miércoles, 9 de noviembre de 2016

El anuncio de periódico


Eran casi las  siete de la noche cuando Carlos  regresó a casa después de una larga  jornada en la  oficina a la que diariamente asistía de nueve a seis de la tarde. Era una oficina como cualquier otra, decorada con colores alegres, pero llena de esos cubículo aburridos, cada uno igual al anterior, compactos a pesar de pretender ser amplios, llenos de la energía, las tristezas, el trabajo y las esperanzas de cada persona que alguna vez se había sentado en ellos.

Se sentía cansado y hambriento, pero  feliz de regresar a  casa. Había pasado todo el día dándole vueltas a una idea que  ocupaba su mente ya desde hacía  varios días y hoy estaba decidido a  hacer algo al respecto.
  
La vecindad donde  vivía, a unas cuantas  cuadras del metro  Cuauhtémoc, era grande  y bien  iluminada, con sus muros de ladrillos rojos, puertas  abigarradas  y  ese  olor   a tierra mojada que  tanto le gustaba a Carlos. Por  vecinos  tenía a un grupo bastante homogéneo, constituido principalmente por varias  señoras que ya pasaban de los sesenta, todas ellas  divorciadas, salvo por la señorita Amada quien  nunca se casó y quien  siempre estaba asomada a la ventana  para la hora en la que Carlos llegaba a  casa . También estaba la señora del 102, una mujer de unos  cuarenta y tantos años, madre de  dos hijos, muy trabajadora y que pasaba todos sus sábados haciendo quehaceres desde las primeras horas del día


 A Carlos le gustaba vivir ahí, era un lugar tranquilo, amplio, en buenas condiciones y el alquiler no era nada costoso; cuando  cruzó por la  puerta principal, saludó amablemente a su vecina la que todo vigilaba desde la ventana. Pasaba las horas ahí sin hacer otra cosa más que  ver a las personas entrar y salir de la vecindad. No les juzgaba, ni  participada de chismes con las vecinas, simplemente le gustaba  estar ahí,  pendiente de todo lo que sucediese.
Carlos se preguntó cómo sería la casa de la señorita Amada. Muchas veces le había ayudado a traer la bolsa cargada desde el mercado que estaba a unas calles, pero siempre la dejaba justo en la entrada y ella nunca había dado el menor indicio de que quisiera invitarlo a pasar. Carlos pensó que debía ser difícil ser  una mujer mayor viviendo sola y tan alejada del resto de  su familia.

En las caminatas de regreso del mercado, mientras Carlos le ayudaba con las bolsas del mandado, la señorita Amada le había contado que su familia  toda vivia en Veracruz y que ella vivía desde hacía muchos años en México. Había  venido a estudiar la preparatoria, para después convertirse en secretaria. Cuando terminó la carrera entró a trabajar a un despacho en Coyoacan y después comenzó a trabajar en el banco hasta el día de su jubilación.


En cuanto entro a su casa, tiró  sobre el sofá la mochila que  venía cargando, se quitó la camisa  y se acostó sobre la cama. Qué bien se sentía estar en casa, que agradable era el silencio de la vecindad y la tranquilidad de su casa. Después de estar recostado un rato se levantó  y fue hasta una pequeña mesa que tenía una máquina de escribir encima, algunos libros  y varios periódicos.  Tomó uno de los periódicos, se sentó en una de las sillas de la pequeña mesita  y pasó las  hojas del periódico  hasta llegar casi al  final, en la parte  superior se leía: aviso de ocasión


Buscó con el dedo índice hasta encontrar el apartado de personales y releyó varios de los anuncios que había visto antes, mientras los releía, una emoción le recorría desde el estómago hasta las manos, se sentía ligeramente ansioso, como un niño que está apunto de recibir un dulce al final de un día de escuela: 


"Caballero en  busca de amistad con dama seria y educada en Ciudad de México, gusto por la música, el cine y los paseos." 


"Pedro treinta y dos años, desea contactar con dama joven, formal. En busca de un
compromiso."

"Soy Fabián, gusto de la poesía, la charlas interesantes, originario de Veracruz,  quisiera conocer otro ser sensible con quien conversar"


Ahí estaba, el clasificado de un desconocido, igual que quien lanza una botella con un mensaje al mar de los lectores de periódico, el mar de los románticos del  siglo XX, de los que leen la  sección de  personales al final de los periódicos. Había algo en el mensaje de éste último que había llamado la atención de Carlos, era casi como si lo hubiesen escrito  para él. Alguien en algún lugar de la ciudad, estaba buscándolo y quería  que se encontraran.


Tomó una hoja blanca, la miró con detenimiento, quería estar seguro de que era una hoja bonita; que no tenía dobleces, ni manchas  por ningún lado, que era la hoja correcta para contestar al anuncio personal que tenía delante suyo. Después de examinarla con detenimiento la metió en la máquina de escribir, la alineó con cuidado, revisó los márgenes y comenzó a escribir.  


Llevaba  varios días pensando lo que iba responder, en las palabras  justas que iba a utilizar y la forma en la que iba a decir lo que  quería decir. Más que estar nervioso, estaba emocionado, sabía que quien había escrito ese anuncio, era como él, que entendía por lo que estaba pasando y que respondería. Aún así, prefería  tener ciertas precauciones, no ser demasiado explícito o decir algo que lo hiciese sentir comprometido o expuesto.  Cuando terminó de escribir, retiró la hoja de la máquina de escribir, revisó con cuidado lo que había escrito en ella, se cercioró  que no  tuviera errores o que no se hubiera manchado con la cinta de la máquina; le hizo unos dobleces precisos y la guardó en un sobre.


II

Fabián  estaba sentado en un café en la colonia Nápoles, vestía  un pantalón de gabardina color claro, una camisa azul de líno y un chaleco ligéro que le hacía  juego. Le encantaba el calor de agosto, con esas lluvias inesperadas y el color azul del cielo que tanto le recordaba su ciudad natal.  En la mesa tenía un libro de Rosario Castellanos, era una edición  vieja del Fondo de cultura económica,  vários sobres de correspondencia que revisaba distraídamente y una libreta con pastas de color marrón que utilizaba para hacer todo tipo de anotaciones o dibujar garabatos cuando estaba aburrido. Sus ojos se abrieron como los de un gato y la sangre se le fue del estómago, cuando  vio el sobre que le enviaba el periódico con una respuesta al anuncio que había publicado. Era la primera  vez que publicaba un anuncio en el periódico y hasta ahora no sabía qué esperar. Cuando había asistido a las oficinas unas semanas antes, le había dado la impresión de que la secretaría que le había atendido se había reído un poco de él mientras  mecanografíaba el mensaje que más tarde habría de ser publicado en las últimas páginas del periódico.


