lunes, 27 de abril de 2026

Sertralina para no morir en el intento




  Esto no es más que un ejercicio para poner en palabras parte de los pensamientos que me asaltan en mi día a día. No tengo tiempo ni energía para escribir un cuento entero, pero tengo ganas de poner algunas de estas cosas “allá afuera” para que otros, quien sabe quienes, las lean. 









Aprendí desde muy temprano que ser paciente era algo positivo, algo deseable, una cosa que merecía ser cultivada y de la que mis padres se sentían orgullosos. Recuerdo a mí papá presumiendo-me [sic] ante amistades y familiares repitiendo una frase que alguna vez debí haber dicho: mañana cuando el sol salga. Lo que seguí después de ese mantra era la postergación de algo. Mañana cuando el sol salga, me compras tal cosa, mañana cuando el sol salga, vamos a tal lugar, etc. La cosa es que eso no siempre pasaba, pero como cualquier caso de intervalo variable, el condicionamiento fue efectivo.


No puedo decir que todo lo que resultó de eso sea una cosa negativa. Después de todo aprendí desde una edad temprana a tener cierto autocontrol sobre mí mismo. Autocontrol que me ha servido bien a lo largo de la vida, pero que también ha hecho muy dificil muchas situaciones que deberían haber sido más sencillas. En muchas ocasiones me ha hecho sentir menos importante, sentirme resentido con gente a la que quiero, esperar que pase algo que nunca pasa, etc.

Ya no recuerdo las veces que me dejó de hablar en el curso de nuestra historia juntos. Creo que la primera vez fue en una banca en el parque. Aunque él me había insistido en que saliéramos en plan formal, cuando accedí terminó por decirme que mejor no. Y ahí fue la primera vez que esperé. No recuerdo que le dije, pero debió ser algo como que se tomara las cosas con calma, que fuera viendo como se sentía.

Luego tiempo después me dijo que ya no quería seguir saliendo conmigo. Lo bueno de que esto no sea un cuento es que no necesito ponerme a cortar la historia completa. La cosa es que me dejó. Yo empecé a salir con un impresentable, y al poco tiempo regresamos. Yo le dije que no lo iba a presentar como mi novio porque tenía miedo de que me la volviera a aplicar, pero al cabo de dos o tres meses ya todo era como antes. No como antes, mejor, como dice Pamela Palenciano.

Luego me puse a esperar que le volviera a gustar. No a que me volviera a querer, porque siempre me sentí querido, pero sí que le volviera a gustar. Creo que eso nunca volvió a pasar. Como dije antes, no todo es tragedia, dejé el yoga y la natación y me puse a hacer pesas, quizá no lo habría intentado de no tener el incentivo de volverle a gustar. Está bien ser un señor de cuarenta años con un cuerpo tonificado.

Ese dia que llegó corriendo convencido de que había alguien en el depa, no sé si diría que esperé o que fui paciente. Igual teníamos una relación abierta por lo que habría sido perfectamente legítimo que yo estuviera con quien yo quisiera, pero fui paciente, intenté ponerme en su lugar y me puse a darle explicaciones. Le rogué que no se fuera y finalmente aceptó quedarse.

A veces pienso que soy una persona antes y después de P. Creo, no estoy seguro, que si estás cosas me hubieran pasado antes de P no me lo habría pensado dos veces antes de comportarme como un niño caprichoso y altanero y desde esa altanería actuar muy distinto. Después de P, algo cambió en mí. Me di cuenta que no podía dar por sentado el amor que alguien tenía hacia mí y que debía tratarlo como algo preciado, que se toma entre las manos con el mayor cuidado. Casi como Houl levanta a Calsifer en el Castillo vagabundo.

Así quería tratarlo, así quería hacerlo sentir y creo que terminó siendo lo contrario.

También le rogué que no se fuera de la casa, no entiendo porque las personas dejan con tanta frecuencia que su orgullo se entrometa en su felicidad. Pero ahora me doy cuenta que hay una línea delgada y a veces confusa y que de vez en cuando debemos privilegiar nuestro orgullo para no sacrificar nuestro propio amor.

La tercera vez que me dijo que se iba, ni siquiera quise bajar a hablar con él. Y la verdad es que me arrepiento mucho de no haberlo hecho, A lo mejor si tuviera más experiencia con el orgullo, me habría dado cuenta que ese sí era un buen momento para dejar el orgullo al lado.

Es ingenuo pensar que los cambios van a suceder de un día para otro, quizá por eso tantas veces me ha parecido prudente esperar, dar otras oportunidades, etc. Siempre me es tan complejo decidir cuándo sí y cuándo no. Supongo que lo que lo complejiza es la falta de dolo, no hay maldad de por medio, solo un ímpetu descontrolado. Que bueno que no se trata de aprender fuego control. Que bueno que en ese universo yo optaría por ser un maestro aire.

Hoy E me recordó la vez que tuve una crisis de ansiedad en el MB, iba de camino a dar clases a la universidad y creí que me iba a morir. No puedo creer que ya van casi dos años! Fue el 11 de noviembre de 2024. Ya lo fui a buscar en el chat. Casi no lo recordaba. Ansiedad por la sobrecarga de trabajo, por el rompimiento, por mi preocupación por su salud, por mi propia crisis de la edad. Un año y cuatro meses de dolores en el pecho, en el brazo, bruxismo, crisis y apenas hace un mes decidí ir con el psiquiatra, porque ser paciente me está matando… porque siempre parecía que podía sacer mis notas de la carrera (broma) y autogestionarme.

Ahora estoy en una etapa 3.0, parece que es un lugar integrador, un punto medio entre el Jacob preP y postP con todo lo que hay en medio. Y tratando de no morir en el intento.

Tacos de pollo de supermercado

 Esto no es más que un ejercicio para poner en palabras parte de los pensamientos que me asaltan en mi día a día. No tengo tiempo ni energía para escribir un cuento entero, pero tengo ganas de poner algunas de estas cosas “allá afuera” para que otros, quien sabe quienes, las lean. 








Este mundo poblado de recuerdos, parece estar dispuesto a saltarse a la cara desde los lugares menos imaginados, los más recónditos. Es media tarde y me dispongo a preparar algo de comer, ha sido un día largo; una junta tras otra.

En la cocina abro el refrigerador, este fin de semana no fui al super así que hay poca comida y más bien voy a recalentar parte de lo que cené ayer. En el congelador hay un paquete de verduras congeladas, hace varios meses que las compro porque son una forma muy práctica y eficiente de comer verduras. Sólo hace falta tomar un puño, meterlas al microondas y listo, verduritas al vapor. Y ahí, junto a las verduras congeladas estaba ese paquete de barritas de pescado que compré no se cuando y que sólo he comido una vez. Fue mirarlo y de pronto estaba en algún momento de 2010 o 2009 en el departamento de San Pedro de los pinos, comiendo taquitos de frijol de cajita de esos que venden o vendían en el super. La primera vez que P me invitó a comer preparo eso, comimos en esa mesa de cristal y patas tubulares color plateado, sobre la vajilla de platos azules y los manteles de palitos de madera. 

