ramiro, corrió a abrazarlo con una sonrisa en el rostro, intercambiaron un par de palabras y de inmediato abordaron un taxi. Carlos estuvo  ahí para poder verlo todo con detalle. Su mente se inflamo con toda clase de pensamientos en ese momento, paso de la emoción a la tristeza en dos segundos y de ahí a la ira. No sabía que pensar, ni que decir, pero decidió que si algo tenia que hacer, eso era dejar que Sebastián se enterase que había estado ahí para él; tomo su celular y le llamó para decirle que había estado ahí y que lo había visto todo. Sebastián se vio obligado a responder con indiferencia pues a su lado estaba Ramiro hablando sobre el lugar donde irían a comer, sin embargo prometió llamarle en cuanto tuviera oportunidad.

Algunas horas después mientras Sebastián escuchaba música acostado en la alfombra de su sala, Carlos llamó y se disculpo por si es que acaso interrumpía. Por el ruido al otro lado del teléfono y la forma de hablar, Sebastián supo de inmediato, que Carlos ni estaba sólo ni estaba sobrio tampoco. Intercambiaron algunas frases y finalmente colgaron. Sebastián entonces pensó – vaya niñato con el que estoy saliendo- y creyó por un lado que al fin había encontrado el pretexto que le hacía falta para terminar de una buena vez con él; pero muy a su pesar, Sebastián también se quedo preocupado por Carlos.

Aunque intento no pensar mas en el tema, ya no pudo volver a apartarse del mundo y dedicarse a disfrutar por entero de su música, una hora mas tarde, el teléfono sonó nuevamente y Sebastián sabia que era Carlos; le contesto de inmediato. Carlos estaba no muy lejos de casa de Sebastián y se preguntaba si podrían verse, aunque de inmediato se corrigió para decir que mejor se iba a su casa y que se verían luego. Sebastián muy molesto, pero ansiando ver a Carlos, respondió de inmediato que sí y le dijo mas en tono de orden que de petición, que se quedara dónde estaba y que enseguida estaría ahí.

Por su puesto no fue un encuentro agradable, cuando Sebastián llegó, Carlos aun olía a alcohol y se expresaba sin mucha claridad. Sebastián lo invito a tomar un café a alguna parte, pero Carlos se rehusó, al final, decidieron ir a caminar por la ciudad. Después de un rato de caminar mucho y hablar poco, Carlos fue recuperando sus cinco sentidos lentamente. Por supuesto lo que había sucedido unas horas antes entre Sebastián y Ramiro, había sido el detonador de esta situación. Hablaron sobre como se sentían con toda la situación en general, lo que pensaban, lo que creían y las pocas pero muy pesadas cosas que también sabían. Al acercarse la noche se despidieron, cada uno volvió a su hogar con su propio mundo de ideas y cada quien con sus demonios para hacerle compañía durante la noche.


II

David tenía veintitrés años cuando conoció a Carlos, fue una noche de noviembre mientras David veía la tarde pasar y Carlos caminaba solo por la ciudad. Fue algo común, pero no por ello menos inesperado. Carlos acababa de cumplir veinte años algunos días antes y ese día todo había salido muy mal, la escuela no andaba nada bien, la situación con su familia se había vuelto aun mas tensa y el dolor por su ultima relación todavía aparecía en su día a día de vez en cuando.

Cuando David vio pasar a Carlos, vestido con sus jeans no muy ajustados, converse y un suéter, no le presto demasiada atención, aunque encontró algo de tierno en su persona, un par de horas mas tarde sin embargo, cuando lo vio caminando de nuevo por la misma calle, con la luz del día apunto de extinguirse y una carita un poco triste, se sintió aturdido.

Carlos entro a un establecimiento a pocos metros de dónde estaba sentado David y salió unos instantes después con un refresco en la mano, se sentó en una banca sobre el camellón y entonces escucho la voz de David que le decía: -hola.  Carlos regreso el saludo de forma desganada, pero al mirar el rostro de David le pareció encontrar en su sonrisa algo de sinceridad. David se presento entonces y le pregunto a Carlos por su nombre y si podía hacerle compañía, este respondió que si, y comenzaron a platicar. Al poco tiempo David le dijo que estaba con unos amigos a pocas cuadras de ahí, pero que de pronto había tenido la necesidad de salir, -así sin razón aparente-, a tomar un poco de aire y que ahora debía regresar con ellos antes de que empezaran a preocuparse por él. Carlos se extraño un poco cuando David entonces le pregunto si quería acompañarlo, pero pensó que a estas alturas no tenía mucho que perder, además David parecía una buena persona, así que finalmente decidió acompañarlo.