Leyó un par de veces la respuesta, deteniéndose para reconocer cada palabra a detalle, leyendo entre líneas, emocionado de que estuviera sucediendo eso que quería que sucediera, asombrado de que hubiese pasado, pero con absoluta certeza de cuál sería su siguiente paso. Después de  terminar de leer la carta por segunda  vez, abrió su libreta marrón y copió el número de teléfono que aparecía en la carta, justo después de la línea que decía:  estoy en casa a partir de las 7:30.
Después de pagar la cuenta, miró su reloj, eran las tres cuarenta y cinco  de la tarde. Si me  doy prisa, puedo llegar a la función de las cuatro y cuarto en el cine Diana -pensó- . Corrió hasta  la avenida de los insurgentes y abordó un camión. Hacía una semana que Germán, uno de sus amigos  le había dicho que estaban presentando Amadeus, una película sobre la  vida de Mozart. Germán la había  visto el año pasado mientras estaba en Nueva York visitando a su padre  y en cuanto supo de su estreno en México le dijo a Fabián que  debía verla.  Germán era un poco pretencioso  algunas  veces, pero Fabián lo quería mucho y se conocían desde antes de  venir a vivir a ciudad de México.  Se habían vuelto a encontrar por  casualidad una noche que Fabián se aventuró a uno de los clubs  de la zona rosa, donde se reunían todo tipo de personajes de la escena intelectual Mexicana. Estaba nervioso de que alguien pudiera reconocerlo  y justo en cuanto  cruzó la puerta de entrada del pequeño local ubicado sobre la calle de Florencia, escucho la voz ronca de Germán que le gritaba desde el otro lado del salón : ¿Fabian? ¿pero qué haces aquí? ¡Qué  gusto  verte!. Desde aquella noche, habían vuelto a ser amigos y ahora salían juntos al cine o a las inauguraciones de galerías de arte a las que frecuentemente invitaban a Fabián.
Al llegar al cine, vio nuevamente su reloj , compró un boleto  y se adentró a  toda prisa en la sala.  Eran casi las ocho cuando salió del cine y las noches de agosto eran bastante  frías para un veracruzano acostumbrado a la calidez de su tierra. Se alegró de traer suéter, aunque  hubiese tenido que  cargarlo  casi toda la tarde, Fabian odiaba tener las manos ocupadas con cosas y prefería llevar una mochila consigo casi todo el tiempo. Cuando salió a avenida Reforma, las  luces de  los faroles ya estaban encendidas.  Le  gustaba mucho caminar por  Reforma, así que  sin demasiada prisa comenzó a recorrerla en busca de un teléfono público.  Abrió su libreta,  buscó el  número que había anotado y lo marcó. Al otro lado del teléfono se escuchó  una  grabación indicando cuantas monedas debía introducir en la pequeña ranura. Hurgó en la bolsa del pantalón y al fin encontró las preciosas monedas. Cuando escucho el tono de marcado sintió que la  fuerza se iba de sus piernas, respiró profundo e intentó tranquilizarse. Sí,  bueno. -se oyó al otro lado del teléfono-    