Comimos esos taquitos de frijol que vendían en cajita, no recuerdo si había salsa de por medio, pero sí recuerdo que volví a comer esos taquitos muchas veces a lo largo de los años. A veces los comíamos en la mesa, otros sentados en la alfombra de la sala, pocas veces comíamos en la recamara, pero supongo que debió haber algunas ocasiones.

Y ya, eso es todo el recuerdo. La cosa es que en cuanto me pongo a escribir se me van ocurriendo otras cosas, pero no quiero escribir un diario entero, para eso ya tengo los diarios de papel.


El jonuco

 Esto no es más que un ejercicio para poner en palabras parte de los pensamientos que me asaltan en mi día a día. No tengo tiempo ni energía para escribir un cuento entero, pero tengo ganas de poner algunas de estas cosas “allá afuera” para que otros, quien sabe quienes, las lean. 



17 marzo 2026


Se perdió mi recuerdo de lo que pensaba mientras venía en el metrobus escuchando la lluvía repiquetear en las ventanas. Sólo me queda lo que pensé cuando bajé las escaleras del edificio para tirar la basura. 

Al salir me encontré con el jonuco, creo que nunca he usado esa palabra en toda mi vida en ninguna conversación, se la aprendí a mi director de tesis de la licenciatura. Aprendí muchas cosas de él. Como puedo escribir lo que quiera y como quiera, quizá también me sirva este espacio para poner todas esas palabras que me gustan y que  no tengo ocasión de usar, pero que me gustaría usar de vez en cuando.

La cosa es que en cuanto vi el dichoso jonuco, de inmediato pensé en todos los planes que tuve en algún momento cuando llegué a vivir aquí. Planes que hasta dije en voz alta y que como muchas cosas en la vida, no sucedieron y posiblemente no sucederán. 


Íbamos a poner un rack para las bicicletas, se suponía que íbamos a ir comprando macetas poco a poco para cambiar esas horribles plantas artificiales que hay en varios de los pasillos. No sé a quién se le ocurrió poner plantas artificiales, se ven tan falsas, tan sin vida, que en mi opinión causan el efecto contrario a lo que se pretendía. Se suponía que íbamos a poner otras macetas en el espacio de hasta abajo para poder ver algo verdecito cuando nos asomamos por la ventana. 


No hay rack para las bicicletas, las plantas de plástico siguen ahí acumulando polvo, no hay macetas en la planta baja y además ahora estoy aquí en esto que iba ser un proyecto familiar y que se convirtió en mi departamento, pero sin proyecto familiar.


Yo también tengo una planta de plástico, es una orquídea de Lego superbonita que armé yo mismo, está en mi escritorio sobre dos libros que no he terminado de leer en un año. Más proyectos inconclusos poblando este departamento. Todo a la vista de ese diablo rojo que compré con LA un día mientras caminábamos por la Roma y que ahora es como un guardián que todo ve, todo escucha, no es ni omnisciente, ni omnipresente, pero tiene un poco de eso. Además sobrevivió al descuido de la señora G, quien lo dejó ahí todo desvalido, como esperando que nadie se diera cuenta de su desperfecto. Pero cómo no me iba a dar cuenta si no podía haber sido nadie más que ella. ¿O quizá se fracturó el mismo? Como el diablito de la canción que  buscaba su guitarra.  



miércoles, 22 de septiembre de 2021

Dame fuerzas, que estoy muriendo por irlo a buscar

 “Dices que fui yo, y no fui yo. Que nunca te amé de verdad, qué rabia me da. Diste tu versión, pero olvidaste, que me soltaste cuando más necesitaba aferrarme...Oh, yo sé que en ese escenario igual jugué mi papel”.

"Dificil olvidarte estando aquí, te quiero ver, aún te amo, creo que hasta más que ayer" 



Y otra vez llegó el jueves y como cada jueves en punto de las dos me senté en la mano, esa mano gigante que está en parque España,ahí había caminado muchas veces cuando llegué a vivir a México,  buscando los muchos animales de piedra que hay entre los andadores, cerca de las fuentes, en esa mano, bastante fea por cierto, construída en honor a Lázaro Cardenas también me senté en muchas otras ocasiones cuando estaba en la universidad y no tenía dinero para salir los sábado, me iba a sentar ahí con un montón de copias de los libros que no podía pagar pero que tenía que estudiar. Ese jueves me volví a instalar ahí esperando que nadie pasara cerca a esa hora y se diera cuenta del ritual que estaba por celebrar, todo lo que quería era pasar lo más desapercibido posible, que me dejaran estar solo, consumiendo la vida de mi dispositivo en un esfuerzo por conservar mi propia existencia; mejor consumir la batería del teléfono que consumirme yo, mejor consumir otras sustancias que a mí mismo. Consumir sustancias porque estoy desprovisto de sustancia, porque estoy vacío.

Había caminado por casi dos horas hasta llegar al parque, ese día no tenía juntas, ni cosas por entregar, ni nada pendiente por la mañana. La última canción que escuché era la misma que había estado escuchando obsesivamente por los últimos meses, esas líneas: Knowing what we both know now. Could've made it work somehow me taladraban la cabeza todo el tiempo. 

Y es que esa sola frase abre la posibilidad a la reflexión ya muchas veces explorada por otras personas en relación a las decisiones que tomamos y si estas se verían o no afectadas por otros saberes. Si supiéramos lo que sabemos ahora ¿podríamos hacer que funcione? Y si lo sabemos ya, entonces ¿por qué no intentarlo?, ¿y si lo volvemos a intentar?. Él no quiere volver a intentarlo, es más, ya ni siquiera quiere que estemo uno en la vida del otro.

Encontré un lugar donde sentarme,  me acomodé los audífonos y le di clic a ese link que me esperaba desde hace dos o tres días en la conversación de Whatsapp con la Dra. Dorantes, ese link que con su sola presencia significa que hay una parte de mi vida que es cada vez más insostenible, que representa en bien poquitos caracteres todas mis faltas, mis debilidades, lo monstruoso que soy aunque la Dra. Dorantes pregunte una y otra vez por qué digo eso de mí mismo y yo no sepa cómo explicarme. En esa cita semanal lo que veo es la materialización de todo eso que intento arrancarme a diario, la creencia de no poder ser amado por quien soy, de estar broken beyond repair y el trabajo que supone disimularlo lo más que se pueda, para intentar conservar los vínculos que aún me quedan y que, pienso yo, si me vieran tal como soy, seguro no se la pensarían dos veces en salir de ahí. 