Cuando estuvo con sus amigos David hizo las presentaciones, sin dar demasiados detalles de dónde conocía a Carlos; al poco rato todos conversaban con familiaridad y hablaban de gustos en común, un par de horas después de comer David invitó a todos a su departamento para jugar videojuegos y beber unas cervezas. Cuando David y Carlos se conocieron, este le contó que esa tarde había discutido con su familia y que no se sentía precisamente bienvenido en casa, al menos por el momento.
David veía a Carlos desde el sofá, mientras este jugaba animosamente videojuegos con uno de sus amigos, le parecía tan tierno, tan diferente a tantas otras personas que había conocido en el pasado. Las cosas suceden de forma extraña en la vida de las personas, esta vez, a David le pareció que había encontrado en Carlos a alguien que sin saberlo realmente, siempre había estado buscando. Las palabras se le escaparon de la boca sin realmente pensar en lo que estaba a punto de hacer, ahí estaban los dos, Carlos y David, David y Carlos un par de desconocidos hasta hace unas cuantas horas, ahora uno frente al otro en el frio espacio de la cocina de David y este diciéndole con total naturalidad, si le gustaría quedarse a dormir esta noche en su casa.

Carlos no supo que decir, lo cierto es que no quería volver a su casa, por no decir que en realidad no tenia bien a bien a donde volver, tampoco tenía a donde más ir, pero simplemente no le parecía lógico pasar la noche en casa de un desconocido, por mejor parecido que este fuera, y por lo terrible que parecieran las otras opciones. Al final Carlos se quedo sin responder, volvieron a la sala y se quedaron jugando ahí por varias horas hasta que el día termino de oscurecerse, el aire se hizo frío y las luces de la ciudad comenzaron a aparecer como gotas luminosas que se extendían por todo el horizonte.

Las cosas transcurrían de un modo muy extraño para Carlos y David esa noche, para cuando Carlos se dio cuenta estaban en el auto de David recorriendo la ciudad para llevar a uno de los amigos de este a su propia casa. Al final se quedaron los dos solos en el auto, recorrían la avenida reforma sin ningún destino aparente. Carlos no sabía que decir o que hacer. Podía quizá indicarle el camino a casa de sus padres, o pedirle que lo dejara en alguna calle transitada donde pudiera tomar un taxi; al final todo fue más sencillo que eso. El auto se encamino de regreso al departamento de David y en esta serie de sucesos que se precedían de una forma tal que Carlos apenas podía comprender lo que estaba pasando, de repente David le ofrecía ropa para dormir y mantas para acostarle en el sillón de la sala.

Paso la mayor parte de la noche en vela, viendo la tele a ratos, pensando en su situación por momentos, quedándose dormido por minutos y volviendo a despertase con la sensación de que nada era del todo real. A la mañana siguiente se levanto, desayunó junto con David y se alisto para verse con unos compañeros de la escuela.

Todo seguía pareciéndole extraño, un desconocido, de pronto le había ofrecido no sólo su amistad y un lugar dónde pasar la noche, sino que además no había intentado nada extraño durante la noche. David le dijo que le llamaría por la tarde, se despidieron y la tarde transcurrió llena de pensamientos complejos.

Hacia algunos meses la mejor amiga de Carlos había fallecido en un accidente de carretera en un viaje al cual por casualidad Carlos no había podido asistir y hoy estaba reunido con sus amigos para asistir a una misa en su memoria, por otra parte no sabía dónde iba pasar la noche ya que no había hablado con sus padres desde que se peleo con ellos y la tristeza por no estar más con su novio aun le aguijoneaba con el recuerdo.

Todas las dificultades que la vida podía tener, parecían estar coincidiendo todas en el mismo tiempo y lugar, y es que esa es la naturaleza de los malos tiempos, siempre dan la apariencia de que todas las malas noticias se acumulan una sobre otra y que es a uno mismo a quien le pasan todas las cosas malas, cómo si no hubiese suficientes personas entre quien repartirlas.

A media tarde llamó David, le preguntó donde se encontraba y ofreció pasar por el, después fueron a comer y entonces lo invito a quedarse en su apartamento de nuevo, a lo que Carlos respondió que no. Al final de la comida se subieron al auto y comenzaron a dar vueltas por la ciudad, conforme oscurecía la realidad se planto con todo su peso; Carlos no tenía a donde ir, pero tampoco pretendía retractarse de sus palabras. Los dos regresaron juntos al departamento y esa noche Carlos tampoco pudo dormir, acostado en el sofá, en la casa de alguien que cada vez parecía menos desconocido y a quien lentamente y sin saber bien por qué iba sintiendo más cercano.