III
Después de la primera llamada, todo lo demás fue sencillo.  Fabián estaba  asombrado de  cuantas cosas  parecían tener en común Carlos y él  y para Carlos era un placer lo sencillo que era poder hablar con Fabián. Rápidamente se hicieron amigos, hablaban por teléfono casi todas las tardes y sus llamadas se podían prolongar fácilmente por varias horas.
Fabián que era mucho más decidido que Carlos, le dijo después de la segunda o tercera llamada, que deberían conocerse el siguiente  fin de semana, pero Carlos había hecho planes ya y en cambio le propuso postergar hasta la siguiente semana.  Así pasó casi un mes sin que pudieran  coincidir en persona.  Fabián le contó de su  vida en Veracruz,  de  su niñez al lado de sus padres, del amor de su madre  que parecía quererlo más a el que al resto de sus hermanos.  Lo que significó  venir a vivir a la ciudad cuando apenas había cumplido diecinueve y  de los amigos que había hecho estando aquí.    Le prometió presentárselos algún día  para salir  todos a  bailar.
Carlos podía escucharlo por horas, fascinado con esa vida tan llena de aventuras, reuniones y  fiestas que  duraban toda la madrugada. La vida  para él era muy distinta. Prefería pasar las tardes en casa leyendo, ir al museo o hacer de cenar para  recibir a sus amigos. Además salvo por Gonzalo, sus demás amigos eran heterosexuales y hasta ahora no había encontrado un buen motivo para hablar abiertamente con ellos sobre su homosexualidad.  Una tarde, le contó a Fabián de las ocurrencias de su antiguo psicoanalista y de las ganas que tenía de escribir un  cuento y verlo publicado en alguna revista literaria, aunque  fuese en la páginas intermedias.
Finalmente  el lunes  dieciséis  de septiembre, fijaron la fecha para  conocerse en persona. El jueves Carlos  tendría el día libre en el trabajo y Fabián  no estaba ocupado hasta  después del medio día.   Decidieron ir a desayunar en un café a unas cuantas calles de metro Chapultepec, era el punto  que les parecía más intermedio y Carlos le prometió a Fabián que la salsa verde de los chilaquiles que preparaban en ese lugar, era la más rica que jamás había probado.  
Ninguno de los dos tenía idea de cómo sería el otro; algunas  veces mientras hablaban por teléfono Fabián había  tratado de imaginarse cómo sería  Carlos, se lo había imaginado más alto que él y con  barba o quizá moreno y de espaldas anchas. La verdad era algo que  a Fabián no le importaba demasiado, por su parte Carlos terminó por desistir de la idea de imaginarse a Fabián cuando recordó como, muchos años atrás en una ocasión tras hablar por  meses con una operadora  telefónica, quiso la suerte que se conocieran en persona y Carlos se dio cuenta que  era completamente distinta de cómo él se la había podido imaginar.
Acordaron verse en la esquina de Veracruz y Durango, después de que Carlos se lo sugiriera por parecerle divertido, por su parte Fabián  le dijo que llevaría consigo el libro que estaba leyendo en ese momento para que pudieran reconocerse, Carlos estuvo de acuerdo y le dijo que llevaría puesto un suéter naranja que  le gustaba mucho y que sería inconfundible.
IV
La mañana del jueves Fabian despertó  con la vecina tocando incesantemente a su puerta. Se echó un suéter  encima y  salió a abrirle. Estaba  pálida y balbuceaba algo  sobre un temblor. Fabián  se tallaba los ojos con las manos mientras intentaba entender qué era lo que estaba tratando de decir su vecina. Todo era muy confuso, pero por la expresión en rostro de esa mujer, sabía que la situación debía ser bastante seria. Él no había sentido nada durante la noche, pero se sintió ansioso al escuchar lo que su vecina le decía. Después de darse un baño rápido, salió rumbo a la colonia condesa, rápidamente se dio cuenta que algo andaba mal, había muchas personas en las calles y se escuchaba el ulular de las ambulancias, el temor comenzó a llenar lentamente su cuerpo, una sensación de confusión crecía lentamente dentro de el,quizá el temblor había sido más serio de lo que él pensaba.
Para cuando llegó a la esquina de  de Durango Y Veracruz las manos le sudaban y tenia el estomago hecho un nudo, pero esta sensación no tenía nada que ver con la emoción de conocer a Carlos, sino con la confusión que  finalmente se había instalado en él, en su camino hasta la colonia condesa no habia encontrado sino devastación, personas llorando en las calles, ambulancias, carros de bomberos, personas claramente mal heridas, edificios agrietados. En vano esperó por más de dos horas, pero nadie llegó. Mucho tiempo después, cuando ya todo esto había pasado Fabián pensó lo absurdo que debió haberse visto, parado ahí, sin hacer nada, esperando, mientras toda la ciudad convulsionaba. Pero lo cierto es que no podía haber hecho otra cosa, estaba tan confundido, su cerebro se esforzaba por hacer que las cosas  tuvieran sentido, pero  volvía a fallar una y otra vez.  
Entonces se puso a caminar sin un rumbo claro, necesitaba poder hablar con Carlos, escuchar su voz, saber que estaba bien.  Cuando al fin pudo encontrar un teléfono público, se dio cuenta que las líneas estaban muertas, siguió caminando por mucho tiempo, descolgando el auricular de cada teléfono que se encontraba a su paso, llenándose de desolación conforme su mente procesaba lentamente la dimensión de lo que acababa de suceder esa mañana, cuando al fin en cansancio y el hambre hicieron estragos, decidió detenerse un momento, frente a el se encontraban las ruinas de lo que debió haber sido un edificio de al menos cinco pisos, se sentó en la banqueta y comenzó a llorar. De regreso a su casa no podía pensar nada más excepto Carlos, en que no había llegado a la cita y que no tenía forma de contactarlo. Había gente en las calles que  gritaba buscando a sus familiares, edificios derruidos, patrullas y ambulancias circulando por todos lados.
Cerca de su casa los daños habían sido menos graves, pero el dolor y la desesperación estaban por todos lados. Tres días después, cuando al fin se restablecieron las líneas telefónicas, Fabián quiso telefonear a Carlos, pero nadie respondió. Todo ese tiempo había estado pendiente del teléfono, había recorrido  gran parte de la ciudad en busca de familiares y amigos, todos ellos habían sobrevivido. Algunos habían resultado lastimados durante el temblor, pero la mayoría se encontraba bien.  Fabián sentía que enloquecía ante la impotencia de contactar con Carlos, nunca  había pensado en pedirle su dirección y no tenía idea de dónde podía ir a buscarlo.
-He seguido intentando llamar el número que tantas veces marque después de las 7:30, he llamado temprano,  a medio día  y a las tres de la madrugada, el mismo tono constante y acerado que indica  que el número no está disponible es todo lo que tengo por respuesta-  Así comienza el texto que Fabián se ha decidido a enviar a una revista que le ofreció publicarlo, el mismo relato continúa -  Nunca supe cómo era Carlos, si algo le pasó o si sólo se descompuso su teléfono y el  extravió el mío. Me gusta mucho pensar que eso  fue lo que pasó, que algún día va a responder el anuncio que publico cada més en la sección de clasificados, el mismo anunció que respondió hace casi un años.  Muchas veces  fui a deambular por las calles cerca del metro Cuauhtémoc, me adentre por los edificios  derruidos, hablé con las personas instaladas en las banquetas pidiendo ayuda, pregunté al principio con pena y luego ya de manera casi automática si alguno de ellos lo conocía. Muchas veces más he ido a esperarlo en la esquina de Durango y Veracruz, con un libro en la mano y queriendo  escuchar esa risa ruidosa y ronca de la que nunca llegué a despedirme.

martes, 20 de octubre de 2015

De la angustia de los treintas


Deseamos apasionadamente que haya otra vida en la que seríamos lo mismo que somos en este mundo. Pero no reflexionamos en que, aun sin esperar a esa otra vida, ya en ésta, pasados unos años, somos infieles a lo que hemos sido, a lo que queríamos seguir siendo inmortalmente.
  En busca del tiempo perdido. Marcel Proust

            Es frecuente escuchar a las personas hablar sobre una crisis de la edad, hace algunos años, esta crisis se daba en torno a la edad adulta, cuando los individuos rondaban los  cuarenta años y se veían confrontados por su pasado, y sus decisiones. En el presente, con la expectativa de vida creciendo cada vez más, es natural que dichos momentos de crisis, se hayan trasladado a otras edades.

 Los paradigmas de lo que significa ser hombre o mujer en la sociedad actual están cambiando de modo vertiginoso, las expectativas que se tienen sobre cada uno de nosotros son diferentes de las que se tenían hace algunos años y con ello también los momentos en  que los individuos se  cuestionan por su lugar en el mundo.

Es decir las expectativas sociales con las  que cada sujeto  se fue  formando a  lo largo de su  vida, han cambiado y junto con ellas las expectativas que cada individuo tiene sobre sí mismo. Esto significa  enfrentarse cara a cara con el deseo propio y lo que se hace o deja de hacer para satisfacerlo. La crisis de los treintas, no tiene que ver con cumplir treinta, no al menos con los treinta cronológicos, en cambio se relaciona  con lo que significa en nuestra cultura hoy por  hoy convertirse en un adulto.

¿Cómo llegamos a los treinta?