Qué rara es la psicoterapia a distancia, es la misma pero es otra, es un lugar que se inserta en el espacio material que el consultante escoja, siempre y cuando no haya mucho ruido y sí una conexión estable a internet. Ahora la modernidad le permite a uno hablar de sus alegrías, dolores, miedos, fortunas e inmundicias desde la comodidad de casa, sentado en una banquita en cualquier parque tranquilo, en medio del bosque, en el estacionamiento o entre los lavaderos en una azotea. Para mí el lugar para hablar de todo eso, era un parque en medio de la colonia Condesa, sentado al lado de una escultura fea, pero llena de bellos recuerdos. 

 

¿Cómo te resultó el ejercicio que propusimos para esta sesión?, me dice una vez superados esos mecánicos saludos iniciales que la cortesía obliga.  Una parte fue muy sencilla y otra no creo poder hacerla, ni siquiera entiendo bien para qué me estás pidiendo que haga esto. 

La semana pasada y ante mis monotemáticas conversaciones, la Dra Dorantes u Ofe (como yo le digo de cariño sin que ella sepa) me recomendó escribir una lista de las cosas positivas que puedo ver en mí, de las cosas buenas que hay en Germán y también sobre los motivos que me llevaron a decidir lo que decidí y los que me tienen aquí desde hace ya varios meses.  ¿Jaramillo, por qué no comienzas hablando de lo tuyo?, me dice la muy desvergonzada, ¿para qué quiere que le diga yo esas cosas?, ¿de dónde se le ocurren estas dinámicas?, ¿las vio en la universidad o en un programa de Oprah? Mejor empiezo con Germán. 

Germán tiene una memoria prodigiosa, se acuerda de muchos detalles de su infancia y del presente,  memoriza cosas a toda velocidad y además tiene una manera de relatarlas como si te estuviera contando un cuento. Una vez me platicó que de niño había una iniciativa de los museos para que los visitaras y cada que ibas a uno te daban una estampita o un sellito (yo no me acuerdo porque yo no soy memorioso) y uno los iba coleccionado en una especie de libretita como prueba de que ya se había visitado ese museo. Yo no puedo contarlo igual de bonito, en primera porque a mí no me pasó y en segunda porque no sé contar las cosas como él lo hace. Es muy bueno con los idiomas, me acuerdo una vez cuando estábamos tomando una clase de inglés avanzado juntos, el profesor nos enseñó una lista de frases idiomáticas de lo más complejas y luego de repetirlas un par de veces él ya se las había aprendido todas, en esa clase como era frecuente en la vida, el profesor terminó tirándole la onda.

Germán tiene un talento para caerle bien a la gente y además para gustarle a los hombres, debe ser por esa sonrisa tan bonita suya o por sus ojos redondos y profundos: se parecen a los de su madre. A veces hace de comer y esos días a uno le dan ganas de estar en casa y de repetir plato una y hasta dos veces, siempre me hace pensar en Como agua para chocolate o en Chocolat con esa capacidad suya de dar confort a través de lo que prepara, es como si pusiera un poquito de él en cada comida, pero no se pierde a sí mismo al cocinar, sino que por el contrario se multiplica, existe en cada plato que prepara, en cada postre, en los taquitos, en los ratones que su mamá le enseñó a preparar y en esa tinga tan rica que me prepara a veces (que me preparaba, debería decir) . 


Por él aprendí a comer naranjas a media tarde, comer naranjas ¿se imagina? Es todo un ritual, las lava una por una y luego las lleva a la mesa, las pone sobre una tablita de madera, de esas que se usan para picar la fruta, en casa hay dos tablitas una para la fruta y otra para las cosas saladas. Cuando ya está sentado en la mesa con las naranjas en la tablita de cortar, toma un cuchillo pequeño para partirlas por la mitad, lo hace con mucha habilidad, con cuidado, el cuchillo atraviesa la piel de las naranjas y con este simple acto el comedor se perfuma con un aroma delicioso y después las rodea lentamente, y una vez abiertas comienza a devorar su interior con la mayor destreza y sensualidad, es como ver una escena de El perfume, porque aunque unas gotas escurren por la comisura de sus labios (me gusta decir: comisura de los labios) en realidad nunca se ensucia, se puede comer una o dos naranjas y luego voltea las cáscaras y continua con ese fino proceso que consiste en consumir el interior hasta dejar unas cáscaras perfectas. Antes de conocerlo, yo raras veces comía naranjas, normalmente las usaba sólo para hacer jugo. Estar a su lado significa conocer un nuevo mundo, es una invitación a vivir aventuras, a ver el mundo con ojos más tiernos y más agudos de los que yo puedo tener. Lo amo.

Y sobre todo es el más valiente, tiene una voz que sabe hacerse oír, que se da a respetar, que da confianza. No es que hablé fuerte o que grite, sólo que conoce las palabras indicadas, el momento para decirlas, el tono correcto, el volumen. Aún recuerdo el día que me enseñó a tener voz ¿puedes creerlo Ofelia? Yo con cuarenta años y sin saber alzar la voz, bueno pues ese día aprendí que estaba bien decir que no. Es curioso que alguien que me dio algo tan importante, tan simbólico, también me haya quitado el sueño tantas veces, me haya hecho estar en vela sin saber dónde estaba, si estaba bien. Él no sabe, pero muchas veces le tomaba la mano para darme fuerza antes de decir yo algo que me daba miedo decir y cuando no estaba cerca, me recordaba ese día y decía ¿cómo le haría Germán? y ya con eso me volvía la voz.

Ya pasaron quince minutos desde que inició la sesión y preferiría quedarme hablando de Germán en vez de tener que hablar de mí. Y si te cuento del peluche que le compré cuando fui a verlo al hospital o de lo afortunado que me sentí por verlo antes de entrar yo a cirugía, esa vez me la pasé hablando con el doctor y con mi compañero de cama sobre él, estaba muy drogado por la anestesia y le conté mis fantasías sobre el futuro, de las ganas que tenía de casarme con él (yo nunca me había querido casar con ninguno de mis exes), del anillo mamador que quería regalarle, hasta lo guarde en mi lista de favoritos en el buscador me iba a costar mes y medio de sueldo, del montón de veces que quise convencerlo de hacer planes para vivir en otro estado (aunque en realidad  él nunca quiso). El vato que estaba en la cama junto a mí también tenía novio y también le acababan de sacar el apéndice, sólo que su novio no había podido ir a estar con él porque tenía que trabajar. Boy, I felt lucky that day