David salió por la mañana rumbo a su trabajo y dejo a Carlos, -quien finalmente se había quedado dormido-, solo en su departamento. David por supuesto nunca pensó que sería capaz de hacer algo así, pero en el fondo sabía que no corría ningún peligro. Horas después llamó al celular de su nuevo huésped para despertarlo y hacerle saber que había comida en el refrigerador.

Así transcurrió una semana entera Carlos y David; salían casi todas las tardes, jugaban videojuegos hasta tarde y pasaban largas horas platicando. Para el fin de semana, durmieron juntos. Durante la semana Carlos tuvo ocasión de hablar con sus padres y las cosas al fin parecían comenzar a mejorar.

David abrazaba a Carlos y así pasaban toda la noche, Carlos se sentía bien, pero en el fondo aun pensaba en Luis, sabía que era tiempo de decir algo. La misma tarde que él se alistaba para anunciar su despedida, David le propuso quedarse a vivir con él; podría conseguirle un empleo y así ambos podrían vivir juntos. Carlos le explicó su situación. Esa noche llovió mientras dormían abrazados, Carlos se despertó con la lluvia, se acurruco entre los brazo de David y volvió a dormirse, en la mañana, regresó a su casa.

De algún modo la vida de Carlos y David quedaría entrelazada después de esa semana, de esos encuentros, de las sonrisas intercambiadas y las noches hablando juntos. Para David, Carlos significaba la diferencia que siempre había buscado, un compañero con quien poder compartir su vida, que comprendiera las cosas que eran importantes para él y jugara videojuegos hasta la media noche. Para Carlos las cosas no eran distintas, en su momento más solitario y sin siquiera buscarlo, se había encontrado de pronto con alguien que lo quería, autentico, tierno y quien parecía ofrecerle algo real.

Para David este era el kayros, no hacía falta explicación, ni preguntas por hacerse, sólo existía esa convicción absoluta de que lo que se hace es lo correcto y no hay lugar a dudas que así debe pasar, para Carlos por otra parte los tiempos eran inciertos aun, delante suyo se encontraba la posibilidad de alguien con quien tenía todo en común, y a pesar de ello no pensaba que este fuera el momento para comenzar algo al lado de David.

III

Sebastián como ocurría muchas veces al principio, había llamado con apenas media hora de anticipación para decir que el plan de esa tarde con Carlos se cancelaba; Sebastián tenia que salir con Ramiro y aunque honestamente le apenaba, no podía hacer otra cosa. En esos momento Carlos se reclamaba a si mismo.¿Qué hacia ahí, al lado de alguien así, cando podía salir con otras tantas personas que estaban dispuestas a darle toda su atención, sin cancelaciones de ultimo momento, sin secretos y sobre todo sin limitaciones.?

Pero nuestra permanencia al lado de las personas con las que decidimos de modo conciente o inconciente compartir nuestra vida, no es enteramente fortuita. Cuando no es movida por la inercia de la costumbre, como en el caso de las parejas que llevan largos años uno al lado del otro y que lenta, pero constantemente se han ido alienando del resto del mundo y de ellos mismos, al punto tal  que pasan sus noches cenando uno frente al otro, ya sin hablar, tan sólo viendo la televisión o hablando sólo de las vicisitudes del trabajo sin saber bien a bien que los mantiene juntos. Es movida entonces por una causa totalmente distinta, es esa atracción que se manifiesta de el uno al otro por una suerte de magnetismo que surge de la locura que comparten mutuamente, ese reconocimiento en el OTRO tanto de las bondades, como de la enfermedad que habitan en si mismos.

Así que como Sebastián había cancelado de improviso, Carlos decidió llamarle a David para salir a cenar, pero no sin antes llamarle a Sebastián y avisarle mas movido por un deseo oscuro que por amabilidad, que no estaría disponible por que saldría con algunos amigos. Sebastián no podía si no leer un acto de venganza en estas llamadas, en parte por que quizá el habría hecho lo mismo si estuviera en la posición de Carlos, pero el corazón de este no era tan sombrío y aunque esa intención si existía en el fondo, no era nunca la razón principal de sus funestas llamadas.

El tiempo trascurre inclementemente  para todos los seres vivos, transcurre  también con la misma perseverancia sobre los seres inanimados pero para estos nunca suele tener importancia, el tiempo es sólo importante mientras haya quien pueda tener conciencia del mismo. Sebastián solía tener este tipo de ocurrencias, y las tenia ahora mientras celebraba su tercer aniversario con Ramiro. Pensaba en los momentos que habían pasado juntos, los lugares que habían visitado, cada frase que podía recordar, las horas enteras transcurridas con todos sus minutos.