Hay que entender que  estuvo antes de los treinta, para poder entender cómo se llega a los treinta. Pensemos  como son las cosas cuando  se tienen  veinte años; hay todo tipo de expectativas, se comienzan  trabajos, se tienen novias, novios, parejas, comienza entonces una  idealización del propio sujeto.  Ser atractivo no suele costar mucho, después de todo existe algo  en lo biológico  que  la mayoría de las veces  juega en favor del sujeto (ya sea que lo noten o no). Y es en estas circunstancias tan particulares que una creencia florece: cualquier cosa que uno pueda/quiera hacer, hay tiempo para llevarla a cabo. Es decir, existe una idea, que se  genera desde el individuo pero también desde su entorno de: hacer  sólo lo que a uno le corresponde, de que lo bueno está por  venir y  que con lo que se está haciendo  bastará para que "eso" llegue. Así el individuo va construyendo una  suerte de yo engrandecido, que lo "puede todo". Muchos individuos  hacen suyo este mensaje  de que  todo lo merecen y que todo vendrá. Viven despreocupados, salen, se compran un auto, el celular más nuevo; ahorrar o  hacer planes a  futuro es algo que ni por asomo figura en su imaginario. Una  suerte de carpe diem consumista y mal entendido.

Pareciera que en los veintes a los  sujetos  les basta con un esfuerzo mínimo para obtener grandes retribuciones, de hecho esa es la realidad para muchos individuos jóvenes, quienes con un salario muy  bajo tienen auto, salen  de antro cada fin de semana, tienen acceso a una serie de beneficios, que quizá cuando sean más grandes, si siguen con ese trabajo no serán capaces ni siquiera de  cubrir la renta de un departamento.  Así existe todo un sistema donde el sujeto  entra en una suerte de irrealidad y a través de esa irrealidad el sujeto  goza.

En esta irrealidad, en este carpe diem capitalista y en esta creencia de "tu lo mereces todo" el sujeto se interna en un tiempo subjetivo. La crisis de los treinta no  llega a los treinta cronológicos, a veces puede llegar antes; a los  veintiocho, a los veintinueve o quizá mucho mas tarde. Pero  llega sin duda en el momento en el que el sujeto se da cuenta  de la edad que tiene y se pregunta ¿pero cómo se me pasó todo este tiempo? y entonces  viene la angustia de que los cuarenta le llegarán en un parpadeo.

¿Dónde se está a los treinta?

Tras  haber vivido bajo estas ideas de que todo se puede lograr, de que ya habrá tiempo para  todo, ahora el  individuo se da cuenta de que  sigue haciendo lo mismo y está en un trabajo igual o casi igual, que cuando  tenía  veintiuno. Y sabe, que si no hace algo, seguirá en el mismo lugar para cuando tenga cuarenta. En este momento surge un reclamo  interno, esta voz que le dice  al sujeto:  ¿Y todos los planes que tenías?, ¿sigues trabajando en el mismo puesto que hace diez años?, ¿todavía vives con tus papás? ,¿acaso  tú no ibas a lograr esto y aquello?

Ante la angustia entonces  aparecen diversas alternativas con las que el individuo trata de enfrentar su  realidad. Una de ellas, a caso la más socorrida, es el reclamo, así muchos ante la angustia comienzan con el discurso del  tipo: es que no me reconocen, es que mi trabajo no es valorado, no me dan mi lugar. Estos individuos trasladan su responsabilidad al OTRO. En estos  casos existe  una especie de separación entre la realidad  exterior y la realidad psíquica del sujeto  instalado en este lugar.

Con los treinta entonces llega la conciencia de lo rápido que se han pasado los  veinte y de lo rápido que llegan los cuarenta, el tiempo de los treinta es un tiempo diferente. Ya no sólo está la pregunta de ¿a dónde he llegado? si no que el sujeto se pregunta también ¿hacia  dónde quiero ir?. Es un tiempo  lleno de preguntas, donde el individuo se cuestiona una serie de premisas en torno a la elección de carrera, de pareja, y sobre el lugar que  ocupa. La importancia de este momento yace en el replanteamiento de la vida del individuo en múltiples ámbitos. 

Ya no hay más una espera del futuro, si no una proyección hacia el futuro. Porque el sujeto se da cuenta, que solas, las cosas no llegan... Donde antes estaba esta actitud cómoda, pasiva, inmóvil; ahora está la necesidad de hacer, la certeza de que si no se hace nada, nada se obtendrá. Aparece una suerte de entendimiento de que aquello que cuesta (esfuerzo, trabajo, dedicación , tiempo, etc.) vale

También están aquellas personas que llegaron  a dónde se habían planteado que llegarían a los treinta. Se podría pensar, bueno tales individuos no  tendrán crisis, pero  vaya que sí. Porqué lo que dichos individuos se preguntan es ¿toda la vida me voy a quedar haciendo esto? Porqué quedarse  toda la vida haciendo  lo mismo, para muchos, significa una muerte simbólica.

En cualquier caso cuando el individuo se encuentra ante esta angustia de la edad y comienza a preguntarse  sobre qué hacer, suele haber dos principales desenlaces. En uno de ellos el individuo decide enfrentarse a todo esto y se dice a sí mismo: voy a  retomar los estudios, voy a  comenzar a hacer lo que me gusta, me pondré en forma, comenzaré a ir a terapia, aprenderé tal o cual cosa, me voy a apropiar de mi vida, y comienza a hacerlo. Y la segunda opción es una regresión, un adoptar una actitud infantil, un querer ser como alguien  más joven de quien en realidad se es.

Esta transición lleva al sujeto (o puede llevarlo, según las herramientas con las que se cuente y dependiendo de la forma en que dicha angustia se resuelva) de tener un lugar  en el mundo, dado por lo que se posee, por lo que se puede mostrar a los otros, por el auto que se conduce, el smartphone que se traiga; a tener dicho lugar con base en las elecciones que el individuo hace en su vida. En esta etapa, cuando se escoge el camino de la creación, el individuo requiere de una cantidad de energía particular, de compromiso para  con este nuevo camino elegido.

Así el sujeto tiene que empezar a pensarse como adulto, es decir, hacerse de un lugar en el mundo. Cuando  el individuo entra en movimiento, es cuando empiezan a surgir una serie de  resistencias, los discursos  históricos de cada sujeto, el preguntarse qué les gusta en realidad, replantearse si la elección de carrera fue la correcta, si la pareja es la correcta, etc.

Pero esta angustia no es toda  negativa, están los reproches que llevan al individuo a  cuestionarse por qué no hizo tal o cual cosa antes, por qué no planeó, por qué no aprovechó tal o cual circunstancia, pero al mismo tiempo, es el deseo  de evitar toda esta angustia lo que le da energía al sujeto para comenzar  y continuar  haciendo los cambios y ajustes en su  vida que le son pertinentes.

Al final es decisión de cada sujeto elegir que camino se desea seguir, si desea perseguir su deseo y  hacer el esfuerzo y las  renuncias pertinentes o si escoge el camino de la inacción y la involución a un ser infantilizado. Es el momento de elegir el tipo de  vida, que cada uno quiere, es el tiempo de construir un sentido de  vida.