Bueno, Jaramillo, me interrumpe mientras yo me dispongo a contar anécdotas, cuéntame qué escribiste sobre ti. ¿Jaramillo? Qué chistosa forma de llamarse, la verdad es que me llamo Daniel, ese fue el nombre que me pusieron al nacer en memoria u honor (o alguna ocurrencia por el estilo) de mi bisabuelo paterno y así me dicen todos en casa de mis padres, pero cuando entré a la secundaria todo cambió. El profesor de matemáticas se equivocó al pasar mi nombre a su lista de asistencia e invirtió mis apellidos, aunque la confusión se aclaró rápidamente, a partir de ese día él y todos mis compañeros empezaron a llamarme así. En ese entonces no sabía porque me gustaba tanto que me dijeran así, era como tener un nombre especial, uno para cuando estaba fuera de casa, uno que había podido escoger yo, aunque hubiera sido en realidad un accidente. Para cuando entré a la universidad y  me vine a vivir a Ciudad de México se convirtió en algo político, era una forma de darle existencia y voz (sí, esa misma que yo no tengo) a mi madre, una especie de restitución por  todos los oprobios (oprobios, qué absurda soy a veces, pero es que las inseguridades hacen que uno recorra a estas fórmulas para  intentar ser tomado en serio) de vivir al lado de mi padre, por todas las veces que se tuvo que quedar callada cuando mi papá la manspleineaba y le gritaba. También me lo quedé para “castigarlo”, es mi forma de decirle, sin decirle, que lo que él quiera a mí no me importa, aunque me haga sentir muy complacido cada que aprueba una de mis decisiones.

Bueno, Jaramillo, me interrumpe mientras yo me dispongo a contar anécdotas, cuéntame qué escribiste sobre ti… Sí,sí, sí ya voy. Pues lo mío es ser agradable, sé agradar a las personas aunque sea algo que sólo puedo sostener por unos pocos momentos, ya sé que tú dices que considere las relaciones a largo plazo que tengo, pero es que esas relaciones no me ven a diario y como dice Alejandro, cuando uno está frente a los medios, expuesto todo el tiempo, los defectos de uno se ven mucho más grandes, ya no son pequeñas imperfecciones sino que se ven como tremendas fallas de carácter y yo creo que eso es lo que pasa conmigo. Si se convive conmigo poco tiempo, puedo ser agradable, pero a la larga soy intolerable. 

También soy leal, cuando quiero a alguien, ya sean amigues o pareja, estoy dispuesto a jugarme el todo por el todo, no hay medias tintas en ese respecto. Si tú llamas a las tres de la mañana, seguro te voy a contestar; si quieres que sea tu donador no me voy echar para atrás, seguro sí me voy a acojonar, pero te voy a decir que sí. Por eso tengo poquites amigues, es que soy muy torpe y me toma tiempo ir construyendo amistades. En este punto hago una pausa y me vuelvo a preguntar cómo se sentirá Ofe de estar escuchando todo esto. Siempre me he preguntado qué piensan mis terapeutas de mí, pero esta es la primera vez que me importa menos ser un buen paciente y me importa más hacer algo con todo esto que me está pasando.

Ufff, ya llevo veinte minutos y veo la batería del celular y la hora en la parte superior de la pantalla. Si estuviéramos en el consultorio, ese consultorio tan bonito lleno de chingaderitas donde posar la vista, con esos ventanales enormes, tan limpio, tan espacioso, si estuviéramos ahí en este momento estaría muy incómodo de no saber qué hora es, ni cuánto tiempo se ha consumido de la sesión y dudando entre si sacar o no mi celular para consultar la hora. No vaya ser que no sea el paciente ideal y mi terapeuta se enoje conmigo. No sabes lo mal que me siento de pensar que decepcioné a Germán, que le fallé, que no supe escucharlo, amarlo como él quería ser amado. Él también fue un cabrón conmigo muchas veces, se pasó de culero, pero yo no puedo sino pensar que yo también fui un culero con él. ¿Te acuerdas Ofelia que antes ni groserías decía en sesión?, ¿qué pinche jodido estoy no?

En la oficina cuando estoy escribiendo, cuando tengo que hacer comunicados, mandar minutas o memorandos, ser claro me es muy sencillo. Es que me vale madres que me quieran o no en la oficina, no necesito caerles bien, sólo necesito que reconozcan que sé hacer bien mi trabajo y eso es sencillo, sólo tengo que hacer bien mi trabajo.  ¿Ofelia, tú crees que si supiera ser claro las cosas serían distintas entre  Germán y yo?, ¿tú crees que si le hubiera dicho, cabrón, es que no quiero que te mueras porque si te mueres me voy a tener que morir yo también y no me quiero morir, si le hubiera dicho eso, eso habría sido comunicación efectiva?, ¿si le hubiera dicho que sabía que me ponía el cuerno?

¿Cómo le dices a alguien, cabrón, yo dejo de ser un puto maspleineador, neurótico, pero tú no te pases de lanza y no me veas la cara de pendejo diciendome mentiras?, ¿te acuerdas el día que me fui al pueblo y mis amigos se lo encontraron? Ese día él me acababa de decir que estaba en la casa o el día que me dijo que me saliera temprano para ir al médico. Yo nunca dejé de amarlo en todo ese tiempo, sólo se volvió difícil creer en él en algunas circunstancias y por supuesto, yo me volví cada vez más encimoso, más entrometido. 

Sabes qué Ana, ayer estaba hablando con Pilar y me dijo algo que pensó sobre ella misma y lo voy a hacer mío porque pone palabras a algo que yo no sé explicar. No sé por qué no le insistí más en que fuéramos-viniéramos juntos a terapia, pero vivo preocupado de pensar que yo vengo aquí cada jueves y te cuento cosas y todas esas cosas están sesgadas y  que quizá la realidad es otra y yo no sé transmitirla en su auténtica dimensión. 

Treinta minutos, vale verga, paso la mitad de la sesión tratando de que esto se acabe, de dejar de estar aquí desnudo y expuesto y luego, llego a este punto y siento que me faltan días y horas para sacar todo lo que tengo en la cabezota. Ofelia, hay algo que no te he dicho que me viene pasando desde hace casi un año y es que,cómo te voy a hablar de estas cosas, qué vas a pensar de mí. ¿Te acuerdas que al principio me iba al gimnasio dos horas seguidas y que después empecé a agarrar la bici e irme cada vez más lejos? Bueno, pues un día eso ya no fue suficiente, estaba de mal humor y no quería ir al gimnasio, ni salir con nadie, ni hablar por teléfono ni nada, entonces agarré la bicicleta y me fui pedaleando sin rumbo fijo, ya lo había hecho antes aunque creo que esta vez sí que llevaba un destino, días antes había pedaleado por tlalpan y me acordé de un lugar al que Germán iba.

Qué es lo peor que puede pasar, pensé, con suerte me lo encuentro y se traduce en un pretexto más para pasar tiempo con él, no me importó ir todo sudado, ni con el pelo hecho un nido por el casco, busque la dirección en mi celular y llegué hasta metro Chabacano, no recuerdo ahora si era viernes o si era jueves, lo que sí recuerdo era que fue entre semana. Mientras me quitaba la ropa lo único que podía pensar es si estaría ahí adentro, cómo iba a reaccionar si me lo encontraba, ¿me iba a mandar a la chingada?, ¿íbamos a coger? Al final no pasó nada de lo que esperaba, estuve ahí un par de horas dando vueltas como zombi, incómodo, con frío y luego regresé a casa.