Pero existía un pensamiento que le inquietaba aun más que el paso del tiempo, y que tenía que ver con la dirección, con el sentido. Hacia donde se dirigía todo eso que Sebastián estaba viviendo, existía alguna razón para vivirlo, tenia alguna meta, un propósito o sólo era una sucesión de eventos que lenta pero seguramente se habían ido acomodando uno de tras de otro. La primera vez que había estado con Carlos, los cumpleaños al lado de Ramiro, navidad en casa de sus padres, el levantarse todos los días para ir a la escuela, las visitas semanales al psicoanalista, las mañanas que despertó al lado de Carlos, al lado de Ramiro y las muchas otras que despertó sólo; todo eso conducía a alguna dirección, tenia sentido o sólo estaba pasando indefectiblemente frente a los ojos de Sebastián sin que este pudiera hacer nada para detenerlo.

Era sábado y Ramiro traía puesto el suéter gris que Sebastián le había regalado, el otoño estaba cerca y los días empezaban a adquirir ese extraño color que antecede al invierno, la luz se reflejaba diferente a través de las hojas de los árboles, cuando ellos dos caminaban en dirección al restaurante que Ramiro había escogido para celebrar. Fue una tarde agradable y los dos hablaron mucho y recordaron las muchas cosas que habían vivido juntos.

Ramiro parecía tener una absoluta certeza del futuro, hablaba confiado del futuro como si fuese un hecho inequívoco que los dos iban a seguir juntos. Sebastián siempre quiso entender ese sentimiento, esa absoluta certeza y convicción en los eventos del porvenir, y que tantas veces había discutido en consulta sin nunca llegar a estar seguro de que el Dr. Aurelio comprendiera las profundas sensaciones que esta idea despertaba en Sebastián y que este no alcanzaba abarcar con palabras.

Sin embargo Sebastián si estaba seguro de algo, no tenia ninguna intención de terminar con Ramiro y tampoco pensaba dejar de ver a Carlos, los vínculos que lo unían a ambos eran ya muy fuertes ya y aunque por motivos diferentes de igual valor para el. Cuando todo esto había comenzado la idea de tomar una decisión respecto a que hacer con ellos, estaba en su mente día y noche, pero con forme el tiempo paso, se dio cuenta que en realidad no quería tomar una decisión, pretendía llevar esto al mayor limite al que pudiera conducirlo, estaba decidido a estar con ambos, a pesar de entender las complejidades que esto traía consigo.

Sebastian esta hablando ahora con el Dr. Aurelio, este es apenas seis o siete años mayor que Carlos y tras muchas sesiones parece que al fin comienza a entender que es lo que dice Sebastian en el mundo de ideas a veces inconexas a veces pensadas hasta el cansancio que dos veces por semana, Sebastian va a relatar en su consultorio. Su consultorio es un lugar pequeño, pero bien iluminado y Sebastian se entretiene cada semana buscando los detalles que han cambiado desde la última consulta. Al llegar hecha un rápido vistazo para ver que libro esta leyendo el doctor y al salir, le divierte ver con indiscreción al próximo paciente, que se apresura a caminar pegado a una de las paredes del pasillo, como si ya antes de entrar al consultorio fuese desnudo y no le gustara ser visto por otros que como el, asisten semana tras semana a contarle las profundidades y simplezas de su vida a un perfecto desconocido.

Le esta contando lo inseguro que se sintió cuando Carlos le contó que saldría por la noche con un nuevo amigo de la universidad de nombre Omar y que al parecer se ha vuelto muy cercano a Carlos. Sebastián les explica que la única razón de su inseguridad es saber que Omar puede estar de tiempo completo para Carlos y que él por otro lado no puede. La conversación se desvía después hacia otros temas hasta que finalmente la sesión ha terminado. Es curioso como las palabras se entrelazan unas con otras llevando los monólogos de quien se encuentra recostado en el diván a juntar los temas mas di símbolos y como ese, que se hace llamar psicoanalista se empeña en relacionarlos cuando no tienen relación y busca otras veces hablar de dos cosas como si fueran distintas, cuando son en realidad la misma, todo depende por supuesto de aquel quien habla y de lo que eso que se este hablando signifique para él mismo.