Jacob Ortega

domingo, 14 de junio de 2015

Divagaciones sobre la vejez.

"Planeamos todo en la vida, pero nunca planeamos como  nos gustaría pasar nuestros últimos años"
Divagaciones sobre la vejez.

Hace unos meses cumplí treinta años, soy homosexual, tengo un perro, tres gatos, estoy soltero  y no sé qué va a pasar conmigo cuando llegué a  viejo (si llego). Hay algunas cosas que tengo  claras. Prefería no  convertirme en un viejo anquilosado, enfermo y moribundo. Disiento de esta idea de los hijos cuidando  de sus padres hasta sus últimos días, y aunque pensará distinto, siendo que  he decidido no tener hijos, me toca tomar otras providencias.

Asumiendo que uno no es arrollado por algún conductor irresponsable, o que un cáncer fulminante acaba con tu vida. ¿Qué precauciones hace falta tomar  para la vejez? ¿Quien le puede ayudar a uno a hacer las cosas que antes uno podía hacer por uno mismo? ¿De qué se vive? Ya no pensemos en si se llega  a viejo con o sin pareja, con  una red solida de amigos y familiares  o si más  bien  uno  alcanza esa edad, ya sin mucha compañía.

La cita del principio, es un línea de una película que vi hace algún tiempo, sobre un  grupo de amigos, todos  de la tercera edad, que deciden ir a vivir juntos en vez de  continuar viviendo solos o  internarse  voluntariamente en asilos. Habla de  cómo se apropian de su vejez y de una forma u otra deciden hacer algo, en vez de sólo ser simples actores de un proceso inevitable.  Yo he visto a mis abuelos y a los abuelos  de mis amigos envejecer sin en realidad tomar ningún tipo de precaución sobre si mismos o sus destinos. Dando por sentado que sus hijos cuidarían  de ellos, he visto su vida irse apagando lentamente y he visto como con esa decadencia han  consumido una parte importante de la vida de aquellos que sin reflexionar mucho tampoco han terminado cuidado de ellos.

"...a ti te corresponde cuidarme hasta el día de mi muerte”. Esa es la  consigna impuesta a Tita (la protagonista de como agua de chocolate) por su madre y esa parece ser aún la realidad para muchas  personas. Los que no corren con esa suerte,  terminan como mendigantes en las calles, desamparados a su suerte, algunos  previsores o afortunados en buenos asilos, otros en asilos públicos.

La idea de envejecer al lado de mis amigos, de mi familia por elección se me antoja  romántica y placentera. Todos viviendo en la misma casa, cuidado los unos de los otros, acompañándonos a las citas al doctor, al mercado a comprar las cosas para la comida, cocinando y haciendo los quehaceres de la casa juntos, sacando a pasear a los perros y lo más importante: responsabilizándonos de nuestras vidas. Con hijos o sin ellos.

La calidad de  vida es calidad de muerte. Me gusta pensar que así y que llegado el momento, tendré la fuerza emocional, física y psíquica para poder decidir cuando ya no quiera continuar más. Por ahora cuando lo pienso, aún me siento  abrumado.
Sospecho que muchos de quienes me lean, atravesaran por una  circunstancia de vida similar. Ya sea que no deseen convertir a sus hijos es sus cuidadores, que hayan decidido no tener hijos, que hagan  vida en pareja o que estén solteros. Es seguro que la vejez llegará  a sus  vidas. ¿Ustedes cómo se la imaginan?

 Ya va siendo tiempo de construir nuevos paradigmas  sobre la vejez y la muerte, de repensar la idea de familia y  construir  nuevas definiciones que se ajusten al espíritu de los tiempos, en  vez de continuar forzándonos dentro de paradigmas que  ya no alcanzan para describir la  realidad actual. Es momento de hacer los ajustes necesarios a nuestro proyecto de  vida para poder  disfrutar en el  futuro con cada acción emprendida ahora.

J.


domingo, 26 de octubre de 2014

De regreso (nota introductoria)



Hace ya  algún tiempo desde la ultima  vez que escribí por aquí, la intención es recuperar el ejercicio de escribir con regularidad, tratar de   hacer una especie de crónica de lo que va pasando, pero con un estilo más casual, más natural, algo que se lea más autentico. Muchas cosas han sucedido  a lo largo de los últimos dos años y muchas cosas están sucediendo ahora. Ya habrá tiempo de contarlas. 
Aquí estoy pues, de regreso, por que es  saludable para mi escribir, y con suerte, también usted que amablemente me lee, se encuentre con algún divertimento en todo esto.

martes, 15 de octubre de 2013

A la mitad del mundo

"Sentía gran respeto por todas las reglas del buen 
comportamiento, las cuales exigían que se festejaran sólo las 
llegadas y que no se observaran las separaciones. Habría sido 
tan incorrecto por parte de Asiak y Ernenek despedirse, como 
por parte de ella mostrar que se daba cuenta de que aquellos 
partían."  País de las sombras largas

Al final no encontré las palabras correctas, me decidí  borrar todo lo que había escrito y  permitirme escribir lo que  mis  manos fueran  plasmando sobre el teclado.  Pensé pues que unas cuantas lineas  simples y sinceras, quizá podrían comunicar mas que  mi embrollado escrito principal.

Hace algunos meses, apareció en la esquina de mi casa un nuevo  vecino. En cuanto lo vi desde la  ventana de mi casa, que da  directo a su jardín, sentí gran curiosidad. Luego unos días después cuando me lo encontré de regreso de la tienda, las manos se me pusieron frías y  se me subieron los colores a la cara. Yo tengo ya  casi  veintisiete  años y el apenas tiene  diecinueve. No tarde  en enterarme  gracias al tendero que  se llama  A y que esta aquí  acompañando a su  papá quien vino de  negocios.

En todo  caso,  no puse mas atención al incidente, pero  cada que me asomaba por la tarde y lo  veía atónito leyendo en el  jardín, había algo que me cautivaba. Hace  dos meses  mientras  caminaba por el parque cerca de mi casa  lo vi  sentado en el pasto jugando distraído con su celular.  Y como no iba a ir a hablarle a un desconocido , de quien sabe que tema que no se me  pasaba por la cabeza, pero   estaba  intrigado con su contemplación, fui hasta el café frente al parque, me pedí un expreso doble cortado, tome el periódico y me puse  a leerlo; eso si, no sin dejar de  voltear a  verle.