Después de ese día comencé a ir a muchos lugares de encuentro, ya sin la bicicleta, pero algo cambió y de eso tampoco te he hablado, cada vez que estaba por llegar a uno de estos lugares la ansiedad se volvía cada vez más intolerable, las ganas de verlo, la decepción de nunca encontrarlo y el CBD ya no servía para maldita la cosa, así que empecé a fumar un poco de mariguana antes de salir de mi casa. No era la primera vez que pachequeaba antes de ir a una orgía, así que me pareció que estaba bien. ¿Qué por qué no te conté? Pues no sé, no me sentía cómodo hablando contigo al respecto de eso, no quería que me juzgaras, que dijeras: pues tan en control de sí mismo, no está. Cada vez he tenido que ir fumando un poco más, es curioso cómo el cuerpo se acostumbra a las sustancias, pero no me acostumbro a las circunstancias. Bueno, tampoco es como que me drogue diario, ni nada, me molesta un poco el lugar común que suponen estas conductas, hay algo de ordinario en todo esto, que aunque imaginé que me traería comodidad, en realidad me pone en una circunstancia muy extraña.

Fíjate Ofelia, que empecé a beber porque no podía trabajar pachecho, ya sé que hay mucha gente que sí puede pero ese no es mi caso y tampoco es el punto, y la verdad es que cada vez lo estaba haciendo peor por estar pensando en encuentros ficticios todo el tiempo, por estar perdido entre recuerdos, conversaciones hipotéticas, ese dolor en el pecho que no me deja trabajar, reclamos, lágrimas, disculpas y un sin fin de cosas. Tampoco es que esté ebrio todos los días, a decir verdad nunca estoy ebrio, ni me divierte tanto beber, un par de cervezas o un poco de vino tinto hacen lo necesario para aguantar hasta las seis cuando termino, después de ahí el plan es simple, gimnasio, orgifiesta o bicicleta. A veces mis amigues me invitan a salir, mis amigos en el pueblo también me han pedido que vaya a verlos, pero no tengo ganas de nada de eso, lo único que quiero es acallar esa voz que está todo el tiempo diciendome que debí hacer esto o lo otro, que si hubiera sido de tal o cuál forma Germán habría confiado más en mí, y luego viene el reclamo, por no haberle puesto un límite, por no haber dicho sí, todas las veces que él quiso terminar conmigo, por rogarle que no se fuera. 

¿Ya casi es hora cierto? No estoy seguro cuándo apareció esa sensación de querer abrirme la cabeza, pero detesto cuando sucede, a veces termino tirado en el suelo de mi casa, otras llorando en la calle como si tuviera tres años, una vez me pasó mientras me cogía a un tipo y pensaba en Germán, creo que esa fue la primera vez que cogí realmente drogado, antes sólo estaba un poco aturdido, pero ese día realmente no tenía claridad de lo que estaba haciendo. El tipo ni siquiera se dio cuenta, tampoco me habría importado si lo notaba. Hay muchas cosas que no te había contado ahora que lo pienso, llevo casi un mes tomando PEP, tengo que hacerme una prueba de VIH a finales de la otra semana (lo digo así de rápido porque no quiero hablar sobre ello). ¿Qué si no estaba tomando…? Sí, pero también lo suspendí, no sé porqué y luego pasó lo de estar drogado y olvidar tomarme las pastillas a tiempo, y el condón y fue todo un lío. Ni siquiera sé si lo olvidé  o sólo no quería usarlo, yo creo que sí lo olvidé y más bien estaba demasiado aturdido. Estoy preocupado por eso, son ya muchas cosas al mismo tiempo, mira es Germán, que ya me van a correr, el PEP y la cirugía de mi padre. De la cirugía de tu papá tampoco me habías contado, me dice. Sí, ya sé, es que no sé qué hacer con eso. 

Ya voy en el minuto cuarenta y siete, Ofelia me mira con cierta sorpresa, siempre ha sido muy buena para mantener un rostro apacible, uno que no me hace sentir juzgado, pero esta vez quiero que me juzgue, que se extrañe de la persona que tiene frente a ella, que no la reconozca como yo mismo no me reconozco yet I am still the same. ¿Sabes por qué te estoy contando esto?, le pregunto. Desde que se fue de la casa empecé a ver películas de terror, también empecé a escuchar la música que le gusta y a dormir abrazando una almohada. Y luego un día en la madrugada mientras veía la tele y me tomaba un tinto, me acordé de los relatos de terror en internet, esos que me ponía en la noche y que yo no quería escuchar porque me daban miedo, la diferencia es que entonces no dormía solo, si me despertaba en la madrugada con una pesadilla sólo me pegaba contra él y me volvía a quedar dormido. Ahora tampoco me gustan, me dan miedo y me hacen dormir tenso, pero se siente como si estuviera conectando con él. Me tomó un poco de tiempo recordar cómo se llamaban, en realidad no pude recordarlo, pero bastó con revisar el historial de búsqueda de Youtube hasta encontrarlos (a veces la obsesión puede tener algo de bueno). Y bueno desde ese día los escucho casi todas las noches, quizá no debería hacerlo porque sólo me ponen más ansioso. 

La cosa es que desde hace unos quince o veinte días he empezado a tener pesadillas, no sé si es por beber en las noches, no sé si es porque cada día me desvelo más, quizá solo es porque me dan mucho miedo, yet no puedo dejar de oírlos. Pero las pesadillas se están volviendo cada vez más feas, sabes justo hasta ahora que te lo estoy platicando se me acaba de ocurrir que quizá es por la PEP, a veces da sueños vívidos, pero es raro porque no me pasó desde el principio. A ver si ahora que deje de tomarla se me quitan, a menos que empiece a tomar otras pastillas y entonces sí a ver cómo me las arreglo. Odio esa sensación de querer abrirme la cabeza. ¿Por qué me siento tan culpable? Es que no sabes lo horrible que es darle señas particulares de la persona que amas a la operadora de Locatel, espero que nunca tengas que saberlo. ¿Exageré?, ¿me acojonó el miedo?. Un día yo estaba por decirle que si lo intentábamos de nuevo, pero él me ganó la palabra y me dijo que así era mejor, que él quería eso y yo me quedé en silencio como imbécil

Para el minuto cincuenta Ofelia aprovecha la pausa que hago para tomar aire, clásica técnica de les terapeutas y me dice que le habría gustado que le hablara de estas cosas antes, pero que me agradece la confianza de estarlas contando ahora. Hace una pregunta extraña pero que sin duda busca explorar y saber más sobre mi consumo de sustancias y particularmente sobre las cantidades que estoy consumiendo. Yo recurro a un bonito lugar común y le hago saber que claramente está bajo control si nadie a mi alrededor se ha dado cuenta. Me parece que por algo lo estás mencionando en consulta hasta ahora y también creo que es como una bocanada de aire o una llamada de auxilio, me dice. 