Carlos esta por terminar la universidad en dos meses, hoy le he preguntado que quiere como regalo de graduación y no me ha respondido, pronto serán ya dos años desde que comenzamos a salir, la mayoría de sus amigos en la universidad saben que salgo con él, pero no todos saben que salgo con alguien mas, con el tiempo nos hemos dados cuenta que así es mas sencillo. Las explicaciones a terceros, sólo tienden a volver las cosas más difíciles. Ramiro ha ido a visitar a su familia a Guadalajara y no volverá sino hasta dentro de dos semanas. Procuro hablar con el todas los días después del trabajo, mañana espero poder pasar todo el día con Carlos como solíamos hacerlo, hablando de todo y de nada, tomando un baño juntos, desayunando y recorriendo las calles al atardecer.

Prácticamente es fin de año y Sebastián esta en el consultorio al que ha asistido dos veces por semana desde hace dos años ya, aun sigue hablando de su vida al lado de Ramiro y Carlos, de sus no-planes y del porvenir, pero ahora ya no habla con angustia respecto al futuro. Y aun se divierte con las ocurrencias de su analista quien parece que al fin comienza a conocerlo.

Jacob.

martes, 13 de julio de 2010

Demos


Demo estaba muerto y todo el peso de esa ineludible realidad se encontraba contenido en escasas dos líneas de un vulgar mensaje de texto, que sin embargo no dejaba lugar a dudas sobre cesación de la existencia de Demo. Uno no puede evitar preguntarse ante estas circunstancias si las cosas hubiesen sido distintas en caso de no haber interferido.

Hacia ya mas de un mes que su estado de salud era delicado, sin embargo por indiferencia o falta de tiempo nadie en la casa había notado estos cambios que gradualmente se iban acentuando es su figura. Cada vez mas su caminar era cansado sin energía, la perdida de peso dejaba ver la ferocidad del mal que le afectaba, sus ojos una vez grandes y alegres, ahora lucían apagados y tristes.

Cuando los síntomas se hicieron tan evidentes que ya nadie pudo ignorarlos, ya sea por el cambio de humor o por que pasaba todo el día dormido en la cama, la familia decidió que era necesario hacer algo. La llamada al doctor era exasperante, el teléfono sonaba una y otras vez y no había respuesta al otro lado del auricular. En esos días, otras cosas parecían más importantes, así que el asunto quedo en el olvido otra vez por un par de semanas más.

Su estado de salud no empeoro entonces, estaba flaco y cansado la mayor parte del tiempo y los huesos se le notaban al respirar. Un martes finalmente y sin sita previa, mi hermano y Demos llegaron al consultorio para ser atendidos por el doctor. Como era de esperarse hubo que esperar un tiempo a ser atendidos.

La juventud del doctor, nunca nos hizo dudar sin embargo de lo acertado de sus diagnósticos, era un hombre amable y calido, aunque reservado al mismo tiempo. Les informo que los síntomas eran confusos y no deseaba emitir un diagnostico apresurado sin antes hacer algunas pruebas de laboratorio.

Cuando esa misma tarde mi hermano me hablo de la necesidad de dichas pruebas, yo no pude dejar de pensar en el funesto presagio que se escondía tras la reticencia galeno a emitir un diagnostico sin antes poder confírmalo mediante la ayuda de dichos exámenes.
Sin embargo señalo que su estado de salud era delicado y que aunque había que esperar por los resultados de la prueba, había que considerar la posibilidad de una lenta recuperación o la confirmación de sus sospechas sobre el origen viral de la enfermedad .

Demos paso la noche hospitalizado y a la mañana siguiente volvió a casa, su semblante mostró cambios favorables con el pasar de los siguientes días. Volvió a comer a sus horas y lentamente recupero un poco de peso. Cuando al fin llegaron los resultados, el espacio de la duda, que es el mismo en el que habita la negación que en tantas ocasiones da origen a la esperanza, desapareció.
Estaba enfermo, necesitaba tratamiento y sus posibilidades de una recuperación total eran limitadas, a pesar de esto su aspecto recordaba aquellos buenos días, cuando nadie sospechaba nada de ninguna enfermedad.

El domingo pasado cuando buscaba algo que comer en el refrigerador, note que la leche se había agriado y el resto de la comida parecía no tener sabor, de cualquier modo comí algo, mas por la inercia de alimentarme que por el placer que normalmente me produce la comida. Estuve la mayor parte del día en el departamento, deambulando de la sala al estudio y del estudio a mi cuarto.

Su mensaje era simple y de algún modo quizá también era esperado, media hora después comenzó a llover. El gato que un día llego a vivir a casa de mis padres, sin que nadie lo invitara y sin entender bien como llego hasta ahí, ahora esta muerto, ya nadie duerme toda la mañana sobre el sofá de la sala, ni juega a perseguir insectos por toda la casa.
J.

El doble antídoto

  Esto no es más que un ejercicio para poner en palabras parte de los pensamientos que me asaltan en mi día a día. No tengo tiempo ni energí...