Quiso pues la  casualidad del clima de  verano, el sol de medía tarde y  los treinta  grados que alcanzó ese martes  la ciudad de Guayaquil , que le dieran ganas de entra a pedir algo de tomar al mismo establecimiento dónde estaba  yo, tomando café. Y luego, a través de lo que fue la suma de   382  casualidades (según he podido  calcular), fue a  tropezar directamente  contra mi periódico, tirándolo al suelo, junto con una libreta que  llevaba el en su mano y que yo no había notado antes.

Se requirieron de  treinta y dos casualidades más, para que fuera yo a levantar  su libreta y el mi periódico y que al momento de intercambiarlos, ambos decidiéramos sonreírnos. Yo alcance a articular alguna linea  idiota respecto al accidente y  el se disculpo por el mismo y continuo con su camino. 

Dos días después a apenas  tres o cuatro cuadras de ahí , sucedería  nuestro encuentro  definitivo, uno  tan  afortunado, y tan sentenciado por los hados al mismo tiempo, que  hoy todavía sigo tratando de  entenderlo.  Estaba  yo leyendo los  precios de las  frutas en el mercado local, cuando una   voz desconocida  me hizo voltear. Era el, que estaba a escasos centímetros detrás de mi y me había reconocido. Y con su naturalidad, esa  naturalidad prístina que sólo se puede tener a su edad, me había dicho "hola".

Nos presentamos, quedó  establecido quienes eramos y que hacíamos en ese lugar. -Comprar naranjas- ¿qué mas podía hacer uno en medio del planeta  a las  once y medía en un día  regular de marzo?. Le ofrecí una  y el la aceptó, le  quitó la piel con avidez y le encajo los  dientes. Unas  gotas se escurrieron por la comisura de sus labios y parecían oro liquido al contraste de su piel clara. 

A partir de ese día y por un espacio de tiempo que  me pareció el de una vida, pero no fue si no sólo unos meses, nuestras vidas se entre cruzaron. Descubrí que le gustaba  la literatura, la música de todos tipos, que tenía un gusto por la modernidad que yo apenas podía entender y  un espíritu joven con el que era  sencillo hablar. Jugamos ajedrez, reíamos, le vi llorar un par de veces y le abrí mi corazón para que el también pudiera  ver a través de mi.  Me enseño a jugar videojuegos y le regalé  una docena de libros.  Amaba ver con que pasión sus ojos se perdían entre las palabras y  su mente  iba  dibujando paisajes espectaculares . Pasamos varías tardes en el cine  y hasta lo invité a mi casa a ver televisión.

Regresó un día y me dijo que el trabajo de su padre había terminado  ya en Guayaquil, partían la semana siguiente  rumbo a Bogota y  luego a México. Mi destino no era tan diferente, estaría quince días mas en  Guayaquil, para despues  viajar a Quito  y de ahí partir hacia  Venezuela por tiempo indeterminado. Al día siguiente después de regresar de cenar, ya que su papá no volvería si no hasta muy entrada la noche, aprovechamos para estar un poco mas de tiempo  juntos y  lo invite a mi casa a ver una película. Hablamos  durante todo el film, de las cosas que habíamos hablado antes, de nuestra diferencia de edades, de nuestras vidas, nuestras familias, de aquellos a quienes habíamos amado. Lo  tenía abrazado, con su cabeza sobre mi pecho y  me di cuenta que se había quedado dormido. Me sentí conmovido.... Todo había sido tan bueno,tan bello, tan natural y se terminaba de pronto. Le  bese la mejilla. No sé si se dio cuenta o si seguía dormido.  

Camino a su casa lo abrace de nuevo. Le regalé el cuento que había escrito para el y un par de libros para su viaje. Su sonrisa trajo paz a mi mente intranquila. De repente  las palabras de Saint -Exupéry cobraron sentido. Solo en medio del ecuador dos seres humanos nacidos en el mismo lugar podrían haberse encontrado y vivir lo que  vivimos, en el espacio de una vida que dura un sólo instante.

martes, 3 de septiembre de 2013

Jueves en consulta

“El placer que me causa la fantasía de la posibilidad, es mayor que el placer que encuentro en la acción misma, Y es ahí donde esta mi neurosis” Jacob

Esa tarde decidió acostarse con otro hombre, su cara de placer, su cuerpo todo lleno de sudor, ese gesto que hace cuando se muerde el labio , todo fue suficiente para hacerme eyacular. En otras circunstancias creo que lo habría disfrutado como un todo y no sólo cómo una parte.

 En muchos de mis actos suele haber algo de perverso y este no fue la excepción, tuve para mi, a través de su gozo con otro, eso mismo que el ya no está dispuesto a darme. Fue como si al estar con el otro, se manifestara en el toda esa energía y vitalidad que alguna vez compartió conmigo. Digamos las cosas como son, esa energía y vitalidad que alguna vez fueron para mí y que de repente cesaron.

 Mientras estaba con el otro y yo observaba todo se estuvo disponible para que yo lo viviera  y para que de algún modo, al menos en mi imaginación lo hiciera mío nuevamente. Lo que estaba sucediendo frente a mis ojos y no podía ser escondido, tampoco me podía ser negado y entonces me perteneció otra vez aunque sólo por un momento. 

Pero esos fueron los limites de hasta dónde alcanzo mi disfrute, como dije antes no pude disfrutarlo como un todo. Porque después de eso ni las caricias ni los mimos fueron para mí, porque no tengo su aroma impregnado en mi cuerpo y por que como sabía desde un principio no se puede poseer nada fuera de los límites de uno mismo. 

A veces me pregunto por todas estas situaciones, me gusta ver que pueda ser autentico para con sus deseos, pero lo veo entristecerse después como si algo en lo que acaba de hacer le doliera o le avergonzara. Yo creo que se juzga a sí mismo, por que por mucho tiempo juzgo así a quienes actuaban de esa forma, pero ese siempre fue un juicio con origen en la costumbre y nunca en la reflexión.. Así nos pasa a todos con la educación que nos dan después de todo. Nos toca decidir con que nos quedamos, que actualizamos y que desechamos. 

A veces no se por qué le estoy pagando doctor, si lo único que vengo a hacer aquí es a tirarme en este sofá suyo que además no me gusta porque no sé si es café o es verde. Y las mas de las veces le toma más de tres sesiones pensar en algo sensato que decirme. Todavía me acuerdo cuando lo conocí, que venía a escupirme sus aforismos y sus frases hechas, como de libro de preparatoria. A la mejor también vengo a verlo a usted para ver si lo seduzco, si un día dice – ah que paciente tan interesante es este de los jueves a las cuatro de la tarde- o porque me gusta tener público. Uno que yo estime interesante y que me parezca que puede seguir mi tren de ideas. 