No me quiero morir, si es eso lo que estás tratando de averiguar, le respondo. Más bien quisiera poder ponerme en coma, ir y decirle que lo siento, que I didn’t know what I didn’t know, que nunca quise lastimarlo, que He is the one even though I may not be the one for him. ¿Te acuerdas de lo que te conté sobre el viagra hace mucho tiempo?. Nunca me atreví a contarle, lo recordé ayer mientras hablaba con un amigo. German me encontró una pastilla una vez porque la olvidé dentro del estuche de mis audífonos. Le dije cualquier tontería para no hablar del tema y él no me preguntó más al respecto, que bueno fue por no preguntar, pero la verdad es que yo seguí tomándolas casi cada vez que íbamos a coger. Él es tan hermoso, lo veo tan imponente, tan grande, que qué iba a pensar de mí si le decía que no tengo la energía física para estar a su altura.

De repente veo la esquina superior del celular, queda poquita batería, cada vez dura menos la batería en este teléfono, además hay unos niños jugando con su mamá al lado de la fuente y me siento un poco observado, veo el reloj al centro de la pantalla. ¿Te parece si ya terminamos la sesión aquí? Ya no quiero seguir hablando, me duele mucho y ya sólo quedan tres minutos de la hora. 

Sabes Ofelia, esa pregunta se ha vuelto sencilla, antes cuando me decías ¿cómo te vas? buscaba una especie de resumen o corolario o hilo conductor de la sesión para hablar sobre eso. Ahora creo que me voy tal y como llegué, quizá va siendo que uno sí se baña dos veces en el mismo río. Ves, ya voy ahi otra vez con la misma cantaleta de siempre, pero es que cómo saber hasta dónde sí soy yo y hasta dónde es lo otro. Se siente como muchos hilos enredados en una misma madeja. Después de dar clic en “terminar”, mi celular vuelve a esa imagen estática que es la pantalla de inicio y yo me quedo ahí, reflejado a medias en la pantalla, absorto, contemplando al vacío, entumecido por un dolor que no atino a localizar, empty.  


“Y después yo me enamoré de otro por el cual hubiera dejado el teatro y el brazo derecho arriba de una mesa…”
“...Y yo lo seguí queriendo hasta hoy y eso en Montevideo todo el mundo lo sabe” 
China Zorrilla


J.


viernes, 21 de febrero de 2020

Ser joto y estar orgulloso, resignificando el lenguaje con el que nos construímos… (un fragmento de mi propia historia)






Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos gotas de sucia muerte con amargo veneno. Contra vosotros siempre, Faeries de Norteamérica, Pájaros de la Habana, Jotos de Méjico, Sarasas de Cádiz, Ápios de Sevilla, Cancos de Madrid, Floras de Alicante, Adelaidas de Portugal..

Oda a Walt Whitman de García Lorca



Dos ideas me dan vueltas una y otra vez y trato de articularlas, la primera que los calificativos con los que se nos ha designado a lo largo de la historia no se han mantenido estáticos y son (cómo tuvo a bien señalarme mi querido Antonio) más que nada sustantivo, y así como nosotros hemos cambiado también lo han hecho estás palabras, se han resignificado, pero han tenido siempre de común resaltar nuestras diferencias con lo hegemónico, con lo que se espera de nosotros por parte de un OTRO, que no tolera que uno actué fuera de los cánones, que quiere que los hombre sean fuertes, distantes,que muestren pocas emociones y que, en oposición exige de las mujeres sometimientos, sensibilidad y una paciencia siempre eterna. 

La otra idea es, que en el caso de muches (si no es que de todes) y a falta de una representación suficiente en la sociedad de otras identidades como las nuestras, somos nosotres los últimos en dar cuenta de nuestra diferencia y cuando por primera vez lo hacemos, viene acompañado [ese dar cuenta] de la sentencia clara, que anuncia que esa diferencia es algo de lo que avergonzarnos, algo que ocultar y que desear cambiar. Ese OTRO nos descubre antes que nosotros mismos, la primera vez que nos llama machorras, que nos dice maricón, puto o tortillera. De un modo u otro, nos construye una identidad que habitar, nos fuerza dentro de ella (ya sea que nos guste o no) y luego además  califíca ese lugar en el que nos fuerza a habitar, como poco deseable, como vergonzante. 

“... y no sólo porque es gay sino por taimado, al menos debió tener la delicadeza de hablar afeminado para que todos supiéramos que es...así …” “Ya me conoces Marge me gusta la cerveza fria, la tele fuerte y los homosexuales locas, locas”.  Esas dos líneas de uno de mis programas favoritos describen claramente lo que se espera de los hombres gais, y también fue por ese personaje (por Javier) que yo sin saberlo, me “enteré” que yo mismo era homosexual (aunque tardaría un tiempo en quedarme claro y un poco más en aceptarlo), y que serlo era motivo de burlas y que en lo posible era conveniente  negarlo u ocultarlo. 

Claro que en el kinder o en la primaria ya alguna vez alguien me había llamado marica o me había dicho que parecía niña (porque no hay nada peor que ser mujer si se es hombre según esa lógica), incluso recuerdo que alguien me dijo que era “como el Juanga”, pero yo a los siete años no me enteraba de nada (Todavía hay mucho de lo que no me entero y en mi casa nunca había oído a nadie burlarse de Juan Gabriel, ni hacer referencia a su homosexualidad) y por suerte el acoso se limitó a algunos cuantos incidentes aislados. Para cuando llegué a la secundaria, seguía siendo marica, no podía ser de otra forma,  pero ahora las burlas ya eran repetidas, y ahora en vez de parecerme a Juanga, era como Javier (el personaje de los Simpson) y ahí estaba otra vez ese sujeto-sustantivo-espacio ineludible que me descubria ante los otros pero también ante mí mismo porque hasta entonces, aunque yo percibía que había algo distinto en mí, de ningún modo habría sabido nombrarlo. Era maricón sin saber que era maricón.

Los adjetivos, los nombres y las palabras en general con las que se nos nombra podrán cambiar con el tiempo, pero su maledicencia y la virulencia con la que se profesan sigue siendo la misma. Y para dar cuenta de que esas palabras cambian con el tiempo, baste con echar una mirada al libro de Jaime Cobian, quien hace una recopilación histórica de las palabras y frases que se han venido utilizando a lo largo de los dos últimos siglos para retratar a los homosexuales (por cierto, su libro es una referencia obligada para ir integrando una memoria colectiva).