Pues como le decía me quede ahí todo el rato mientras se lo cogían, me encanta ver como lo besaba, las ganas que se le veían de estar con él. Luego se inclino y comenzó a hacerle sexo oral, ahí el aguijonazo de la realidad trato de hacer de las suyas, pero lo ignore y seguí disfrutando todavía un poco mas con su placer. 

Después vino lo que ya sabía que iba a venir, ese peso apabullante de la realidad de saber que conmigo simplemente no se le antoja coger, que somos compañeros y nos queremos el uno al otro, pero que sencillamente ese aspecto de nuestra vida ya no existe mas. 

Esta también sin duda esa herida narcisa que nunca sana, esa de saber que yo lo deseo y el a mí no. Con el pasar de los meses he aprendido a manejarla, es lo que tiene tener una personalidad como la mía, fuerte, miedosa al mismo tiempo y esquiva al dolor casi a toda costa. Deje que me doliera todo lo que podía doler al principio y después me olvidé de ello.

 ¿Qué por qué volteo a verlo? No sé, creo que me gusta tener contacto visual de vez en cuando, asegurarme que me sigue poniendo atención.¿Es lo mínimo que se podría esperar de sus servicios no.? Pero como se que se puede fugar en una idea y seguirse mientras yo sigo hablando, creo que así me aseguro de que sigue aquí, escuchando lo que tengo que decir, lo que no se como y lo que procuro no callar pero a veces callo. Ya se que esto no es lo usual en consulta, pero necesito orinar. Permítame un momento, enseguida vuelvo.. 

Ya me voy sintiendo mejor sabe, hablar siempre ha resultado como un bálsamo para mi. Tiene un poder terapéutico innegable. Pensé en decir inexorable o indestructible, no sé por qué. 

Otra cosa sobre la que le quería hablar y en la que pensaba hace rato es algo que yo considero como un rasgo de mi personalidad. El dice que me encanta , que siempre quiero que las cosas sean “my way” , yo no puedo si no pensar –y a quien no- . Pero se me ocurrió que si tiene razón y si de verdad me frustra , mas de lo ordinario digamos, cuando las cosas no son my way eso, me parece , hace un click perfecto con este gusto mío por procurar ser placentero para aquellos que me son importantes. No estoy diciendo que sea lo único que lo motiva, ni pretendo simplificar una conducta, pero pudiera ser que por ahí fuera un hilo conductor de la misma. Quien sabe, por ahora sólo es una ocurrencia. 

Ya voy sintiendo que me quedo sin nada que decir, hay momentos en que así me pasa. Algo me tiene tan perturbado o molesto, a disgusto o triste, que me roba toda la energía y luego simplemente me voy sintiendo cansado, como sin la posibilidad de hacer algo al respecto sino descansar hasta recuperar las fuerzas. 

Si, pues ya sé que las cosas son lo que son y no lo que podrían ser , ni lo que me gustaría que fueran,  ni como fueron antes, pero a veces lo olvido y me invaden todos mis demonios y mi locura y mis siete egos… Jeje nunca he entendido bien en realidad esa parábola, ¿tú la has leído? Sabes, por un momento estuve a punto de decirte ¿Usted la ha leído? .Para que veas que si te tomo en serio. 

Ah, bueno, la cosa es que todo eso se me arremolina en la cabeza y por todo el cuerpo. A veces hasta duele, otras se atiborra tanto que tengo que llorar para desazolvar un poco. Hoy quería que se quedara conmigo pero decidió irse a su casa. Ahí fue cuando pensé eso de las cosas my way, habrá que aprender a discernir entre eso y cuando son cosas que yo si haría por el y me doy cuenta que el no por mi. Es duro cuando las acciones ya no le permiten a uno seguir haciéndose pendejo…Cuando me despedí ese día, le iba a decir eso de que para mí el sigue siendo un buen compañero de viaje, sólo que ya no compartimos algunas áreas, pero estaba ya como metido en él y yo no podía manejar en ese momento que no fuera a darse cuenta de todo lo que yo quería decirle con esa oración… 

A poco ya pasó una hora. Pues hoy si se me fue rápido el tiempo…. Sí entonces nos vemos el otro jueves. Gracias, nos vemos entonces. Bye bye.

Jacob

lunes, 2 de enero de 2012

Dos partes de la misma historia

I
Mientras caminaba de regreso a la casa con el sabor a Julio todavía activo en mis papilas gustativas, la noche estaba transfigurada toda y era la misma, una ligera lluvia aderezaba el paisaje con ese inconfundible olor a tierra húmeda que todo lo alegra.

Dos semanas atrás, en una librería de viejo, Julio paseaba los ojos por entre los anaqueles repletos de libros de todos temas. Libros de cinco pesos de pastas amarillas encimados sobre un gastado ejemplar del álgebra de Baldor ya sin media tapa,  libros de geografía para bachillerato, la siempre socorrida Ética para Amador y montones de otros libros. En esas estaba cuando escuchó una voz áspera preguntar por un libro de Kundera.

Frente a él estaba un joven de apariencia regular, con la barba mal crecida y el cabello ensortijado en un enredijo que más parecía una madeja de estambre enredada que el cabello de una persona, Julio se acercó un poco para ver qué libro iba a comprar el desconocido, al tiempo que reconocía la portada de Max Ernst. Lalo volteó al sentirse observado y  no pudo evitar sonreír.

Lalo siempre ha disfrutado ser visto, le gusta que lo miren y no hace por disimularlo, pero le gusta más cuando quien lo mira es de su agrado también, así ocurrió esta vez al encontrarse frente a frente con Julio; después de sonreírle regresó su atención al dueño de la librería, preguntó por el precio del libro y se dispuso a pagarlo. En otra circunstancia nada más habría pasado, pero el clima frío de la media tarde del primer domingo de diciembre fue el kairos que empujó a Julio a hablarle a Lalo.

Muy buen libro ése que llevas –le dijo no sin cierto aire de timidez- . Sí, lo he leído ya un par de veces, –respondió Lalo- , es muy bueno y me trae recuerdos. Esa simple interacción bastó para que continuaran hablando sobre los libros que habían leído, y de ahí como por un acto de malabarismo  siguieron hablando un poco sobre quienes eran ellos y finalmente llego la irremediable despedida.

Esta vez fue Lalo quien tomó la iniciativa, la sangre se le fue del estómago y alcanzó a sentir cómo el color se le subía a las mejillas al tiempo que decía.- Pues deberíamos tomar café algún otro día, digo si no te molesta o algo-. Todo lo que estaba pasando nada tenía que ver con la forma en que ninguno de los dos se había imaginado que se podía conocer a un desconocido. Pero Lalo, ávido de seguir descubriendo lo que pensaba Julio de las muchas cosas que parecía pensar, decidió que no había nada que perder. La respuesta fue afirmativa y aunque vulgar en comparación a todo lo que había
pasado hasta entonces, intercambiaron sus correos y la cosa quedó por el momento.

Apenas estuvo en su casa, Lalo se apresuró a prender el computador y agregar a su nuevo conocido, era como un juego de pistas donde hay que seguir una serie de pasos para descubrir que depara el siguiente nivel, deambuló por el internet un par de horas, habló con amigos, hojeó su nuevo libro, lo olió buscando ese olor a viejo que tanto le gusta, y al cabo de un rato apagó su computadora y salió a buscar algo que comer. Algunas horas después Julio agregaba a su nuevo desconocido mientras le platicaba la historia a una amiga.

Los horarios no coincidieron y la excitación del momento languideció al pasar los días, era domingo otra vez el día que por fin se encontraron, Julio recién se conectaba y Lalo estaba a punto de irse a dormir cuando el inconfundible sonido del messenger le hizo ver que alguien se acababa de conectar. Toda le emoción de la semana pasada le saltó al pecho de repente, y un simultáneo –hola- inició la conversación. Cuatro horas volaron sin que ninguno las notara hasta que el sueño comenzó a hacer sus estragos, definidos ya los horarios de ambos, los encuentros pasaron de inexistentes a casi diarios.

Ayer por la noche acordaron, acordamos salir, con el evidente más no mencionado propósito de vernos en persona, las cosas se liaron mucho y yo terminé presentándome con la misma barba mal cortada de siempre y el cabello enredado. Ya uno frente al otro y con un saludo bastante parco, nos dirigimos sin rumbo cierto pero con objetivo conocido. Un café.

Ya instalados en el lugar, al poco rato dejó de tener importancia la hora y el lugar, nuevamente y al igual que en la versión electrónica, la charla fluyo sin silencios incómodos, con historias comunes y gustos dispares. Acabo de regresar a casa y una inexorable necesidad de reseñar estas semanas me tiene aquí frente al monitor haciendo malabares con las palabras, evitando lo predecible, los clichés y apenado a priori de dejarme leer. Total es muss sein.

II

(….) Julio se llevó de viaje la esperanza inútil de seguir en contacto, pero cómo podría ser si ni siquiera se había firmado una especie de contrato social entre ambos, al parecer ganarse la atención de Lalo era más difícil que con los muchos alumnos a los que solía instruir en una escuela oficial de nivel medio superior. Peor aún si todo contacto tecnológico se limitaba a incómodos ratos frente al único gadget disponible.

Apenas un café y un infinito intercambio de letras habían sido suficientes para prender a Julio de un entusiasmo que no reconocía quizá desde hacía un año. En qué momento el albedrío llevó a un muchacho de 25 años a elegir entre un dogma tan pagano y lóbrego como el de la ilusión. Y así paso el primer día lejos de la ciudad, a ritmo de música navideña y sin un contacto explícito con Julio.

No es que Julio careciera de experiencia, simplemente la que poseía lo había llevado a estar hermético ante situaciones similares. Precozmente, se llenaba con una sonrisa ingenua cuando recibía señales que respondían a sus mensajes; primero con su amigos en la escuela secundaria, después con sus relaciones personales (íntimas es más exacto) y finalmente con Lalo. Saber que del otro lado de un teléfono; una computadora o una mesa para dos, había alguien escuchándolo y a la vez interactuando con él en una sintonía tan similar lo enloquecía de gozo.

Lalo tardó en enterarse que su interlocutor se hallaba varios kilómetros al occidente de su punto de ubicación. Fue de manera fortuita, como quien consulta palabras en el diccionario a placer y descubre en la acepción una palabra nueva, poco usada o jamás usada y decide averiguar su significado, convirtiéndose en el foco de atención principal y desplazando al concepto original a revisar.

Al segundo día, el intercambio de información fluyó mejor. Entre mensajes inspirados por los espíritus de dos copas de vino tinto español de tempranillo-garnacha, Julio coqueteaba con la idea de hacerle un presente a Lalo, quien de alguna manera encontraba inspiración desde la cotidianeidad de su trabajo o el cansancio que éste le deja al final del día.

Si el árbol de arrayán no se hubiera adaptado de tan buena forma al clima de la costa occidental de México, quizá la coincidencia de ese día no hubiera trascendido. Regalar tequila a un chico tan sano sería agresivo, quizá llevar birria, una torta ahogada o carne en su jugo con una jericalla de postre, pero sólo sonsacaría su ánimo de dejar la carne y seguramente no llegarían a su destino en buenas condiciones. ¿El disco vernáculo de moda? Ni siquiera sabía si le agradaban los sones y jarabes maliciences (los tocados con mariachi) Un kilo de membrillos, empanadas de la explanada frente al Teatro Degollado, etc.

Y fue un frutillo cítrico de una planta de la familia Myrtaceae lo que le convenció de ser lo suficientemente exótico, endémico y dulce como para darlo como detalle navideño. Pero el destino resultó más implacable, porque al momento de solicitar si le eran a Lalo los arrayanes de su gusto, él comía de ellos.

Fueron días en los que la distancia parecía acercarles más. Mensajes traviesos e irreverentes, fotos comentadas y por último el correo de Nochebuena que, con miedo a parecer una insinuación muy directa, redactó Julio en un arrebato emocional y catártico.

El mensaje fue contestado y a la lectura constante se hizo entrañable. ¿Cuándo podría devolverle la cortesía, obsequiarle los dulces y conversar personalmente? A su regreso, de nuevo en un momento poco indicado y en una noche de atmósfera húmeda, tuvo lugar un reencuentro breve. Pero como se dice en el argot literario “si bueno y breve, dos veces bueno”

Julio contuvo su intención de abrazarlo a la venia, no quiso parecer desesperado aunque tampoco deseaba que el resultado fuera un torpe y desarraigado saludo. Afortunadamente para su piltrafa; la charla era tan interesante como siempre. Él no quería que terminara, no quería volver por su largo camino hasta los suburbios de la misma ciudad, pero a la necedad de la noche volvían a despedirse.

Lalo recibió los dos costalitos plásticos de arrayanes, recibió unos chocolates improvisados horas antes y también recibió la sonrisa más tímida, las mejillas más coloradas y la voz aglomerada en la garganta, temblando, diciendo: ¿Te puedo regalar un beso?

El doble antídoto

  Esto no es más que un ejercicio para poner en palabras parte de los pensamientos que me asaltan en mi día a día. No tengo tiempo ni energí...