Yo no fui ni lilo, ni choto, ni adamado, ni carilindo y a la distancia todas esas palabras me suenan incluso dulces (aunque seguro que no sonaban así para quienes las tuvieron que llevar a cuestas como una pesada losa). Cualquiera que hoy tenga cuarenta años o menos  seguro que estará más familiarizado con palabras como joto, marica, maricón, puto, puñal y por supuesto la muy blanqueada y anglicada gay.

Aquí y de paso, aprovecho para derrumbar un mito muy difundido, ese que dice que la palabra Joto se acuñó porque los homosexuales eran encerrados en la celda marcada con la letra J en el antiguo palacio de Lecumberri,  esto no es verdad y como cuenta Jaime en su libro, la palabra joto ya aparece utilizada para hablar de hombres afeminados varios años antes de la construcción de Lecummberi: 

En 1833 el periódico “El Mono”, publica una crónica de unos paseantes de la Ciudad de México quienes al meterse a una fonda de comida cubana se encontraron a unos españoles, cubanos y mexicanos platicando en una mesa contigua, quienes describen a los comensales diciendo que uno de ellos era:“Un monazo viejo y cachetón que le dirigía la palabra a otro enjuto, meloso y afeminado que se parece mucho á los que aquí el vulgo denomina jotos”

Alfonso Reyes por su parte, narra en sus memorias un incidente de su infancia en el que la palabra joto, aparece también para referirse a hombres con una expresión femenina:

“Los mocosos, otra vez, inventaron meterse a caballo por la feria, tumbando los puestos de los “jotos”. ¡Los jotos, señores” Que os cuenten los tapatios la tradición de esos magníficos cocineros populares, quienes además, y aunque parezca increíble, eran unos gallos de pelea. Vestían de charro, lucían con orgullo el pie chiquito, hacien dengues afeminados, extremaban la voz chillona…”

Otra vez parece que lo que no se nos perdona es no cumplir con una idea de masculinidad anidada en una suerte de inconsciente colectivo, que si no eres suficientemente hombre eres un Gayo, así dice Adonis Garcia (el del vampiro de la colonia Roma) que le decían a los homosexuales en ese México de mediados del siglo XX.

La verdad es que estoy perdido entre tantas palabras, adjetivos y sustantivos, me asumo abiertamente homosexual, me siento cómodo siendo gay, no hago las paces con ser joto aunque en confianza esa es una piel que puedo vestir sin problemas, ser marica no me suena tan mal y es que me es sustancial. Un novio de la universidad usaba mucho la palabra gaysha y a mí siempre me gustó mucho, porque conjuraba dos realidades (según yo), una la de mi orientación sexual pero también invoca siempre en mí la idea de la elegancia, del cuidado, de esa fantasía de las telas adornadas y las ceremonias del té, así que también soy gaysha

Y es que las palabras y la intención con la que se dicen esas palabras implican cosas en el desarrollo social de las personas, las palabras para bien o para mal moldean al adulto en el que nos convertimos y más cuando son las palabras usadas para describir y dar un lugar en el mundo, estas siempre tienen una intención, un trasfondo, se dicen para apapachar, pero también para humillar, para hacer consciente al otro de su diferencia o de su “inadecuación”, por lo menos con respecto a lo que se espera de él. 

¿Cómo se obra esa alquimia de transformar eso que fue tan hiriente y convertirlo en escudo contra el denuesto y la maledicencia? Lo cierto es que no estoy muy seguro cómo sucedió al principio, pasó paulatinamente a la par de darme cuenta que no había nada de malo con amar a otros hombres, que mi destino por ser homosexual no tenía que ser el de La manuela, sí, esa manuela de Arturo Ripstein que veía a escondidas en canal 22 y que me hacía sonrojar cuando la vi después con mis papás, y es que ese era de los únicos referentes que tenía de ser homosexual cuando era niño. Tampoco quería ser Andrew Beckett, aunque él por lo menos tenía novio y su familia lo quería, ni quería ser Simon, pero en el fondo sabía, que de una forma u otra era ellos, aunque no supiera porqué y aunque no quisiera su vida para mí.

Hay dos vías principales por las que he podido cambiar lo que significa para mí ser joto, ser marica, ser gay. Puede que el significante siga siendo el mismo, pero el significado es enteramente distinto. Y esas dos vía tienen que ver con lo externo y con lo interno y una es tan importante como la otra. Lo externo es descubrir y reconocer que existen otros iguales a mí, reconocerme en mis pares y encontrar pares cuya existencia es un reflejo en el que puedo verme a mí mismo. Pares a los que puedo admirar, de los que puedo aprender cosas, cuya historia no está construida desde la tragedia. Que suerte tienen los que son más jóvenes que yo, porque han nacido en un mundo dónde pueden ver a otras personas no heterosexuales siendo exitosas, siendo felices, viviendo vidas como las de cualquier otra persona.

Y al mismo tiempo está lo interno, está la lectura que hago de mí mismo, de lo que hoy por hoy significa para mí ser homosexual, de repensar mi historia, mi narrativa personal, de entender qué y porqué es que estoy orgulloso de ser joto, de dejar de sentir vergüenza, de  reconocer que mi orientación sexual no resta y que no es mi obligación coincidir con un molde rígido en el por mucho tiempo me force a encajar. Eso ha cambiado también el significado de muchos sustantivos, ha transformado esa sustancia una vez tan acre y amarga en un espacio agradable para habitar, algo central de quien soy y que descubro día a día. 

Y por eso es que escribo todo esto, sí por dejar cuenta de que he sido llamado de tal o cual manera, que se me ha hecho sentir ridículo, inadecuado o insuficiente, pero también por decir que eso no tiene que ser así, porque sus palabras ya no me lastiman, no sólo porque se me ha curtido la piel, sino porque me he apropiado del lenguaje, por lo menos de ese que se usó tantas veces contra mí y lo he despojado de toda su violencia y ahora lo visto como una piel que me adorna, con purpurina y luces de colores, porque conforme he crecido he podido conocer a tantos y tantos otros como yo, que son felices, que son inteligentes, que son sensibles, tiernos, exitosos en lo que hacen, que aman a otros hombres, que se visten de lentejuelas, de saco o de colores. 

Todo esto es una invitación a apropiarnos de las palabras y de forjarnos identidades donde nos podamos sentir felices, a estar afuera, a estar orgullosos de quienes somos, a ser amables con los otros, a no hacerle el caldo gordo a quienes nos insultan, a no minimizar lo nocivo que es crecer oyendo que ser puto es lo peor, y no olvidar la importancia de que haya referentes positivos de lo que es ser gay. Así quizá quienes son más jóvenes que yo se descubran a sí mismos sin que venga de la mano del insulto de un compañero, puedan bromear ENTRE ELLOS sobre si son maricas o no, se puedan sentir orgullosos y vivir libres sabiendo que su amor es tan válido como el de cualquier otro. 









viernes, 17 de enero de 2020

De la Rockola al Boy Bar, el antro como primer espacio de socialización (aunque como a mí, no te guste el antro)




“Descubierto el mundo soslayado de quienes se entendían con una mirada, yo encontraba aquellas miradas con sólo caminar por la calle…” Salvador Novo.


Recuerdo todavía cómo me latía el corazón y se me enfriaban las palmas de las manos, mientras me adentraba en ese pequeño antro en el número 226 de la Avenida de los Insurgentes, y justo al entrar, lo primero que vi mientras mis ojos se acostumbraban a la oscuridad, fue a dos hombres besándose sin ninguna  preocupación, abrazados por alguna canción de Alaska o de La Pao. Estar ahí significó de pronto no ser el raro, ni el diferente, ni el maricón, sino ser uno más, pasar todo lo desapercibido que siempre había querido pasar, cuando me quedaba quietecito, cuando me hacía pequeño entre mis compañeros de escuela para que no me notaran lo joto. Estaba pero sin estar, porque no podía sino abrir bien grandes los ojos tratando de entender todo lo que estaba pasando ahí, acostumbrándome a los sonidos, a las luces de neón y enfrentado de sopetón, ahora lo entiendo así, contra mi propia homofobia y es que antes de ese momento, yo nunca había estado entre otros iguales a mí y era desconcertante y fascinante al mismo tiempo.

Fernando M, que fue como el Virgilio del mundo gay para mí, me llevó a conocer Rockola cuando yo tenía 16 ó 17 años, y junto con el antro me presentó también toda una serie de códigos que hasta ese día eran desconocidos para mí, me explicó que era ser buga, que era bufar (que yo digo que es el “ser perra” de los dosmiles) y además me compartió la enseñanza más grande de todas, una que no es ajena a  ningún homosexual y de la que muchos han hablado antes que yo (se habla de ello en El closet de Cristal, en México se escribe con J o en Quierete mucho maricón), me dijo que los gais, los marginales, ligamos con la mirada, con sutilezas, con el lenguaje corporal y no sólo ligamos de esa forma, sino que nos reconocemos los unos a los otros a través de ello, cuando estamos fuera del cobijo del antro, cuando no estamos entre conocidos y a salvo del escarnio público, de la violencia machista, y de quién sabe cuánta barbaridad (ya sé que las cosas han avanzado un poco, pero aún hay un gran trecho por recorrer).

Pero regreso al antro, llegué con Fernando y después de presentarme a sus amigos y lidiar yo con el asombro de que otro hombre (que no fuera mi papá o mi abuelo) me saludara de beso, nos pusimos a bailar con los ritmos pop que algún joven DJ mezclaba para nosotros, y que yo asombrado con todo lo que estaba pasando aceptaba sin cuestionar, sólo preocupado de la hora en la que tendría que regresar a casa. Así transcurría la tarde (no se deje engañar usted por mi relato, yo estaba en una tardeada, no en una noche de antro) cuando de los altavoces comencé a escuchar ese piano inconfundible seguido de la maravillosa voz de Gloria Gaynor, en un instante y sin darme cuenta, estábamos todos en un círculo bailando al ritmo de I will survive, jamás había sentido una emoción tan grande y mucho menos un sentido de pertenencia tan increíble con un grupo de desconocidos, es esa euforia que se siente cuando uno va a un concierto en vivo y que lo único que se tiene de común con los asistentes es que a todos nos gusta quién está en el escenario y eso es suficiente para obrar una suerte de sinergia colectiva que nos une por unos instantes. Esa era mi primera vez en un antro y fue genial y ahora iluminada por la luz del pasado, me parece todavía más maravillosa.

Pero esa euforia no iba durar para siempre, ni mucho menos iba ser la constante en mis subsecuentes visitas al antro, pronto me di cuenta que había muchas cosas que aún ignoraba sobre los códigos y las formas de interactuar y que si quería divertirme, había mucho que aprender, pero también una serie de “exigencias sociales” que nunca he estado interesado en acatar,  por ejemplo aprendí rápidamente que tener buena plática, sirve de poco en un lugar donde la apariencia o el como bailes son lo que más cuenta ( y tiene lógica, porque uno no se puede poner a platicar con la música). Aunque Fernando tuvo la gentileza de llevarme a recorrer muchos lugares de la zona rosa, esa emoción de la primera vez se desvaneció rápidamente; y es que hay que decir la verdad, a mí no me gustan ni los lugares tumultuosos, ni la música demasiado alta, así que no era yo el mejor asistente al antro, pero lo que sí me gustaba era estar en un lugar donde mis afectos no fueran cuestionados, donde no me sentía en riesgo y donde, al menos potencialmente, podía encontrar alguien de quien enamorarme y ser correspondido.

Hubo algo que me interesó particularmente de ir al antro, algo de lo que nunca supe cómo participar porque soy muy torpe para ello, pero que estaba ahí fuerte y claro como La calle de las sirenas, y eso eran las dinámicas sociales que se suscitaban entre los que asistían al antro. Esos cotos, grupos, rencillas, competencias, bufes, y personajes que eran ficticias y reales al mismo tiempo, ficticias porque no soportan la luz de la realidad fuera de las paredes del antro y reales porque eran el pan de cada día para quienes iban religiosamente viernes, sábados y domingos. Eran códigos existentes entre niños de diecisiete o veinte años, jugando a ser ya todos unos adultos, pero también entre otros más grandes que se visten de personaje en cuanto cruzan la puerta del antro.

Y para describir eso, casi que haría falta una taxonomía marica, una que incluya a los que llegaban desde tempranito (parecía que vivían ahí) y que conocían todos los antros y a todos los meseros y a los de la puerta y que te lo contaban como quien cuenta que conoce al RP del restaurant más exclusivo de la ciudad, había gente de esa que sabe ser siempre el alma de la fiesta, digo había porque estoy platicando mis recuerdos, pero seguro que los sigue habiendo,  de esos que caen bien a todo mundo, que son amables y están ahí sólo para divertirse, pero también había (y hay) esos que yo llamo jotos malos , que parecen encontrar diversión en la intriga, en el chisme, en el  comentario clasista que hace sentir mal a los otros y por supuesto estábamos también todos los recién llegados,siempre hay recién llegados, siempre hay jóvenes que van por primera vez a un antro gay,  jugando a ser ya adultos, pero sin saber bien a bien qué hacer con sus afectos, construyendo una identidad, una que sea propia pero que igual permita encajar con los demás. Así recuerdo esas primeras visitas a los antros, a la Rockola, a los muchos y cambiantes Cabaretitos, a su música pop y sus posibilidades para estar fuera del closet.

El doble antídoto

  Esto no es más que un ejercicio para poner en palabras parte de los pensamientos que me asaltan en mi día a día. No tengo tiempo ni energí...